31 dic. 2010

El acto de despedir una década

La primera década que despedí fue la de los ochenta del siglo pasado. Entonces era un estudiante de octavo grado, interno en una escuela provisional que habían hecho en la punta de una loma. Allá en El Nicho, solo nos rodeaba lo más intrincado del Escambray y un río que, después de abalanzarse por un sinnúmero de cascadas, le daba alcance al lago Hanabanilla.
En una plaza que le llamábamos picota, nos reuníamos alrededor de un esplendente radio Selena para escuchar las canciones que estaban de moda en el mundo: “Another One Bites the Dust”, de Queen; “You Shook Me All Night Long”, de AC/DC; “Call Me”, de Blondie; “Celebration”, de Kool & The Gang, y “Starting Over”, de John Lennon, entre muchas otras.
El último día de 1980, antes de que nos llevaran a casa en camiones, nos escapamos para el río. Siempre preferíamos una cascada enorme que ahora han convertido en un atractivo turístico y aparece en muchos álbumes de Flickr. Allí nos sorprendieron los profesores y todos recibimos un duro castigo.
Un muchacho de Cumanayagua, cuyo nombre ya se me extravió, se había hecho un tatuaje con guao (una planta que quema). Por unos días en su piel se pudo leer AC/DC, pero luego aquello se convirtió en una llaga y después en una cicatriz ilegible. Fue uno de los pocos sucesos que ocurrieron dentro de una rutina inquebrantable: por las mañanas trabajábamos en los cafetales y por las tardes íbamos a clases.
Ayer, en Quintas del Bosque, sembramos 2,500 matas de café. Esa es mi manera de despedir la primera década que vivo en República Dominicana. Treinta años después por fin he podido volver a las montañas. Es cierto que no son las mismas y que ya no entiendo la música que está de moda, pero el río al que me escapo ahora es una corriente helada que me devuelve, zambullida tras zambullida, todas las cosas que me hacen cada vez más libre.

29 dic. 2010

Renuncia

En una entrevista en Buenafuente, Andrés Calamaro renunció a su “progresía”. “Llegué (a España) siendo un progre de toda la vida, un simpatizante de izquierdas, una persona bien pensante… Y me voy de aquí convertido en otra cosa. Tal vez en un hedonista ético, un burgués social, ya veremos en qué…”, dijo el Salmón.
En otra entrevista, también para la televisión, Fito Páez calculó que Joaquín Sabina era un “izquierdista de derechas”. La reflexión de Calamaro fue en respuesta a la prohibición de las corridas de toros en Cataluña. La de Fito, por la inexplicable simpatía de Sabina por el Subcomandante Marcos, ese enmascarado de estambre que se escabulle por las selvas mexicanas.
Hoy en la mañana, para sacudirme la abulia que producen estos días, me puse a leer algunos textos que había apartado para cuando hubiera tiempo de sobra. Algunos de ellos estaban dentro de una revista en la que trabajé, hace ya diez años, en La Habana.
Me sentí tan lejos de todo lo que se decía ahí adentro, tanto en forma como en contenido, que acabé abandonando la lectura. La postergué para días aún más aburridos que este. Fue entonces que recordé las frases de Calamaro y de Fito. No puedo decir a ciencia cierta qué soy además de ser yo mismo, pero ya me es imposible ni siquiera acercarme a lo que fui.
Ya yo también renuncié a mi progresía. Cuando averigüe en qué acabé convirtiéndome, les digo.

28 dic. 2010

¡Feliz Año Nuevo!

A propósito de Wikileaks y de cómo van los tiempos

Desde hace dos semanas, por muchísimas razones, no he tenido tiempo para ocuparme de El Fogonero. Por eso me alegró tanto que Chago me hiciera llegar esta colaboración desde Madrid. Con este texto celebramos el Día de los Inocentes, esos seres que, como ha demostrado Julian Assange, cada vez tienen menos cabida en este mundo.

