23 feb. 2017

Como Henry Reeve*

En las afueras de Yaguaramas,
justo detrás del monumento
donde ondea
una bandera vieja, rota,
juraron cosas
que duraran toda la vida
y pudieran olvidarse
unos pocos meses después.

Como Henry Reeve,
se ataron de la montura
y empezaron a galopar
en dirección a la batalla.
Desnudos,
acostados sobre la tierra
donde se quitó la vida
el jinete americano,
combatieron cuerpo 
a cuerpo con la inocencia.

Nunca se supo lo que hicieron,
jamás se lo contaron a nadie.
Todo se quedó allí,
en las afueras de Yaguaramas,
justo detrás del monumento
donde ondea
un país viejo, roto.

*Mi último año de bachillerato lo cursé en el Instituto Pre Universitario en el Campo (IPUEC) Eusebio Sánchez. Todavía en Google Earth se aprecian sus ruinas. Está en El Guanal, una remota comunidad de Cienfuegos que queda en el borde oriental de la ciénaga de Zapata.  Para llegar hasta allá, había que pasar por el monumento a Henry Reeve (1850- 1878), un joven norteamericano que llegó a ser brigadier del Ejército Libertador. Aquel sitio, rodeado de cañaverales y cercado por la maleza, fue testigo de amores eternos que solo duraron hasta el fin de curso. Este viejo poema, escrito probablemente en la Escuela de Arte de Cubanacán, trata de eso.

22 feb. 2017

Los Payá

Fidel le temía tanto a Oswaldo como Raúl a Rosa María. Para los hermanos Castro el apellido Payá y, sobre todo, los nombres del padre y de la hija significan lo mismo que la cruz para el diablo. Pocos han hecho parecer tan débil al régimen de Cuba como esos dos seres indefensos.
Oswaldo Payá halló el único resquicio de libertad que había en la opresora Constitución cubana. Y, a través de él, logró lo impensable: un camino legal que le permitiera recolectar las firmas necesarias para presentar al gobierno una solicitud de cambios.
Así fue que el fundador y organizador del Proyecto Varela obligó a Fidel Castro a tener que admitir su verdadera naturaleza. El día que la inmensa mayoría de los cubanos fueron forzados a votar por el carácter irreversible del socialismo, la revolución demostró ser lo que todos ya sabíamos, una dictadura.
Cuando murió Oswaldo, los hermanos Castro creyeron haberse librado de Payá. Nunca calcularon que Rosa María era tan persistente como su padre. Desde entonces la frágil muchacha no ha dejado de tocar puertas por todo el mundo; cada vez que se le abre una, denuncia con firmeza el oprobio en el que están sumidos los cubanos.
El hecho de que impidieran que Luis Almagro, secretario general de la OEA, pudiera viajar a La Habana y recibir el Premio Oswaldo Payá Libertad y Vida, demuestra cuán frágiles se siguen sintiendo frente al padre y la hija. Con sus gestos desesperados le han dado al reconocimiento la trascendencia que merecía.
Con Oswaldo trataron de que pareciera un accidente, ojalá que nunca se atrevan a tocarle un pétalo a Rosa María.

13 feb. 2017

No acabo de comprender el significado de ciertas fechas

El sábado amaneció nublado. Cuando se está por encima de los mil metros de altura sobre el nivel del mar, las nubes te pueden dar alcance en cualquier momento. La neblina cubría todo a nuestro alrededor, pero eso no impidió que saliéramos a caminar.
Una vez que pasamos el cementerio (un pequeño cercado con una hermosísima mata de carolina y unas pocas cruces deshechas), avanzamos por el camino de La Lomita con la intención de llegar por lo menos hasta la casa del Rubio. Pero la lluvia nos obligó a retroceder.
Cuando volvíamos a la cabaña sentimos mucho frío, abracé a Diana y enumeré las razones esenciales por las que la amo. Para acompañar unas fotos nuestra en Facebook, escribí al menos dos de ellas. Un centenar de amigos dijo que le gustaba. Frente a la publicación, ella, feliz, me miró agradecida.
Pero pocos minutos después cayó en cuenta de que mañana es 14 de febrero y entonces me preguntó qué le iba a regalar. “Nada”, fue mi respuesta. No crean que es una jugarreta o algún tipo de sorpresa. En verdad no tengo ningún regalo que hacerle. No acabo de comprender el significado de ciertas fechas.
Nadie puede convencerme de que mañana debo celebrar mi amor por Diana, porque eso lo hago a diario. Tampoco mi gratitud por los amigos, trato de demostrársela cada vez que puedo. Aun así, no puedo negarles que es una buena excusa para abrir una botella de Brugal Extra Viejo. No suelo beber entre semana, pero como es el Día de los Enamorados…

