23 mar. 2017

Francamente

Hoy me pasé el día escribiendo. Tratando de hacer literatura, quiero decir. Trabajo en algo cuyo título es Atlántida. Cuando uno insiste en ser escritor al borde de los 50 años, ya no lo hace con ese afán de trascender que se tiene en la juventud y mucho menos por vanidad. 
Lo hace porque no le queda más remedio, porque de lo contrario acabaría asfixiándose con todas esas ocurrencias que tiene trabadas dentro del cuerpo. Hace unos días encontré el primer borrador de esta idea, es de 2003. Todos estos años ha tenido muchas formas y tonos. Ninguno me gusta hoy.
Insisto, no sé si la novela en la que trabajo será buena, regular o mala. Francamente, no me importa. Me basta con la felicidad que me da pasarme un día entero viviendo todo lo que viví hoy, encerrado en mi espacio de trabajo, regresando a lugares a los que solo puedo volver a través de las palabras.

14 mar. 2017

Taigá

No advertimos su llegada. Cuando notamos su presencia ya vivía en el pueblo y se había hecho una pequeña cabaña al final de los cañaverales. Nunca nadie averiguó su nombre, todos le llamaban el Ruso. Siempre andaba con un pesado abrigo y un gorro de piel de oveja con orejeras.
Era un hombre de muy pocas palabras, por eso tardamos meses en enterarnos que había estado cinco años en la Siberia. Formó parte de un contingente de cubanos que fue a cortar árboles a la taigá. De allá trajo el abrigo, el gorro y la costumbre de no quitárselos nunca, incluso bajo el sol más abrasador.
Corrían los años 80 del siglo pasado. Los ferrocarriles de la isla tenían una gran carencia de travesaños. La Unión Soviética estaba dispuesta a donar la madera, pero Cuba debía mandar a los que se encargarían de talar los árboles, aserrarlos y empavesarlos con alquitrán.
Pronto el Ruso se convirtió en el mejor machetero de la zona. Se ganaba todos los reconocimientos: radios portátiles, televisores, refrigeradores y hasta una pequeña motocicleta que tenía pedales para poder subir las cuestas más empinadas. Nunca se quedó con ninguno, los vendía para comprar alcohol.
Solo iba al pueblo en las tardes por pan y ron. Ya borracho, esperaba al tren de las 6:45 en el andén. No le quitaba la vista de encima a la locomotora. Cuando se oían los pitazos cerraba los ojos. Era como si los sonidos de aquella mole bielorrusa lo llevara de regreso al frío de la taigá.
Luego se alejaba por la línea, dando tumbos, sudando bajo el grueso abrigo y el gorro, frotándose las manos como si en verdad hiciera frío. Un día desapareció. Luego alguien que pasó por donde estaba su cabaña dijo que allí no quedaba nada. 
“Debe haberse ido otra vez para Rusia —concluyó Cebollón, el repartido de periódicos—a ese animal solo lo entienden los osos”.