Por L. Santiago Méndez Alpízar (Chago)
Luego está su affair, el de Julian Assange, con las chicas en Suecia: todo parece indicar, ya esto lo he dicho, ellas querían de la mitad, hacia delante, nada más.
Cayó el trueno de Wikileaks y prendió el penacho de la "alta política" en un momento de por sí propicio para incendio. A tener en cuenta, comienzo de siglo, final de ciclos de predicciones, crisis de sistemas tanto sociales como económicos, y una sobrepoblación fuera de los límites de la pobreza: más pobres todavía.
De pronto, cae el telón y nos damos cuenta de que tanto Joe Biden como el embajador norteamericano, Eduardo Aguirre, son lo mismo. Que las supuestas diferencias entre George Bush y Barak Hussein Obama, son más bien coyunturales, cuando no, de tipo fisionómico.
Y no te creas, son verdades un poco duras para digestiones sensibles. Pues aunque siempre se ha mantenido una desconfianza sobre cómo se manejan, o por lo menos, se tejen las diferentes crisis bélicas, y por qué. Es enteramente incomparable entrarle a los minuciosos reportes-correos, informes, vídeos -ya existen guías y todo para acceder, clasificado los tienen los diarios- que bien, se publicaron a medias, o se escondieron traperamente. Sobre todo, por aquello de haber sido en nuestro nombre que se produjeron los hechos. Para nuestra seguridad se invadió, se mató, arrasó...A veces y según consta, a personas ajenas que no eran el enemigo, nunca lo fueron.
Estamos viviendo las guerras por cable, pero no teníamos los diálogos de los ejecutores, por lo menos hasta que Wikileals abrió un espacio, una pequeña grieta en esta descomunal farsa a la que ya, tan adiestrados como vamos, ni siquiera se le ha brindado la importancia que tiene. Una rajita, traviesa fuga por donde afloran los pulsos y desperdicios, pero también las esperanzas de algunos implicados, afectados directos por la barbarie, que siempre tiene varios rostros. Porque hay hechos donde importó más esconder la verdad, por dura que fuera, y con absoluta conciencia, que aceptarla, compartirla.
Y porque la prensa hace rato perdió espacio, y ahora puede resultar un cohete, trampolín: pedazo de cosa refractante, bocina. Desnortada y sin exclusivas, el batacazo de los blogs, más todas las iniciativas personales y colectivas en la Web, pusieron en fuera de juego al imperio de la noticia. Tanto, que no hay diario que se lea, que no tenga alojado unos cuantos buenos blogger.
El sentido de libertad que exige un ejercicio como defender la libre circulación y descargas on line, es absolutamente igual que el de defender la libertad, existencia de Wikileaks.
Para llegar al control generalizado siempre se dan los pequeños pasos previos, recortes. Una vez existen las herramientas que se autofabrica y utiliza el poder, esos pequeños recortes serán la garantía de una normalidad amputada, rota. Pues, quizá, sea Internet el último resquicio, casi, libre que le quede al individuo. Y eso es imperdonable para aquellos enfermos de miedo, domados por las garantías castrenses, que son irreversiblemente, las que mantienen cualquier otra iniciativa que se realice en el estado democrático en que pataleamos.
Si se llega a tocar con la varita mágica de la legalidad, el libre ejercicio de publicar en la Web; si se regula cuál sí, que no, y premian a los vampíricos organismos que subsisten de los derechos autorales. O, a escasos autores en su mayoría, por no decir, casi todos, ya de vueltas, entonces no faltará absolutamente nada para que tengamos nuestros ordenadores, ya de fábrica, dispuestos para saber qué es lo que podemos, ver, leer, descargar, cuando tengamos dinero...
La defensa de Wikileaks, por otra parte, no es la defensa de Julian Assange, que tampoco es terrorista. O, por lo menos, lo que le conocemos -ahora vienen sus memorias- es mucho menos peligroso que aquellos que así lo tachan.
Singularmente, todavía las personas supuestamente comprometidas, no han pronunciado disculpas, ni siquiera en aquellos casos donde la crueldad desvelada, el evidente ensañamiento pusiera en peligro una razón compartida por muchos estados. Ni siquiera cuando la verdad exige demasiada humildad, y tenemos la irrefutable prueba del terrible error. Ni siquiera después de Wikileaks aquellos comprometidos con el exterminio de civiles, desprestigiar personas, crear inestabilidades generalizadas en terceros países, han sido capaces de dar/nos una explicación coherente, unas-insisto- disculpas para aquellos que las necesiten, merecen. ¡Tal es la soberbia!
Habría que explicarse por qué, pero temo que lo sabemos. Incluidos los que con palabras no lleguen a describirlo: lo sufren, padecen, viven: o se aprovechan.

