28 abr. 2011

Las consecuencias de Bunbury

La tarde que vi el documental de Enrique Bunbury paseándose en un descapotable por la calle Línea, en La Habana, tuve que admitir de una vez y por todas que el tipo es muy extraño, pero brillante. Luego, en los matorrales del parque Benito Juárez, sus canciones acabaron de convencerme.
Por fin acabo de tener en mis manos su más reciente disco en vivo, grabado a finales del año pasado en el Gran Rex de Buenos Aires. Estricto, maduro, despampanante. Ya Bunbury no es el muchacho aquel que precisaba de un pequeño cabaret ambulante para convencer a sus seguidores, tampoco necesita persuadir a nadie de que está tomando las decisiones correctas.
Su obra sonora (me doy el lujo aquí de prescindir de la era en que fue un héroe del silencio) es ya uno de los capítulos indispensables del rock en español, ese donde él mismo, en una de sus canciones, incluye a Andrés Calamaro, Charly García, Fito Páez, Luis Alberto Espinetta y Santiago Auserón, entre unos pocos más.
Le debo muchas cosas a Bunbury. En los últimos años su música me ha acompañado en los viajes más difíciles y en los más placenteros. Él, junto al Salmón, Drexler y los dioses que a su vez los han movido a ellos, van conmigo por días y noches, desidias y carreteras. Ahora mismo le oigo. Suenan las consecuencias… Las de él y las mías.

La paila está ardiendo

Robertico Robaina tenía muchas opciones para ponerle un nombre a su paladar: el canciller, aquí el que no brinca es yanqui,  31 y pa´ lante, 32 y más pa´ lante,  súmate, cuba va… Cualquiera de los lemas que él y su equipo idearon para resucitar a la dictadura en un momento en que por fin parecía tener fin, hubiera funcionado.
Pero una vez más el inefable funcionario hizo gala de su mal gusto y de su predecible imaginación. Le puso La Paila y le pintó un logo (seguramente hecho por él mismo, recuerden que acabó revelándose como un artista del pincel) donde se ve, literalmente, la silueta de una paila.
Las artimañas de Robertico para sobrevivir dentro del régimen que lo aupó y defenestro con idéntica celeridad, son muy parecidas a las de otros que han corrido su misma suerte o los que aún se mantienen vigentes dentro del aparato. En Cuba solo se puede subsistir del “invento” (robo, malversación, bolsa negra…) y eso no excluye ni a los más altos cargos de la dictadura.
Muchos han definido a la cultura cubana como un gran caldero donde se mezclaron incontables identidades. La sociedad actual de la isla también es una paila donde se han juntado todos los males engendrados durante medio siglo. Como la de Robertico, es el resultado final de la necedad, la estupidez y la inviabilidad de un Estado podrido e inamovible.
La paila está ardiendo. Mientras tanto, Robertico sigue cocinando.

26 abr. 2011

En la punta de una loma

Mario y yo quedamos en juntarnos en la punta de una loma, justo a mitad de camino entre su casa y la nuestra. La neblina ya se había ido de Quintas del Bosque y el sábado estaba clarísimo, frío. Encontramos a un toro echado en el mismo medio del trillo y tuvimos que lanzarnos por un risco de agaves y derrumbes.
Perseguimos a un manantial hasta su mismo nacimiento. Luego, siguiendo aquel mínimo curso, alcanzamos el arroyo Cercado. Primero subimos hasta la cascada más grande y después volvimos río abajo. La conversación emulaba con el paisaje. Aunque muchas veces ambos coincidían en un mismo punto.
El mayor momento de heroísmo lo puso Dávalos, cuando resbaló y cayó arrastrado por la corriente, dando vueltas entre las piedras. Se hundió y volvió a salir a flote incontables veces. Pero siempre con uno de los brazos en alto, para mantener a salvo la botella de Malbec que llevábamos como único sustento.
La mañana siguiente me fui en dirección opuesta. Primero recorrí el bosque Grevilea, después el Ciprés y al final regresé al Caribea por el lecho seco de una cañada. Allá, a lo lejos, el pueblo de Jarabacoa servía de frontera. La realidad quedaba del otro lado, unos ochocientos metros más abajo.
Aunque nacimos en puntos muy alejados entre sí, compartimos la misma certeza: ya somos de ese sitio donde hay un río en la punta de una loma… Dos días después, en contra de nuestra voluntad, partimos a la ciudad y la trampa.