10 mar. 2017

Informe contra nosotros mismos

En el inolvidable documental que Jorge Dalton le dedicó a Eliseo Alberto, ese donde Lichi le habla a la cámara como si fuera un amigo de toda la vida, mientras le cuenta su historia (nuestra historia), hay un momento al que he vuelto muchas veces. Una y otra vez regreso a ese instante donde Lichi se refiere a nuestra cobardía como pueblo.
En la Guerra de Independencia, recuerda el autor de Informe contra mí mismo, había muchos más cubanos peleando del lado de España que en la manigua, junto al ejército libertador. El día que cayó Machado, todos salieron a festejar y saquear, pero fueron poquísimos los que en verdad se enfrentaron al Asno con Garras.
El 1 de enero de 1959, los que quemaron ruletas y traganíqueles nunca se imaginaron que esa madrugada también comenzaba la destrucción de la nación cubana. Que ese amanecer tan esperanzador del que eran testigos de excepción acabaría dejándonos sin la más mínima esperanza. Muchos no habían hecho absolutamente nada, pero ahora querían hacerlo todo.
El día que llegue a su fin la dictadura que comenzó con Fidel y que nadie sabe con quién ni cuándo acabará, millones de cubanos se lanzarán eufóricos a las calles de toda la isla. Pero mientras tanto, hemos delegado la responsabilidad de enfrentarse al monstruo totalitario a un puñado de hombres y  —sobre todo— mujeres.
Hoy en la mañana rompí el último puente que me comunicaba con uno de esos tantos compatriotas que ejercen la ingratitud como oficio. Hablo de los que no se cansan de hacer leña con el país que los acogió, los hizo personas y les permitió —¡por fin!— ser libres, mientras guardan un vergonzoso silencio sobre todo los horrores que pasan a diario en su moribundo país de origen.  
Cuando vi el documental de Dalton, volví a la última noche que hablé con Lichi en persona, en la Casa de Teatro de un año que solo Iván debe recordar. “Cuba ha parido algunos de los hombres más grandes y pingúos de la historia —me dijo una vez Lichi, delante de Iván Pérez Carrión, Freddy Ginebra y un vaso de Brugal Extra Viejo—, pero no sabemos comportarnos como un pueblo valiente”.
Ahora, aunque es de madrugada y demasiado temprano para un ron, estoy allí de regreso otra vez, después de haberle dado la espalda a un cobarde.

***
No, no es un deja vu, en verdad ha vuelto a ocurrir. Hace poco más de un mes, cuando publiqué el post Lichi Diego nos habla por última vez, desde un rincón del alma, Jorge Daltón me hizo llegar un comentario que tuve que compartir con los lectores de El Fogonero. Ahora tampoco puedo evitar la reproducción de este nuevo envío. Gracias, Jorge, por tu amor a Lichi, a la memoria de tu padre y a Cuba. Un fuerte abrazo para ti y un beso para Susy.


Si no soy capaz de defender mi verdad y lo que creo, sería un perfecto miserable

Jorge Dalton

Camilo, te agradezco mucho por mantener viva la memoria de mi hermano Lichi Diego. EL MIEDO ese estado o sentimiento que nos corroe. Tu texto me recordó cuando Lichi escribió los primeros ensayos que desembocaron varios años después en su libro: Informe contra mí mismo.
Tuve el privilegio de ser uno de los primeros en leerlos. Eso fue en México como en 1994. Uno de esos primeros textos tuvo por título: “Puñal de melancolía”. Cuando me lo dio a leer me sentí muy inconforme y, como lector, le dije que faltaban muchas cosas. Que decir las cosas a medias era mucho más peligroso.
Y él me dijo esa vez: “Mi querido Daltoncito, tienes toda la razón, pero no voy más allá porque tengo miedo de no ver nunca más a mi madre”. Y yo le pregunté: ¿Acaso tu madre te perdonará por no decir lo que tienes que decir? Meses después fui leyendo los demás ensayos que ya tenían algo de la estructura del libro futuro más reveladores y contundentes.
Hubo un tiempo que hasta me sentí culpable de empujarlo, porque yo igual sentía mucho miedo de revelar o descubrir verdades. Cuando comencé a hacer la película En un rincón del alma, igual sentí miedo, esa es la verdad, no solo yo, mi propia madre sentía miedo por lo que yo estaba haciendo y así por el estilo amigos.
Más de uno llegó para decirme que mejor desistiera en hacer esa película. Pero yo estaba muy decidido a vencer esos miedos por Lichi, por Eliseo, Bella, Rapi, Fefé, por mi padre, por Lezama, por Orígenes y por Cuba, que son razones más que poderosas.
Hoy que la película está navegando por el mundo, revelando una serie de verdades inéditas, pues ha sido para mí la mejor manera de vencer ese miedo que nos corroe a muchos. Siento que si no soy capaz de defender mi verdad y lo que creo, sería yo un perfecto miserable.
Alguien miserable siempre será una persona cobarde, manipulable y dúctil. La verdad es que le tengo mucho más miedo a eso último.