(Haga clic aquí para leer la primera parte de este texto)

21 dic. 2010

Un guanajo relleno

Hace unos días, mientras cenábamos un pavo relleno, Soraya se quejó de mi animadversión por la Navidad. Ella me conoce tanto, que fue capaz de enumerar todas las cosas de las que me he retractado desde que llegué a República Dominicana, en los días finales del 2000. “Ese Camilo que ustedes  ven ahí ni se parece al Camilo que sentó en esa misma silla hace 10 años”, dijo.
Mientras Soraya seguía desentrañado todas las criaturas que he sido, yo me puse a buscar la que me ha inculcado esa especie de tirria navideña que padezco. Encontré la respuesta gracias a Mayitín, que no paraba de sacarle lascas al pavo. Por estas fechas, hace más de veinte años,  mi abuela Atlántida se llevaba las manos a la cabeza y decía: “¡Parece mentira que es Navidad!”.
Aurelio y Lérida la miraban conscientes de lo que decía, pero yo nunca logré entender muy bien el lamento. Por aquellos años, existía en Cuba un conjunto que se llamaba Sierra Maestra y que cantaba “El guanajo relleno”. Alguna vez tuvo que pasar al mismo tiempo. Mientras mi abuela ponía en la mesa nuestras miserias, en un televisor ruso se escuchaba aquel estribillo que repetía lo que no teníamos: “¡Ay qué bueno, qué bueno, un guanajo relleno!”.
Es probable que Soraya siga sin entenderme, pero con toda seguridad Mayitín sabe de lo que hablo. No es por mí, es por Atlántida y todas las angustias que pasó, cada vez que llegaba el 24 de diciembre y no había nada más que servir que el recuerdo de antiguas cenas; el pasado que algún día, tarde o temprano, acabaría dándonos alcance.

20 dic. 2010

¿Qué vamos a construir ahora?

Empezar a construir el capitalismo, le tomó a la revolución cubana medio siglo de tropezones en el socialismo. Cinco generaciones empeñaron sus sueños y, lo que es peor, la suerte de sus familias, a poner en práctica una utopía que acabó devastando al país y sumiendo a la nación en un estado de miseria que comienza a parecerse al de Zambia, Zimbawe o Haití.
No sé si es real o forma parte de las tantas leyendas urbanas que se han tejido a lo largo de 90 millas de fabulación. Pero cuentan que cuando el actor Julito Martínez (aquel indomable Juan Quiquín) llegó al exilio, explicó en apenas una frase las razones de su deserción: “Mientras nos dedicamos a construir el socialismo, yo me mantuve firme. Pero ahora vamos a tener que reconstruir el capitalismo y yo estoy muy viejo. Por eso vine para acá que ya está hecho”, dijo.
El más reciente discurso de Raúl Castro puede producir muchas reacciones, desde indignación hasta tristeza. Indignación, por la facilidad con la que el general culpa a sus subalternos por una responsabilidad que es solo suya y de su superior. Tristeza, por todo el tiempo perdido. Hace 50 años Cuba era un líder continental y una referencia mundial en muchos renglones. Ahora no pasa de ser una isla mendigante, que llama más la atención por su capacidad de aguantar la respiración debajo del agua que por sus posibilidades de producir bienestar para la gente.
¿Qué vamos a construir ahora? Los cubanos tienen el deber de responder esa pregunta sin que nadie más, ni otro país o una familia, lo hagan por ellos.

La silla vacía de Coco Fariñas y el triste sentido del humor de Mariela Castro

En la ceremonia de entrega del Premio Sajarov 2010, que otorga el Parlamento Europeo, la silla de Guillermo Fariñas permaneció vacía. Una bandera cubana ocupó el lugar del incansable luchador por los derechos humanos. Esa es la mejor respuesta que puede recibir el triste sentido del humor de Mariela Castro, quien hace muy poco aseguró que le “da risa cuando hablan de libertad de expresión en Cuba”.
El régimen que encabezan el padre y el tío de Mariela, finalmente impidió que Coco Fariñas saliera de Cuba y viajara hasta Estrasburgo, Francia, para recibir el Premio Sajarov 2010. “Esta silla vacía demuestra cuán necesario es este reconocimiento, que cada año rinde homenaje a una figura defensora de los derechos humanos en el mundo”, dijo Jerzy Buzek, presidente  de la Eurocámara.
“¿Quién calla a los cubanos?”, se preguntó Mariela Castro casi el mismo día en que su padre le negó el Permiso de Salida a Fariñas, para tratar de enmudecer un espíritu emancipador que ninguna tortura ha logrado parar. Llama demasiado la atención el contraste que hay entre el alegre discurso de Mariela y las apocalípticas confesiones de su padre. Parecería que no viven en el mismo país, que hablan de realidades distintas.
Mientras Raúl Castro ordenó que la silla de Coco Fariñas en Estrasburgo se quedara vacía, aseguró que ya no había tiempo para seguir bordeando el precipicio y que estaba a punto de hundirse el esfuerzo de generaciones enteras. Demasiado triste para que de risa, ¿no te parece, Mariela?

