30 ene. 2007

Los "escrúpulos"

El bar Skrúpulos está en la Benito Monción, una de las calles más santiagueras de Santiago. En su misma cuadra, coexisten dos de las instituciones culturales con más tradición en la ciudad: Casa de Arte y la 37 por las Tablas. El martes pasado, Diario Libre publicó el reportaje “Instituciones culturales piden cerrar bar para homosexuales”, donde María Ligia Grullón, directora de la 37 por las Tablas, y Enelgido Peña, director provincial de Cultura, reclaman el cierre inmediato del local vecino.
Las razones de María Ligia son compresibles y se apegan a las medidas del Plan de Seguridad Democrática, pero una de las excusas de Enegildo Peña es inaceptable. No es posible que un funcionario de la Secretaría de Estado de Cultura alegue que donde “hay un ambiente artístico cultural no pueden haber (un) bar de gays...”.
Si en Skrúpulos el alto volumen de la música permanece durante la madrugada y si es cierto que se expenden bebidas alcohólicas después de la hora estipulada por las autoridades, están violando la ley y merecen el peso de la misma. Pero la presencia de homosexuales y lesbianas no puede ser un agravante.
Los gestores culturales tienen que ser también facilitadores de la pluralidad y deben estar siempre entre los primeros que adviertan cualquier señal de intolerancia, exclusión o discriminación. Casa de Arte y la 37 por las Tablas han sido un paradigma en ello. Durante años, ambas instituciones han desempeñado una admirable labor de promoción cultural y son ya dos espacios indispensables para la ciudad.
Ojalá que el episodio de Skrúpulos se resuelva cuanto antes. Ojalá también que frases como las de Enegildo Peña dejen de ser una recurrencia en la prensa, por lo menos en boca de un promotor cultural.

15 ene. 2007

Ice Cube

Me gusta comer hielo y lo hago con un impulso irrefrenable. Conozco personajes reales o imaginarios que comen tierra y hasta que se comen entre sí, pero no son muchos los que se sientan a masticar un cubo de agua helada. Hay un poema de Antonio José Ponte que recuerda a Maribárbola, quien formaba parte del inventario de locos, enanos, negros y gente de placer que poseían los Austrias en su corte.
La minúscula mujer (que fue retratada por Velázquez en Las Meninas) se comía a diario, durante los veranos, cuatro libras de nieve. Mario Dávalos probó en Chile un glaciar milenario. Aunque se lo sirvieron con whisky, él quiso degustar aquella piedra por separado y la mantuvo en su boca mientras le fue posible.
Cuando me lo contó, hablamos de los sabores del hielo como un catador detalla pimientas, higos secos y moras en el fondo de una copa de syrah. Creo que mi pagofagia, como en el de Maribárbola, guarda alguna relación con el verano. No por el calor, sino por las otras consecuencias que esa estación nos trae a los que vivimos en el medio del Trópico.
Cada vez que Gina López me veía comiendo cubos helados, me hacía la misma pregunta: “¿Es que en Cuba no había hielo?” Hace unos días alguien me confesó las razones por la que le gustaba tragar agua congelada. Entonces volvía a pensar en la pregunta de Gina y, como aún no sé la respuesta, me serví un vaso lleno hasta arriba.

12 ene. 2007

¿Quién viste a quién?


Por los días finales de 2006, un grupo de amigos nos reunimos para hacer un desordenado balance del pasado reciente. En lo que arreglábamos al país y el mundo, vimos dos conciertos: el Eco de Jorge Drexler en Montevideo y Bachata sinfónica, la producción que, con los auspicios del Banco Central, se presentó en el Teatro Nacional.
Mientras El Añoñaíto acomodaba su amargue a la exuberancia de los violines, uno de los allí presentes aseguró que con ese concierto por fin la bachata se vestía de gala. Sin ánimo de seguir discutiendo (con los problemas del país y del mundo ya habíamos tenido suficiente), dije lo que pienso: con ese concierto, el Teatro Nacional fue quien se visitó de pueblo.
El Teatro Nacional y el Gran Teatro del Cibao están erigidos en entornos que no los hacen demasiado accesibles, sobre todo para los que tienen que llegar hasta ellos por sus propios pies. La celebración de la Feria Internacional del Libro en los espacios de la Plaza de la Cultura, ha sido uno de los intentos más acertados por “derribar” esas verjas que siempre frenan a todos los que viven más allá del Polígono Central y de los Cerros de Gurabo (que son la inmensa mayoría de los dominicanos).
Por eso creo que la bachata, al subirse en el escenario del Teatro Nacional, también contribuyó a que sus puertas parecieran más abiertas que de costumbre. Un teatro no es un templo, un teatro es un espacio para que las identidades y las expresiones de un país se promuevan y, si nos ponemos en eso, hay pocas cosas tan dominicanas como la bachata. ¿O no?

7 ene. 2007

Pasando de largo

¡Increíble, ya estamos en el 2007!, dijo y cerró los ojos. Todos los años mi madre lo repite esa frase con extrema puntualidad. Siempre la dice el mismo día y a la misma hora el mismo día y a la misma hora. Cada 31 de diciembre, a las doce de la noche, Lérida Yero dice el número del año que acaba de empezar y lanza un cubo de agua por la borda de la casa. Luego hace una extensa reflexión sobre cómo se alejan cada vez más esas cosas que siempre parece que fueron ayer.
Para colmo de males, la lejanía del pasado es directamente proporcional a la del futuro, aunque con un agravante: pocas veces nos importa. En la misma medida que nos desprendemos de eso que sucedió hace un lustro, una década o un cuarto de siglo, nos encogemos de hombro por lo que pueda pasar a esa misma distancia, pero hacia delante. En 2006, una querida amiga me regaló un calendario con las fases de la luna.
Es un diseño de Irwin Glusker que el Museo de Arte Moderno de New York reproduce cada 365 días. A finales de agosto, mi amiga me hizo llegar el de 2007. El 31 de diciembre, mientras mi madre decía su frase, yo quité las lunas pasadas y puse las porvenir. Ellas serán mi primer ejercicio para no seguir pasando de largo. Se trata de ponerle frenos a ese afán por vivir el día a día y no mirar hacia atrás o hacia delante.
La primera luna llena fue mi punto de partida. La descubrí un poco más allá del Jaragua. Era enorme y flotaba sobre el agua. Luego, busqué su lugar exacto en el relieve del calendario. Luna tras luna haré lo mismo. Se trata, más que nada, de estar mejor preparado para cuando mi madre diga: ¡Increíble, ya estamos en el 2008!