25 abr. 2011

Luis se fue otra vez

Cuando Luis González Ruisánchez se fue de La Habana, yo me quedé por un tiempo más. Su desesperación me tomó la delantera. Años después nos hicimos amigos y durante un extenso periodo compartimos oficina, largas tazas de café y conversaciones casi infinitas.
Luis es un pinareño visceral y un cubano a prueba de desengaños. Su sentido del humor es directamente proporcional a su capacidad para desentrañar las cosas más serias y graves. Gracias a su lucidez campechana y a su desparpajo filosofal, me hice de algunas armas que ya no le puedo devolver.
Frente a frente, durante las ocho horas laborables de aquella gélida torre empresarial, desmenuzamos la historia de Cuba y tratamos de armar los innumerables escenarios de ese futuro irremediable que acabará dándole alcance. “Nadie sabe el pasado que le espera”, solía decir con su agria sonrisa de gordo melancólico.
Luis se fue otra vez. Se largó de República Dominicana y yo me volví a quedar. Su desesperación de nuevo me tomó la delantera. Es difícil imaginarse a Santo Domingo sin él (¡pregúntenle a Pedro Ramón López o a Iván Pérez Carrión!). Un pinareño de más en Miami no es noticia, pero el vacío que ese tipo nos ha dejado aquí le ronca los cojones.

12 abr. 2011

Yuri Gagarin que estás en los cielos

Y dijo el maestro:
«En el cielo del Paradero de Camarones se acabaron los ángeles,
ya no hay modo de que aparezca Dios entre sus celajes.
Allá arriba sólo suceden eclipses, equinoccios, ciclones y mangas de viento.
Toda luz que sea vista de ahora en adelante,
por muy rara que parezca, será asociada con la física o la química,
un fenómeno al que los científicos en Moscú le hallarán explicación en cuestión de días.
No hay arcángeles, ni espíritus, ni caballos alados y muchos menos Paraíso o Infierno.
El futuro pertenece por entero a la materia, la cual no se crea ni se destruye».

Luego, haciendo una gran nube de polvo,
borró todo lo que había escrito en la pizarra durante 45 minutos de Astronomía.
Era el 12 de abril de 1971 y en el mural pusieron un retrato de Yuri Gagarin.
El cosmonauta sonreía, atado con un hilo de yute,
colgando entre la silueta de Gómez y el alazán en dos patas de Maceo.
Diez años después de que el primer hombre subiera al espacio,
el maestro celebró semejante hazaña levantando en silencio sus brazos.
Aunque después tuviera que cruzar los dedos y persignarse,
de frente a la pared, cuando creyó que ninguno de nosotros le veía.

8 abr. 2011

Hoy lo vi y tenía un rostro ajeno al que yo amaba

Este post lo escribí hace días, cuando vi la bellísima entrevista que le hizo Amaury Pérez a Luis Alberto García. Pero en ese momento me pareció que estaba fuera de contexto y preferí “engavetarlo”. Unas declaraciones de Pablo Milanés en Uruguay, le han dado de pronto la vigencia que le faltaba. Por eso aparece hoy y no antes.
En un momento del diálogo con Amaury, Luisito aclaró que sería incapaz de criticar a los cubanos que prefirieron vivir en otra parte. De inmediato, hizo una de lista con las razones por las que él no podría abandonar a La Habana. “¿Y si Silvio y Pablo vuelven a cantar juntos y yo no estoy?”, se pregunta.
Hace unos años, el comunicador y empresario Roberto Cavada también habló de esa posibilidad delante de mí. “Yo les pediría que lo vean como un negocio —dijo Cavada entonces—. Hagamos una gira por toda Latinoamérica, ganemos un montón de plata y después, si quieren, se vuelven a pelear”.
Otro cubano, mi querido Wichy García, hace un tiempo me dijo en un chat algo que me resultó penoso, pero muy cierto: “Si Silvio y Pablo vuelven a tocar juntos sería como ir a ver a Buenavista Social Club. Sería como visitar un parque temático o asistir a una minuciosa recreación del pasado sin consecuencias en el futuro”.
Solo que en el presente Silvio y Pablo juegan roles muy diferentes. Mientras el primero se ha convertido en un anciano reaccionario y estéril (en su último disco no hay ni siquiera un verso salvable), el segundo sigue siendo consecuente con el revolucionario que fue siempre. Mientras Rodríguez apoya incondicionalmente al régimen, Milanés lo cuestiona y enfrenta cada vez que abre la boca.
“Para mí vivir en Cuba es un encanto y un infierno, porque me duele mucho ver lo que está pasando en mi país y amo a mi país”, acaba de confesar Pablo. A un hombre que piensa de esa manera, le debe resultar muy difícil volver a subirse a un escenario con un individuo que ha llegado al extremo de apoyar a Muamar el Gadafi.
“Hoy lo vi y tenía un rostro ajeno al que yo amaba, el que dan unos años de no ser feliz” —eso puede ser lo primero que le pase por la cabeza a Pablo, en el hipotético caso de que el sueño de Luisito se haga realidad algún día.