13 dic. 2010

Wine, marketing and Mario

Aunque soy hijo único, eso no me ha privado de tener hermanos. A diferencia de Atahualpa Yupanqui, los míos son tan pocos que se pueden contar… y nombrar.  Dos de ellos se llaman Mario. Mario García Haya y Mario Dávalos. Con ambos he logrado tener las cosas que, sospecho, se tienen con los hermanos. Por ellos no le echo de menos a esa figura carnal que mis padres no me dieron.
Con Mario García Haya no solo he compartido todas esas cosas que van definiendo la hermandad, sino también la familia. Junto a Soraya, Maguín y María Eugenia he disfrutado de esos momentos que solo se disfrutan si se pertenece a cierta tribu o a determinado clan. Puedo pasarme meses sin verlo, pero los consejos, el cariño y todo lo que Mayitín me ha dado, siempre va conmigo.
Mario Dávalos es dominicano, pero su padre es nieto de Mario García Menocal, el ex presidente de la Cuba republicana. Nos conocimos pocos días después de mi llegada a Santo Domingo y desde entonces compartimos varias pasiones: el béisbol, la literatura, la cocina, el vino, el whisky, el ron y esas pequeñas maravillas que uno solo encuentra por “los extraños pueblos”.
El viernes pasado Mario y yo nos “escapamos” para una montaña de Jarabacoa donde él construye una casa. Nos bebimos unas cervezas alemanas en una de las esquinas más dominicanas que pueda haber. Nos bañamos en el río que baja por la ladera del Mogote, unos metros por encima del nivel de las nubes.  Celebramos una frase de Borges mientras oíamos a Calamaro. Sembramos una mata de aguacates como símbolo inaugural de Quinta Rosa.
Cuando la cascada helada aún nos caía encima, Mario dijo cosas muy parecidas a las que yo he dicho aquí, pero desde su perspectiva. Luego estrenó un blog y me hizo llegar el primer post. El jueves volvemos a Jarabacoa. Con toda seguridad la conversación va a empezar aquí, después de este punto y aparte.

12 dic. 2010

Venado al chocolate

(Cuento publicado en Diario de Cuba)
Cada vez que sentía el rugido ensordecedor de la camioneta dorada se ponía tenso. Era su mejor cliente, el que dejaba propinas inimaginables, pero aquella risa fingida y la silueta de los tatuajes del otro lado de las camisas de seda le electrizaba los brazos y reducían sus habilidades al mínimo.
Siempre llega con una mujer diferente. A veces eran más de una. Muchachas silenciosas y torpemente vestidas que no sabían comportarse en aquel entorno. Aunque ellas pedían otra cosa, él las obligaba a beber champagne. Agazapado como un felino esperaba el momento del descorche. Cuando ellas gritaban asustadas, él chocaba el puño izquierdo con la palma de la mano derecha.
Justamente hoy le trajeron un venado. El animal había sido víctima de una bala perdida en las lomas peladas. Era muy joven, sus astas apenas comenzaban a crecer y su piel estaba impecable, sin las cicatrices que el monte deja en los más adultos.
—¿Qué comemos hoy, Richard? —preguntó el dueño de la camioneta dorada mientras introducía uno de sus índices en el escote de una de sus tres acompañantes.
—Venado, señor Harley —dijo rápido, como si no quisiera olvidar lo que estaba diciendo­—, venado al chocolate.
Cometió el error en cuanto comenzó a picar la carne, pero no se detuvo. Primero se puso muy pálido y luego comenzó a sudar de una manera inexplicable incluso dentro de una cocina. A partir de ese momento todos sus gestos se tornaron mucho más lentos y eso le hizo parecer menos torpe.
Debía haber macerado la carne durante 48 horas con vino, puerro, zanahoria, apio, laurel, cebolla y pimienta. Aún no se explica por qué dijo venado al chocolate cuando Harley preguntó. Fue una frase demasiado rápida, que no le dejó espacio para retractarse. Mientras ataba el solomo, se le ocurrió añadirle lo otro.
Le quitó la piel con demasiado cuidado. En ese momento palideció aún más, pero logró reponerse y roció todo con aceite de oliva para asarlo durante 10 minutos. Aprovechó ese tiempo para limpiarse un poco y lavarse la cara con agua helada. Allá afuera, el señor Harley disparaba con sus pistolas en dirección a las lomas peladas. Los gritos de las muchachas siempre eran interrumpidos por unas carcajadas groseras.
—¿Cómo va ese venado, Richard?
—De maravilla señor, de maravilla.
Cuando la carne estuvo dorada, escurrió las verduras y las echó sobre el venado, luego volvió a rociar un poco de aceite de oliva y cerró el horno. Ahora tenía 35 minutos. Fue al botiquín y sacó un whisky de malta. No había tiempo para rituales. Destapó la botella y se la empinó, sin tratar de buscar otro sabor que no fuera el del alcohol ardiente.
Por el olor, la  carne ya estaba. Añadió la nata, el cacao y dos cucharadas de mermelada de arándanos. Cortó la pieza en rodajas y la roció con la salsa caliente. Por último, le puso ciruelas y piñones salteados con mantequilla. Con el resto de la mermelada de arándanos, rellenó unas tartaletas.
—Aquí está, señor Harley.
—¡Qué maravilla! —dijo Harley mientras apretaba a dos de las chicas contra su cuerpo— ¿Ven, muchachas, lo importante que es saber en qué maldito lugar de este país está el maricón que mejor cocina?
Por primera vez, los tatuajes del otro lado de las camisas de seda no lograron electrizarlo. Como siempre, la cuenta del señor Harley llegó a una cifra astronómica y, encima de eso, dejó una propina inimaginable. Pero esta vez Richard le había hecho pagar aún más por ponerlo tan tenso y le hizo comer el dedo que se cortó de un tajo, cuando separaba las piezas del venado.
—Buen viaje, señor —dijo desde la puerta del restaurante, sin sacarse las manos de los bolsillos, mientras Harley metía las suyas en el escote y las entrepiernas de la muchacha que se había sentado a su lado. El rugido ensordecedor de la camioneta dorada se fue alejando hasta que se borró en el silencio de las lomas peladas.