9 mar. 2017

Una breve aclaración de principios

Mi equipo en el Clásico Mundial de Béisbol, desde su primera edición, es República Dominicana. 
Dos patrias tengo yo, Cuba y el Cibao. Como la selección de la primera no está integrada por las estrellas que quieren representarla sino por las que quedan; prefiero la libertad de los dominicanos, este pueblo alegre y solidario que tanto me ha dado y del que soy parte desde hace 17 años. 
No es que desee que los cubanos pierdan, es que quiero que los dominicanos vuelvan a ganar. 
¡Vuá al Águila..., digo, a Dominicana!

5 mar. 2017

El tiempo de los árboles

En la Cordillera Central he tenido el gusto de conocer a muchos árboles centenarios. También he sido testigo de no pocos horrores, como el de un individuo que taló una mata de mangos que había sido testigo de todo el siglo XX dominicano. Su pretexto es que tenía un panal y él era alérgico a las abejas.
Ayer en la tarde bajamos al pueblo a comprar un tanque y le dimos bola (botella, en Cuba) a tres ancianos que iban por el camino de La Lomita. Hacía dos horas que habían salido de su casa y les tomaría otra dos más llegar hasta Pinar Quemado. Gran parte del recorrido deben hacerlo a más de mil metros de altura.
Nos dijeron que habían bajado para hacerle una visita a una familiar recién parida. Diana, que es financiera y le gusta encontrarle los números a todo, me hizo notar que en total invertirían ocho horas para un cumplido de apenas unos pocos minutos.
—El tiempo de ellos es como el de los árboles —me dijo al final de sus cálculos.
Al principio, cada vez que veniamos a la Loma de Thoreau, nos obsesionábamos con sacarle partido al tiempo. Por eso, cuando llegaba la hora de irnos, nos angustiaba la idea de no haberlo aprovechado lo suficiente.
Poco a poco hemos ido aprendiendo de los árboles, de su vida de espalda a los relojes. Cuando empezó la construcción de la cabaña, nos aseguramos de guardar suficiente distancia de un majestuoso pino occidentalis. Silencioso, imperceptible, él ha ido avanzando hacia nosotros y una de sus ramas ya está a punto de alcanzar la terraza.
Hoy en la tarde volveremos a la ciudad, por eso me levanté bien temprano y me puse a mirar la llovizna desde mi pequeña mesa de trabajo. Busqué el reloj y conté las horas que nos quedaban en la Loma. Luego miré hacia afuera. El pino occidentalis ocupa prácticamente todo el espacio de la ventana.
Entonces me serví un café y traté de imitarlo, a él y a los campesinos de La Lomita. Silencioso, imperceptible, escribí este texto.

23 feb. 2017

Como Henry Reeve*

En las afueras de Yaguaramas,
justo detrás del monumento
donde ondea
una bandera vieja, rota,
juraron cosas
que duraran toda la vida
y pudieran olvidarse
unos pocos meses después.

Como Henry Reeve,
se ataron de la montura
y empezaron a galopar
en dirección a la batalla.
Desnudos,
acostados sobre la tierra
donde se quitó la vida
el jinete americano,
combatieron cuerpo 
a cuerpo con la inocencia.

Nunca se supo lo que hicieron,
jamás se lo contaron a nadie.
Todo se quedó allí,
en las afueras de Yaguaramas,
justo detrás del monumento
donde ondea
un país viejo, roto.

*Mi último año de bachillerato lo cursé en el Instituto Pre Universitario en el Campo (IPUEC) Eusebio Sánchez. Todavía en Google Earth se aprecian sus ruinas. Está en El Guanal, una remota comunidad de Cienfuegos que queda en el borde oriental de la ciénaga de Zapata.  Para llegar hasta allá, había que pasar por el monumento a Henry Reeve (1850- 1878), un joven norteamericano que llegó a ser brigadier del Ejército Libertador. Aquel sitio, rodeado de cañaverales y cercado por la maleza, fue testigo de amores eternos que solo duraron hasta el fin de curso. Este viejo poema, escrito probablemente en la Escuela de Arte de Cubanacán, trata de eso.