28 nov. 2016

Por muy pocos que sean

Lo que ha quedado,
entre el polvo
de la noche y la piel
desnuda de la isla,
ya está
fuera
de tu alcance.

Es casi nada,
pero será
más que suficiente.
Ya no importa
lo diga
el eco
de tu eco.
Eso no
nos hará
más pobres
ni menos libres.
Ahora
solo te resta
entender
al silencio,
comprender
la falta
de autoridad
que tienen
los mausoleos,
respetar
a los que aún
sacan
fuerzas
para volver
a empezar de cero.

Por muy pocos que sean,
en sus manos está el futuro.

27 nov. 2016

JUAN CARLOS CREMATA: “Nunca voy a dejar de ser artista, aunque trabaje en un Publix o una piscina en Key Bizcaine”

Para celebrar los 10 años de El Fogonero, comencé una serie de pequeñas entrevistas a creadores cubanos que han sido importantes para mí por alguna razón. Mi intención era que sus palabras se convirtieran en mi fiesta. Disfruté tanto los diálogos y la posibilidad de compartir sus ideas y testimonios, que he decidido seguir hasta lograr 100 entrevistas a 100 cubanos a los que le debo algo.

A Juan Carlos Cremata solo lo he visto en la televisión, los periódicos o de lejos, en una Habana de la que tanto él como yo nos acabamos marchando. Nuestra primera conversación fue un chat en Facebook. Ese día le dije que su película Viva Cuba (2005) era una de mis obras preferidas del cine cubano. Desde entonces hemos compartido muchas cosas, siempre a través de esa estrecha ventana que se abre en la parte inferior de la pantalla.
Ya una vez, a principio de los años 90 del siglo pasado, se le hizo difícil vivir en su país. En aquel entonces, fue a dar a Chile y de ahí a Argentina, donde llegó a dar clases dos universidades. Después de ganarse una beca Guggenheim y de vivir en Nueva York, tuvo la necesidad de volver a La Habana a hacer cine cubano. Primero filmó Nada y luego la que es —hasta hoy— su obra más reconocida.
En 2015, su puesta en escena de El rey se muere, de Eugene Ionesco, fue censurada y su grupo de teatro disuelto. “Algunos funcionarios presionaron a los pocos amigos que me ayudaban para que no lo hicieran. Sin pronunciar una palabra, estaba claro de que no me dejarían hacer nada más en Cuba”, dijo entonces en una entrevista. Poco después, aprovechando una invitación del PEN Club de Nueva York, decidió exiliarse.
Más de una vez ha dicho que su sombrero y sus espejuelos oscuros son su personaje, que detrás de ellos está la “persona no pública”. Por eso tengo la impresión de que cuando respondió estas cinco preguntas no los tenía puestos.