8 dic. 2010

Si Lennon viviera

Como nacimos y crecimos en un país que se ha pasado medio siglo haciéndole preguntas a los muertos, mi generación acabó desarrollando un raro reflejo incondicionado. Cada vez que se producía alguna atrocidad a nuestro alrededor, alguien preguntaba si hubiera ocurrido de estar vivo tal o más cual mártir.
Los héroes muertos nos inspiraban más confianza que los dirigentes vivos. Al menos sus estatuas ya no podían decepcionarnos o, lo que es peor, traicionarnos. Luego, cuando perdimos la inocencia, también logramos deshacernos de esa perversa iconofilia que nos habían inculcado. En mi caso, una de las cosas que más me ayudaron a pensar de otra manera fueron las canciones de Lennon.
Llegué a tener una libreta donde pegué las poquísimas fotos suyas que llegaron a mis manos (la prensa cubana evitaba lo más posible cualquier referencia al ex Beatle) y pésimas traducciones de sus letras hechas por nosotros mismos (auxiliados en un diccionario inglés-español que había en la biblioteca de la escuela).
Mis recuerdos del año 1980 son otros. No tengo claro cuánto tardé en enterarme de que a Lennon lo habían matado de cuatro disparos en la espalda. Pero cada 8 de diciembre sufro un raro sobrecogimiento. Siempre que llega este día, como la ingenuidad de un niño, me pregunto cuántas cosas serían diferentes si Lennon viviera.

¡Qué joven está Vargas Llosa!

El sábado pasado, camino de Jarabacoa, Mario Dávalos y yo hablamos durante un buen trecho sobre el miedo a la decrepitud intelectual. A él, que es más joven que yo, ya comienza a asustarle la idea de llegar a ese punto donde se empieza a criticar a los jóvenes y se rechaza, por instinto de conservación, todo las cosas nuevas que no se alcanzan a entender.
Comenzamos por el ejemplo de un viejo amigo, que no acaba de comprender la imparable revolución que se está produciendo en las comunicaciones. Después de recordar los nombres de algunos conocidos que han envejecido antes de tiempo; acabamos en Silvio Rodríguez, alguien que en algún momento fue un paradigma para ambos y que, antes de cumplir los 70, se ha convertido en un patético “eternizador de dioses del ocaso”.
—Viejo, el día que deje de entender las cosas nuevas —me dijo Mario muy convencido—, me encierro en mi casa y no salgo más.
Muy lejos de Jarabacoa, en Estocolmo, Mario Vargas Llosa acaba de darnos la razón en su discurso del Premio Nobel. En Elogio de la lectura y la ficción, el escritor de 74 años convida a “derrotar a la carcoma del tiempo” y hace un llamado a “la inconformidad y la rebeldía, que están detrás de todas las hazañas que han contribuido a disminuir la violencia en las relaciones humanas”.
“Defendamos la democracia liberal, que, con todas sus limitaciones, sigue significando el pluralismo político, la convivencia, la tolerancia, los derechos humanos, el respeto a la crítica, la legalidad, las elecciones libres, la alternancia en el poder, todo aquello que nos ha ido sacando de la vida feral y acercándonos -aunque nunca llegaremos a alcanzarla- a la hermosa y perfecta vida que finge la literatura, aquella que sólo inventándola, escribiéndola y leyéndola podemos merecer”, pide Mario.
¡Qué joven está Vargas Llosa!

