22 ene. 2017

Amado del Pino

La primera vez que hablé con Amado del Pino fue a mediados de los años 80 del siglo pasado. Yo cubría el center field en un juego entre estudiantes de Arte de Cubanacán y muchachos de Palo Cagao, la comunidad vulnerable que estaba justo al lado de nuestra escuela.
“Asere, échate más pa’ llá, que ese tipo hala la bola”, me dijo mientras me empujaba hasta ponerme en la posición que él creía correcta. En efecto, el gordito tenía razón, el fly fue directo a mis manos.
A partir de ese mismo día empezamos a saludarnos con cariño y, cada vez que teníamos una oportunidad, discutíamos de pelota. “Ser del mismo pueblo de Rolando Macías (un legendario pitcher de Las Villas) es una responsabilidad muy grande”, solía decirme.
Otros pueden recordarlo hoy con mucha más nitidez que yo. Pienso, sobre todo, en Renay Chinea, quien le quiso a la luz de los peores rones y en las mejores oscuridades de La Habana. Hubiera preferido delegar esa dolorosa tarea en Renay hasta que sonó mi teléfono.
Era Luis Leonel León, quien me pidió con urgencia dos párrafos sobre Amado para el Diario de las Américas. Esto fue lo que le envié. Es lo mismo que diría de él a todo el que no tuvo la enorme fortuna de conocerlo:
Amado del Pino era, por encima de todas las cosas que fue, que quiso ser y que no pudo ser, una manera de ser cubano. Cuando leí en el muro de Abilio Estévez que había muerto, no pensé en él ni en su amada Tania; pensé en mí, en nosotros, en todo lo que nos perderemos sin él.
Su autenticidad, su inteligencia y su humor le permitieron ser parte de la cubanía de la manera más simple y audaz posible. Ahí están su teatro y su literatura para probar lo que digo. Amadito era tan honesto, que uno acababa dándole la razón incluso cuando defendía lo indefendible.
Gente como Amado del Pino no pueden perderse la Cuba del futuro, sea cual sea, y es nuestra responsabilidad asegurarnos de que lleguen hasta allí y digan lo que tienen que decir.

19 ene. 2017

Transportes Escolares

Anoche me subí en un autobús a principios de los años ochenta. Era aquel que pasaba al final de los domingos y cubría la distancia que hay entre los meses de clases y los sembradíos más remotos de mi provincia.
Adentro todos eran jovencísimos y todavía estaban uniformados. Algunos se burlaron de mí, otros me miraron espantados. —¡Te estás quedando calvo! —Dijo por fin aquella rubiecita de Palmira cuya mirada nunca aprendí a descifrar—, ¿qué te ha pasado?
Al principio me espantó la idea de ser 30 años más viejo que mis antiguos compañeros de aula. Se veían espléndidos, felices. Detrás del autobús, el polvo de la carretera secundaria dejaba una estela amarilla, como la de los cometas.
No recuerdo cómo salí de allí, pero cuando estuve de regreso en casa, sentí un gran alivio. Detrás de los cristales había una mañana de lluvia en Santo Domingo, uno o dos días antes de que empiece 2017. Volví a sentir miedo, pero esta vez de pasado.
Hay algo que me aterra más que envejecer y es volver a perder las cosas que dejé atrás en aquel autobús: los sembradíos, el camino de regreso a casa, la estela amarilla del polvo de mi provincia, el país, todo lo que llegamos a creernos.

Carambola

La neblina no es esa pared
que ahora mismo
no nos deja avanzar
más allá del palo amarillo.
Tampoco el sigilo,
húmedo y acucioso,
que entra en la casa
sin pedir permiso
y registra
todos sus rincones.
Menos aún el silencio
que se queda
a oír nuestra música
o el aire frío que tirita
junto a la chimenea.

La neblina es todo
lo que buscábamos
cuando ninguno
de los dos
sabía de este lugar
y acabamos
encontrándonos
a nosotros mismos.