Nuestra generación llevó sobre sus hombros el peso de una historia que otros hacían (o destruían, vista en la distancia). A ti te tocó llevar una carga aún más pesada, porque entró en tu casa y dejó una tragedia. ¿Cómo se vive con eso, de qué le ha servido al artista que eres?
La tragedia, en mi vida personal, va muy ligada también a la comedia. O a la alegría de vivir, para ser más exactos. Como en el teatro griego, pasamos de Sófocles a Eurípides de una manera “rápida y furiosa”. Ha de ser, parece entonces, una compensación obligada. Un mecanismo de defensa. O lo que nos dicta, desde el inconsciente, nuestro más elemental instinto de conservación.
La manera en que perdí a mi padre, me hace, a cambio de insistir en la desdicha, recordarlo siempre vivo. Alegre, como era. Jaranero. Jovial y contagioso. Quien lo conoció puede dar fe de ello. Por eso como artista, y como ser-humano-ante-todo, me cuido y he tratado continuamente de hacer bien a los demás. Y felices. Y tolerantes. Y más abiertos de pensamientos. Por ende, de acción. Y por supuesto, sobre todo he intentado ser sincero conmigo mismo. Soy un hombre contento.
He logrado muchos sueños. Y cada día sueño más. No me interesa pues, por ahora, ahondar para nada, en la tristeza. Ya bastante cuota de infelicidades tiene uno en la vida, como para aumentarlas. Ser artista es la coraza de mi positividad constante. Es mi persistencia. Mi perseverancia. Mi razón de ser. Mi destino y mi delirio.
Por otro lado, ya sabes que en Cuba se venera la pérdida. No la ganancia. Y además, como todo, se politiza… Hay quien, por un lado, me acusa de haber sido un “privilegiado” de la Revolución —¿qué “privilegio” puede haber en que te asesinen a un padre? ¡Y de esa manera monstruosa, en el crimen de Barbados!—. Por otra parte, la “Revolución” me acusa hoy de “desagradecido” —¿dime cómo se puede agradecer la sinrazón y el reino del oportunismo?—.
Yo soy un ARTISTA. Gústele a quién le guste. Y pésele a quién le pese. Y el arte es mi única política. Sin fronteras. Es mi credo, mi voluntad, mi raciocinio, mi religión, mi esencia, mi patria, mi himno y mi bandera. Aprendo de todo. Y a diario. De lo bueno. Y de lo malo. Bueno, de lo negativo trato al menos de salvar lo educable. Lo que me hace crecer. Aprender y avanzar son mis lemas.
Y la historia…, todos sabemos que es como una vieja puta a la que todo el mundo maneja a su antojo. La dignifican o ensucian con excelsos o malsanos caprichos. Pero la patria somos todos. Los que la habitamos (desde cualquier parte del mundo) la rehuimos, la gozamos, la padecemos, la añoramos, la sufrimos… Lo demás es paisaje para turistas.

Hay varias películas cubanas que, por razones, tengo que volverlas a ver cada cierto tiempo. Viva Cuba es una de ellas. Aunque la película no ha envejecido, tú ya no eres el mismo. ¿Le cambiarías algo ahora, sobre todo después de haberte convertido en el personaje de una historia parecida?
Las películas son el resultado de lo que fuimos una vez. Y de cómo pensábamos en ese entonces. Pero adquieren su independencia cuando se distribuyen después del estreno. Me asustaría mucho ser siempre el mismo. Porque creo en el cambio. Constante. Y a diario.
Te puedo asegurar, que no le cambiaría absolutamente nada, ni un ápice a lo hecho. Como no puedes cambiar lo vivido. Las películas son como hijos. Y Viva Cuba fue, además, como una iluminación inmensa. Una niña muy querida. Los ojitos dulces de mi hija. Todavía me regala satisfacciones increíbles.
Es la película que más premios ha ganado en la historia de la cinematografía cubana —acapara 47—, entre ellos el Grand Prix Ecrans Juniors de Cannes. Pero además es un filme que te remite y alude al niño que fuimos alguna vez. Y que muchos, nos resistimos a dejar de ser. Vivir ahora otra historia, me generará, espero nuevos argumentos.
Y una manera distinta de pensar. Siento que tenemos el deseo constante e imperativo de cambiar. Porque el que se detiene está perdido. Y trato de avanzar. Machado, siempre Machado, y “se hace camino al andar”. Mañana es muy seguro que piense distinto. Porque uno va conociendo, digiere y procesa.
Pienso, luego existo ¿no se trata de algo de eso? Ahora intento escudriñar en el exilio. Conocerlo desde dentro. Al sentirlo.