7 dic. 2010

El editorial de Diario Libre del Lunes Amarillo

(Escrito para el blog de Campo de Texto)
El sábado en la mañana las portadas de los medios impresos de República Dominicana tenían algo en común. Por eso me entusiasmé a comentarlo en mi muro de Facebook: “Ninguno de los periódicos reseña la campaña por el 4% ni lo que sucederá el lunes. Esa es una de las razones por la que los medios tradicionales pierden cada vez más terreno. Entre los intereses de sus propietarios y la abulia de sus redacciones, están perdiendo el norte y cediendo su espacio (y su rol) a las redes sociales”.
Hoy, en cambio, el panorama fue diferente. Ya les fue imposible ignorar el impacto de lo que estaba pasando. El Día tiñó su primera plana de amarillo y su director, Rafael Molina Murillo, en el lugar del editorial dejó un espacio en áureo. Con mayor o menor destaque, todos los periódico lo reseñaron. Pero fue el Diario Libre quien puso una rara nota discordante, dejando claro que los que están al frente de su línea editorial no entienden el cambio que ha producido la Web 2.0 en los medios de comunicación y en la sociedad.
Lo primero que asombra a Diario Libre es que el movimiento a favor de que se cumpla la Ley y el Estado dominicano invierta en Educación el 4% de PIB, no sea auspiciado por “los tradicionales dirigentes de sindicatos, políticos, trabajadores, o personas de los barrios marginados, a empresarios, profesionales, religiosos y representantes de la clase media y alta de la sociedad”. Todos esos que se mencionan ahí están involucrados en la campaña, lo que pasa es que ya no necesitan a los diarios para expresarse y es eso lo que tiene a los editores de Diario Libre desconcertados.
Luego, el director, parece más preocupado por las comunicaciones del Gobierno que por el hecho social en sí. Adriano Miguel Tejada dejó para el final lo más inexplicable de sus palabras: “Lo más irónico de todo es que la lucha es dirigida por personas de clase alta y media que tienen sus hijos en colegios privados o han estudiado en esos centros de élite”. ¿No será eso justamente, la educación privilegiada que han recibido, lo que les da la posibilidad de advertir lo que otros, por permanecer en la oscuridad, no pueden ver?
El editorial del Diario Libre del Lunes Amarillo demuestra dos cosas: Primero, lo despistados que están muchos medios dominicanos del momento que se vive en las comunicaciones. Segundo, que los diálogos ya no solo se establecen entre los que tienen el poder y los que tienen para pagar una imprenta. Una cuenta de Facebook o de Twitter es gratuita, pero puede ser tan efectiva como un costoso edificio con una abultada redacción.

3 dic. 2010

La República Dominicana que Mike Alfonseca quiere

El próximo lunes miles de dominicanos saldrán a las calles vestidos de amarillo. Será una señal de exigencia a Leonel Fernández para que cumpla la Ley y le dedique a la educación de su gente al menos el 4% del PBI. La Web 2.0 ha sido la tribuna. Poco a poco comenzaron a levantarse las voces, sobre todo en Facebook y en Twitter, hasta que se conformó un coro ya indetenible.
Hoy en la tarde, mientras pasaba frente al más horroroso parque de América Latina, escribí un tweet: “Si el alcalde de Santo Domingo hubiera estudiado, no habría hecho el #Zooberto. ¡#4% para una mejor #educación de los #dominicanos!”. Muy pocos minutos después, Mike Alfonseca, uno de los seres más creativos que he conocido en este mundo, ya había replicado mi idea:
“Basado en una reflexión de @camilovenegas y con una foto cortesía de @MarielMartinez”. El gorila del publicista es el mismo que Roberto Salcedo encajó en medio de su pavoroso parque. Está envuelto en las luces que el alcalde/comediante le ha hecho vestir en Navidad. Toda una metáfora de un Gobierno que asegura que no podría aumentar el presupuesto de Educación... porque no tiene claro en qué gastarlo.
Como yo prefiero vivir en la Republica Dominicana que Mike Alfonseca quiere, el lunes me forraré de amarillo. No me cansaré de decirlo ni de escribirlo: Sin educación no hay progreso. Sin maestros, libros y pupitres, ¡e’ pa’tras que vamos!

