20 oct. 2006

La conocen los que la perdieron

Raquel Paiewonsky, una de las artistas dominicanas que más ha trabajado con la palabra libertad en sus obras, acaba de ganar la XXI edición del Concurso de Arte Eduardo León Jimenes. Raquel es producto de una sociedad que se sacude el polvo de dos dictaduras (una a la franca y otra solapada).
El Concurso de Arte Eduardo León Jimenes ha sido, durante sus cuatro décadas de trayectoria, uno de los más constantes impulsores de la creatividad y de la libertad de expresión en República Dominicana. Sin poner otra condición que no sea el talento, este certamen no ha dejado de apoyar a los artistas del país aún en los momentos más graves.
Carlos Palacios, miembro del Jurado de Premiación del XXI Concurso, también se refirió a la libertad de expresión en su conferencia magistral. Con ejemplos en la mano, Palacios reveló las maniobras que los gobiernos de Cuba y Venezuela llevan a cabo en contubernio, por tal de amordazar a sus creadores, sumiéndolos en un discurso unicorde y empobrecedor.
Las palabras de Palacios fueron, además de un enorme aliento para todos los artistas que tienen la posibilidad de participar en espacios abiertos e incluyentes, como lo son el Centro León y el Concurso de Arte, un grito solidario a favor de los que carecen de esos privilegios. Es que a la libertad, como dice Andrés Calamaro, “la conocen los que la perdieron”.

2 oct. 2006

La noche de la iguana


En estos momentos en la Tierra se está produciendo la mayor pérdida de biodiversidad después de la que hubo con la desaparición de los dinosaurios. Más de 16,000 especies se encuentran seriamente amenazadas en todo el planeta. Desde cualquier latitud, día tras día, llegan noticias que corroboran el desastre.
El destino del último ejemplar de cada especie extinta es casi siempre el mismo: una vitrina impoluta en uno de los tantos museos de ciencias naturales. Allí, disecados y maquillados, los animales ofrecen una penosa invocación de lo que fueron en vida. Continuamente vemos incontables documentales sobre la tragedia ecológica en el mundo entero. Pero muchas veces se tiene la idea de que eso sucede lejos de uno: en los casquetes glaciares, en las selvas, en los desiertos o en los océanos que están del otro lado.
Casi siempre actuamos como si nosotros no fuéramos parte del problema y como si fueran otros los que deben resolverlo. Esa puede ser la razón por la que miramos para otra parte cuando un vendedor de pericos nos sale al paso, jaula en mano, a la salida de Santiago. Quizás por eso no decimos nada cuando nos ofrecen el “fresco palmito” en la Mejía Ricart con Lincoln.
De ahí que simulemos no oír cuando nos cuentan que allá, en el Sur, las iguanas que nadie compró duermen a un lado del camino, amarradas a un palo.