Una vez el escritor cubano Lorenzo García Vega pidió que lo retrataran con su uniforme de empacador del Publix. Para el integrante del Grupo Orígenes, aquel era también un acto de honestidad intelectual. Tú te has retratado junto a Zenaida, la piscina que atiendes en un condominio de condominio de Key Bizcaine. ¿Cómo defines ese acto?
Como un buen inicio en la memoria que quiero llevar de mi exilio. Siempre me contaron otras historias sobre lo que pasaba con los cubanos decididos a dejar su tierra y a probar suerte en otras partes del mundo. Quiero recogerlas ahora. Y sentir en carne viva y en mi más hondo pensamiento, las miles de historias de desarraigo, dolores, alegrías y empeños de este lado de la historia.
Para poder hablar con propiedad de esta otra vida he de vivirla. No veo ninguna intención oculta, más que el de contarle a la gente que me quiera escuchar, todo lo que estoy viviendo. No sé cuáles fueron los motivos de Lorenzo García Vega. Pero en mi caso, es como hacer público una especie de diario de mi nueva existencia. De la manera más artística que sepa. Es un espacio donde puedo seguir creando. Experimentando con el lenguaje audiovisual.  
En Cuba me condenaron a morir en vida. Como la única consigna posible es “patria o muerte”, yo me vi obligado a elegir, a cambio, “mundo y vida”. Y el exilio ni es tan rosa, ni es tan tétrico. Ahora puedo decirlo. Aunque es corta aún mi experiencia. Lo veo como un proceso profundamente humano. Y que no es patrimonio solamente de nosotros los cubanos. Aunque se ha vuelto sino.
Siempre trato de ser sincero conmigo mismo. Al tiempo que divertido. Ya te digo: aprendo y avanzo. Me interesa indagar y sentir a flor de piel —pero también muy adentro— lo que sintieron y sienten todos los desarraigados de la tierra. En especial de esa isla que llevamos en las venas. Y en cada uno de nuestros mejores pensamientos.

Al dejar Cuba, no solo dejaste atrás a tu familia, a tu ciudad y a tu país; también abandonaste ideas y proyectos que probablemente nunca puedas recuperar. ¿Cuál de los proyectos que se quedaron atrás te ilusionaba más?
Cuando salí de Cuba salí con proyectos filmados y otros escritos. Que espero terminar. Un largometraje titulado Semen, que fue filmado de manera clandestina y sin permisos oficiales. Y una cuarta entrega de mis Crematorios. Siempre tengo algo debajo de la manga. Y el proyecto que más me sigue ilusionando, es la adaptación al cine —que daría además para una serie ahora que están tan de moda— de la, a mi modesto entender, mejor novela escrita en Cuba: Hombres sin mujer, de Carlos Montenegro. Estaba por filmar Fe de ratas, un texto de Elio Fidel López Veláz, un joven dramaturgo que es excelente. Y en teatro, quería hacer el único musical que no pudo —¿o no le dejaron?— estrenar nunca a Virgilio Piñera: El encarne.
No son proyectos a los que he renunciado. Para nada,  ¡Nunca renuncio! Están ahí. Vigilo por ellos y los acaricio. Aunque evadiendo mis diarios desvelos, aún los conservo en el mismo centro de mis anhelos. Y forjan también el extenso catálogo de mis mayores esperanzas. Aunque por ahora, deba aprender a vivir de otra manera.

¿Cuál es el plan B de Juan Carlos Cremata para no dejar de crear, para salvar su obra, para salvarse?
Tengo plan B, un plan C, un plan D y así, sucesivamente, hasta cubrir todo el abecedario. ¿No crees que con librarme de todo aquello ya me salvé? ¡Ya estoy salvado! Lo que hice está ahí y es imposible olvidarlo. Aunque haya quien lo menosprecie o intenta condenar al silencio. Nunca voy a dejar de ser artista, aunque trabaje en un Publix o una piscina en Key Bizcaine.
Una cosa no tiene nada que ver con la otra. Y al mismo tiempo, sí. Siempre he pensado que si no logro lo que quiero, muero en el intento. Y que esa es una manera de alcanzar mis sueños. De todas formas, tal y como decía más o menos John Lennon: “la vida es todo aquello que sucede, mientras uno se empeña en hacer otros planes”.
Mi obra está salvada. Y eso a su vez me salva a mí. Está ahí. Podrán intentar silenciarla. Pero eso es cada vez más difícil en estos tiempos de comunicación global, virtual, digital, super-tecnológica, y contemporánea. Mi obra futura vendrá con el tiempo. Si la vida me acompaña. Of course!

26 nov. 2016

¡Ya!


Aurelio, Atlántida, Serafín, Aldo, Cary, Titita, Lázaro, Eloísa, Yindo, Paulino, Monga, Sixta, Cipriano, Rao, Roberto, Yanelis y todos los míos que no pudieron ver este día: ¡El dinosaurio ya no está allí!

9 nov. 2016

¡Bienvenidos a Trumpzuela!