2 dic. 2010

Los padres del Sigfredo Ariel

Hasta el día en que leí el primer poema de Sigfredo Ariel, yo creía que los grandes versos eran una tarea exclusiva de seres inmortales. Para mí, hacer poesía era un oficio reservado para unos pocos elegidos: Walt Whitman, W. B. Yeats, T. S. Eliot, Arthur Rimbaud, César Vallejo, Jorge Luis Borges y dos o tres criaturas más  que atesoraba debajo de mi colchoneta, en la litera del albergue de la Escuela Nacional de Arte.
Una tarde, camino del comedor, iba de la mano con Dania Andrés cuando ella me habló del novio de su hermana. “Es de Las Villas, como tú, y también escribe poesía”, me dijo. Por instinto de conservación, minimicé sus palabras. Pero ella no le hizo caso a mi indiferencia y abrió un cartucho donde había un dulce de guayaba y dos o tres poemas mecanuscritos.
Fui uno de los últimos en comer ese día. No sé cuántas veces leí cada unos de aquellos versos y cuántas me pregunté por qué no se me habían ocurrido a mí. Años después, tuve la fortuna de convertirme en uno de sus amigos y de disfrutar de ese raro espacio donde Sigfredo Ariel rehace la cubanía a partir de discos rayados, frases olvidadas y rones de la más oscura procedencia.
En 1989, durante una gira que hicimos por toda Cuba con el pianista Víctor Rodríguez, detuvimos la guagua frente a la casa de los padres de Sigfredo Ariel. Estaba justo al borde de uno de esos arroyuelos que hieren a Santa Clara en todas direcciones. Ahora que lo pienso, los encontramos en esa misma pose que tienen en la foto.
La única diferencia es que él estaba en camiseta y ella en bata de casa. En la Cuba de la que hablo, ya era impensable una botella de Pedro Domecq; pero todavía quedaba Ron Decano y “las fiestas más bien íngrimas” del atardecer. Hoy, cuando Sigfredo colgó esta imagen en Facebook, recordé todo lo que acabo de contar y muchísimas otras cosas que no cabrían aquí, pero que llevaré conmigo por donde quiera que vaya.

El error no estuvo a la hora de elegir la cerveza

En Cuba se hicieron, en la primera mitad del siglo XX, algunas de las revistas más importantes y revolucionarias del idioma español. Aún hoy, muchas de los recursos y secciones que idearon Carteles o Bohemia, mantienen su vigencia. En la estación de ferrocarril del Paradero de Camarones había una mesita de noche donde se atesoraban los primeros números de Bohemia de 1959.
Hojeando aquellas páginas macilentas, heridas por las polillas, pude entender mejor la historia de aquellos años. Gracias a eso, desarrollé cierta inmunidad contra los cuentos infantiles que nos hacían en las clases de Historia de Cuba. Luego también advertí que mirando aquellas páginas desarrollé cierto gusto por el diseño (al que aún hoy le saco provecho).
Como ya no tengo a mano la mesita de noche de mi abuelo Aurelio (quien hoy, 2 de diciembre, cumpliría 102 años); cuando tengo deseos de volver a tocar aquellas maravillas,  suelo acudir al Archivo de Connie. Algunos minutos junto a esos PDF, me ayudan a recargar las energías que exige mi labor creativa.
Hoy me causó especial gracia este anuncio de Polar, una marca que, pocos meses después de publicado tan optimista slogan, fue intervenida y tuvo que marcharse a Venezuela (donde cuarenta años después le dio alcance el mismo fantasma). Al menos tiene razón en parte, el error del pueblo no estuvo a la hora de elegir la cerveza.