10 feb. 2017

¡Mes amis!

Ignacio Agramonte le hablaba en francés a sus soldados,
una docena de negros desnudos que le seguían machete en mano
mientras cortaban cabezas y se hundían cañaveral adentro.
—¡Mes amis! —Les gritaba—. ¡Mes amis... la liberté!

En mi pueblo no hay posadas ni moteles de paso.
Una barbería, dos tiendas, un bar y una botica.
Es todo.
Nada más hay en la calle que lo divide
como un corte hecho de una sola vez,
pero con una navaja sin amolar.
En la barbería hay un espejo desde donde se ven las dos tiendas.
En las dos tiendas las puertas son amplias y se está al tanto de todo.
El bar queda frente a la botica
y en cualquiera de los dos se puede beber un buen trago de alcohol
(ablandado con hierbabuena y agua).

Durante años, estuvo mal visto que nuestras mujeres
hablaran con hombres de otros pueblos o con recién llegados.
Sabían darse su lugar y jamás tuvimos quejas de ellas.
Pero todo cambió y ahora
cuando las mujeres de mi pueblo se desnudan
hablan en francés.
Lo aprendieron de un que turista
que se llevó a dos en un jeep rojo.
—¡Mes amis! ¡Mes amis la liberté! —Gritan, 
mientras mueven las cabezas y se hunden cañaveral adentro.

8 feb. 2017

El tamaño de la letra de los libros

Todas las tardes de su vejez, mi abuelo Aurelio Yero sacaba un pesado sillón de majagua para el andén de la estación de ferrocarril del Paradero de Camarones. Allí leía hasta que caía la noche. 
Aunque solo estudió hasta sexto grado, tenía una gran "retentiva" (así le llamaba él a la capacidad de razonar las lecturas. Fue así que se aprendió de memoria el Reglamento de los Ferrocarriles de Cuba y llegó a ser jefe de estación.
Era un estudioso de la Segunda Guerra Mundial, admiraba tanto a Patton como a Zhúkov. Era capaz de hacer sobre la tierra del potrero los mapas de las batallas más importantes, lo mismo de los Aliados que del Ejército Rojo. Pero su escritor preferido era Martí (sobre todo las cartas) y su género, la novela.
Recuerdo que, cuando se quejaba del tamaño de la letra de los libros de la colección Cocuyo, yo alardeaba de mi "vista de halcón". Le quitaba el libro de las manos, me iba hasta la penumbra de la mata de aguacates y leía en voz alta. 
Entonces él tenía más de 70 años y yo apenas rondaba los 10. Ahora, que aún no he cumplido los 50, ya no puedo leer sin espejuelos. Cada vez que abro un libro de Cocuyo lo recuerdo.

La cuerda del reloj

¿Por qué no estoy en esa foto
donde los míos me miran
con abatimiento,
conscientes de que no había
nada que poner en la mesa
cuando cayera la noche?

¿Por qué no esperé
a que pasara alguien
y manejara por mí
aquel aparato soviético,
que fuera él
quien viera cerrarse
la cortina negra
y escuchara
el sonido roto
de la cuerda del reloj?

¿Qué hago sin ellos,
justo aquí,
en medio de una tarde
que no acabo
de comprender,
a la espera
de la alegre sobremesa?

¿Por qué no estoy en esa foto,
me pregunto
otra vez,
mientras las palabras
finalmente se rompen,
como aquel frágil hilo de metal
que enrollábamos cada mañana
para que siguiera pasando el tiempo?