Desde niño tengo una gran admiración por Estados Unidos y su cultura. Nací encerrado en una dictadura populista que nos inculcaba un odio visceral por todo lo que viniera del Norte. Eso hizo que miráramos con mayor curiosidad hacia arriba. Le decíamos la Yuma, por aquella película del oeste donde sale un tren a las 3:10.
Gracias a Martí descubrí a Emerson. Luego vinieron Mark Twain, Jack London, Sherwood Anderson, William Faulkner, The Eagles, Simon & Garfunkel, Bob Dylan, Chicago, Bruce Springsteen… En mi iTunes tengo tanta música americana como cubana. Los escritores estadounidenses ocupan dos libreros y medio, los cubanos solo uno.
Cada vez que volvemos a Estados Unidos, Diana repara en mi cara de felicidad y me lo hace notar. Sí, admiro y disfruto muchísimas cosas allí. En el último viaje conocí Las Vegas, quizás lo que menos me interesa de esa cultura. Hicimos escala en Dallas. En la pista había un avión gigantesco, obsceno, decía Trump en sus costados.
En Las Vegas la mayoría de los edificios también eran gigantescos, obscenos, uno decía Trump en sus costados. Como su avión y su hotel, el presidente electo de Estados Unidos representa para mí lo peor de ese país, lo que parecía condenado a desaparecer en el nuevo siglo.
Desde finales de los 90, los venezolanos insistieron en elegir y reelegir a un populista. Primero dividió al país en dos mitades irreconciliables, luego lo llevó a la ruina. Afortunadamente, la influencia de Hugo Chávez era limitada. No es el caso de Trump, cuyos desmanes tendrán una incidencia global.
Hace poco leí que Berlusconi era la precuela de Trump. También volví a leer aquella frase donde Gore Vidal recordaba que “la mitad de la población de Estados Unidos no ha leído nunca un periódico. Y la mitad de los americanos no ha votado nunca a un Presidente”.
Hoy, con Gore, tenemos que admitir que esas dos mitades coincidieron ayer. Estados Unidos no es Venezuela, Trump no podrá destruirlo, pero podría hacer que retroceda varias décadas. El tren de las 3:10 salió anoche alrededor de las 11, no va a Yuma sino a Trumpzuela.

8 nov. 2016

Atlántida Mosteiro Góngora

Hace muchos años que tengo varios borradores de una novela sobre mi infancia que se llama como mi abuela: Atlántida. Una vez Abilio Estévez me recomendó que, para que pudiera dominar mejor a los personajes, escribiera sus biografías. Esta es la de ella. Pronto tendré 50 años y todavía no me acostumbro a su ausencia.

Tiene 64 años. Nació en las montañas del Escambray el 11 de junio de 1914. Hija de un gallego y una asturiana. Su madre murió en el parto de Nellina, su hermana menor, cuando ella apenas tenía 11 años. Fue enviada a la casa de los Donato, en Cienfuegos, que era la familia del esposo de Herminia, su hermana mayor.
Allí le sirvió de modelo para una escultura al arquitecto Pablo Donato Carbonell, quien diseñó la fachada del Cementerio Tomás Acea (una copia a mayor escala del Partenón de Grecia). Luego la enviaron a casa de los Piz, en el Paradero de Camarones. Allí conoció a Aurelio Yero y se casó con él.
Tuvieron cinco hijos: Aldo (murió de meses), Caridad, Argelia, Lérida y Aldo. Aún en las épocas meas difíciles vistió siempre con elegancia. Buena, fina, obsesiva con dos cosas: las tradiciones y la limpieza. Nació y se crió en un mundo dividido en dos colores, pero eso lloró tanto el día que descubrió que Barbarito Diez era negro.
Es excelente costurera (cose todas las camisas de Aurelio y Camilo, sobre todo las de corduroy) y la mejor cocinera del pueblo. Los olores de sus sofritos son célebres y definen el punto del mediodía. Es muy friolenta, por eso siempre anda con un suetercito azul. El olor de ese suéter le produce felicidad y seguridad a Camilo.

Atlántida con sus hijos Lérida, Caridad y Aldo
y su cuñado Rao Yero, otro de los personajes
que llenaron de felicidad a mi infancia.