17 ene. 2017

El olor de la tarde

Se repite en enero como si todavía
noviembre pudiera entrar
por una ventana.
El olor de la tarde,
ese persistente airecito
que apaga el resto
de los sonidos
para que se oiga
el crujir de las ramas,
la respiración de las ollas
y el eco
casi imperceptible
de la gente que dice cosas
sin la más mínima importancia.

El olor de la tarde
es todo lo que recordaremos
de este momento
en que volvemos a casa
para que empiecen
las costumbres de la noche.
Mañana, pasado,
la semana que viene
o dentro de mucho tiempo,
nos seguirá recordando
lo que somos.

Cuando ocurra otra vez
y deje que enero entre
por una ventana de mayo,
justo después
del primer aguacero,
el olor de la tarde
volverá a darle sentido
a nuestro regreso a casa.

Los sueños muertos de Yisel Venegas

Todas las madrugadas, a la misma hora que pasaba por Camarones el tren de Cienfuegos a Santa Clara, me hago el primer café del día. Mientras vigilo la cafetera, abro Diario de Cuba. Por ahí comienza mi proceso de readaptación al mundo y a sus tragedias cotidianas.
Hoy di con una noticia sobre Yisel Venegas. No he conocido a muchos con mi apellido, por eso leo todo lo que aparece en la prensa sobre ellos (salvo que se trate de Julieta, claro está). Yisel se fue de Cuba embarazada y desesperada. Ella y su esposo vendieron todo lo que tenían y lograron llegar hasta el aeropuerto de Georgetown, en Guyana, donde los esperaba un coyote.
En una fonda caminera, entre la vía de Medellín a Turbo, ella asegura que el anuncio de Obama mató sus sueños. Siento mucho la dramática situación en la que se encuentra esa cubana (quien, a lo mejor, es un lejano familiar mío), me gustaría hacer algo por ayudarla, pero creo que se equivoca en algo.
No fue Obama quien mató sus sueños. Ella nació con los sueños muertos. El asesino de sus esperanzas yace (¡por fin!) debajo de una piedra que es celosamente custodiada por un soldado inmóvil. Él y su dictadura son los únicos responsables de que los cubanos prefieran lanzarse al mar o atravesar una selva y más de seis países por tal de escapar de la vida que viven.
Insisto, siento mucho el drama de Yisel, su situación me produce algo parecido a la falta de aire, pero creo que de una vez y por todas debemos dejar de culpar a otros de nuestras propias culpas. Ya está el café. Seguramente el tren de Cienfuegos a Santa Clara hoy tampoco pasó por Camarones.
Me dijeron que dicen que no hay combustible, ni locomotoras, ni esperanza.

16 ene. 2017

12º Celsius

El jueves pasado dormí solo en la Cabaña de Thoreau (en la tarde del viernes bajé al pueblo a buscar a Diana. Llegó en autobús, muerta de frío y feliz del viaje que había hecho). Por una avería, no había electricidad. A la luz de una lámpara me hice unas salchichas, me bebí dos rones y leí cosas de Sam Shepard.
Me levanté a las 5. Colé un café Bustelo y me fui a caminar por el bosque. Nuestro gato Barbieri, como si fuera un perro, me seguía los pasos. Cuando volví quise escribir algo sobre pies secos y pies mojados, también sobre la resignación de los cubanos a que sean otros los que decidan nuestro destino y el futuro de nuestros hijos.
Pero me puse a mirar un arriero (los dominicanos le llaman pájaro bobo) que bajaba con torpeza desde lo alto de un pino, mientras perseguía a un bellísimo lagarto. Los cubanos varados en los aeropuertos, las selvas y el mar. El lagarto ya en el pico del ave.
Anoté la temperatura. 12 grados Celsius. Al final ese dato fue lo único que quedó por escrito. Sin querer, así fue que logré el primer post de 2017… y en muchas semanas.