El desconcierto de Fernando Vallejo

(Escrito para el blog de Campo de Texto)
La Feria de Guadalajara se ha convertido en el más importante reducto del libro en América Latina. Año tras año, allí se dan cita los editores y escritores que predominan en el mercado del idioma español. Como es tradición, en 2010 se han producido diálogos muy interesantes. Llama la atención uno que sostuvieron Juan Villoro y Laura Restrepo, entre otros, sobre el círculo vicioso de los estereotipos en nuestro continente.
Luego le tocó el turno a Fernando Vallejo. Acostumbrado como está a ir por el mundo cuestionándoselo todo (hasta a él mismo, hay que ser justos en eso), el autor de La Virgen de los Sicarios se puso más pesimista que de costumbre cuando le preguntaron qué va a ser del libro en la era del iPad y la Web 2.0. “Pues que su versión virtual, digital, lo va a acabar”, aseguró.
“Y no porque podamos pasar a un libro electrónico con un clic bibliotecas enteras sin pagar -como ocurrió con los CD-, que eso sería lo bueno, sino porque los libros electrónicos se pueden manipular: cambiarles el tipo de letra, la interlínea, la caja, la sangría; y al poderles cambiar uno la tipografía también les puede cambiar el texto, y eso es gravísimo. Por ahí va a empezar el acabose. ¿Se imaginan cuando a la canalla de Internet le dé por poner en un libro ajeno y firmado por otro las calumnias y miserias propias y lo eche a andar por el mundo? ¿Qué va a ser del autor?”, argumentó Vallejo.
Su inconformidad con los tiempos que corren no acabó ahí, luego se quejó, también con pesimismo, de lo que está ocurriendo con el idioma: “El español es un idioma en bancarrota. Está anglizado completamente. Los gringos nos colonizaron hasta el alma. Es irreversible. Luego nos colonizarán los chinos. Si hay tiempo...”, dijo.
Según cuenta Pablo Ordaz en una deliciosa crónica para El País, Vallejo no vislumbra la salida ni tiene la más mínima esperanza: “Quebradas las industrias discográfica y cinematográfica, ¿cuál sigue? Pues la del libro”, afirmó. Es curioso, otros artistas de su generación, Silvio Rodríguez y Leo Brouwer, también se quejan de los tiempos que corren, pero aún entienden menos y culpan de todo a la industria por ya no hacerles caso a ellos.
Fernando Vallejo se equivoca. No sé da cuenta de que ahora la mayoría de sus personajes tienen más oportunidades de ser escuchados. Aunque es cierto que ya no necesitan que él cuente sus historias por ellos. A lo mejor es eso lo que le produce más desconcierto al escritor.

1 dic. 2010

Un autogol en Santa Clara

El lunes en la tarde yo viví una experiencia similar a los 1,500 jóvenes que acudieron al cine Camilo Cienfuegos, de Santa Clara, para ver el partido entre el Barcelona y el Real Madrid. En mi caso, fueron apenas unos angustiosos minutos donde me perdí el gol de Xavi y algunos de los bailes más brillantes del Barça.
Estaba solo en casa, pero me puse histérico y le grité de todo a la representante de Claro TV. Cuando se resolvió el inconveniente, ni di las gracias ni me despedí: “¡Ya, ya, ya se ve, okey, ya, ya, ya!”, fue todo lo que dije. Yo ni quiero pensar cuál habría sido mi reacción si me hubiera perdido ese clásico que ya está escrito es la historia del fútbol con letras blaugranas.
Allá, en Santa Clara, los muchachos habían pagado 3 pesos para ver el partido en una pantalla gigante y acabaron proyectándoles un documental cubano. Ante semejante estafa, no se les ocurrió otra cosa mejor que dejar constancia de su frustración. Primero la emprendieron contra las butacas del cine, pero luego decidieron tirar a puerta: “¡Abajo la dictadura!”, “¡Abajo Fidel”!...
En el mismo edificio, unos pisos más arriba, algunos pocos disfrutaban el partido con tranquilidad en una enorme pantalla de LCD. Habían pagado poco más de 5 dólares por semejante privilegio y ni siquiera se enteraron de la llegada de las 22 patrullas de la policía y de los más de 60 detenidos.
Al finalizar el partido, cuando yo comenzaba a leer las incontables reacciones que provocó el increíble 5-0, supe de lo ocurrido en Santa Clara. En Facebook y en Twitter ya había decenas de comentarios. Luego, llegó la versión más detallada de Coco Fariñas. Mientras el Barça dictaba sentencia desde la cima del fútbol global, un grupo de muchachos de mi provincia hacían que el régimen se anotara un autogol.
¿Será que de verdad creen que las cosas pueden seguir igual?

(Galería de fotos del incidente en Café Fuerte).