6 abr. 2011

El fogonero del 4110

Tengo un recuerdo muy claro de mi último viaje en el 4110. Fue a finales de la década del setenta. Había ido con mis abuelos a visitar a mi tía Titita y a mis primos Ariel y Lazarita, que vivían en la estación de ferrocarril de San Juan de los Yeras. En aquel entonces, ese coche motor hacía un extenso recorrido por varios ramales de Las Villas, circulando entre Cruces, Mataguá, Cumanayagua y Santo Domingo.
Me senté en el primer asiento, justo al lado de Carlos Peña, el maquinista. Solo por ese viaje y por unos 40 minutos fui el fogonero del 4110. La noche antes había caído un torrencial aguacero y los cañaverales de mi antigua provincia resplandecían. Pocas veces me he sentido tan importante. Desde esa posición podía estar al tanto de cada detalle del viaje y oír las conversaciones entre los ferroviarios (que siempre me han parecido mucho más enriquecedoras que las de los intelectuales).
El 4110 era un coche motor Guerrillero, armado en los talleres de Sagua la Grande con los restos de dos guaguas Canberra y una plancha de carga. Silbaba como un barco encallado y era lento como un bote de remos, pero avanzaba por aquellas líneas enyerbadas con una elegancia inimitable. Lo recuerdo repleto de rostros familiares y casi irrespirable, por el humo de tantos tabacos Cazadores y cigarros Populares.
Gracias a Ania Puig Chang (una entrañable compañera de estudios que siempre logra darme sorpresas que me llenan de felicidad), me reencontré con el 4110 en una galería en Facebook. Cuando salimos de San Juan, mi tía y mis primos se quedaron en el andén, diciéndonos adiós hasta que nos perdimos de vista. Cuando llegamos a Camarones, la cañada estaba crecida, a un vecino se lo habían llevado para la guerra de Angola y una vaca de mi abuelo acababa de parir.
Pero ninguna novedad logró superar la emoción que entrañaba el haber sido, a lo largo de 26 kilómetros, el fogonero del 4110. Poco después se descarriló en San Fernando y cuando la brigada del Auxilio Mayor regresó del accidente, traía consigo la peor noticia: el coche motor era irrecuperable. Meses después pasó en un tren de escombros rumbo a los talleres de Sagua. Sería desguazado en el mismo lugar donde fue construido.
Lo perdí de vista hasta ahora, en que le he recuperado para siempre. Ahí está el 4110. Silbaba como un barco encallado y era lento como un bote de remos, pero avanzaba por aquellas líneas enyerbadas con una elegancia inimitable.

4 abr. 2011

¿Y tú qué haces ahí, Raúl?

Los chivatos que había presentado la televisión cubana, en su macabra serie contra los luchadores por la democracia en la isla, me parecían seres incomprensibles y detestables. No conocía a ninguno, sus rostros ni siquiera me eran familiares. Hoy todo cambió de repente. El chivato de esta noche es un tipo al que yo saludaba con un abrazo.
Conocí a Raúl Capote por un primo suyo al que quise mucho, Evelio Luis (un malogrado escritor de mi generación que murió en el exilio). Coincidimos en los trenes y los parques de mi provincia. Su parentesco con Evelio fue el salvoconducto para nuestra amistad. Ya no recuerdo de qué hablábamos (además de literatura, claro), pero en ninguna de nuestras conversación intuí que era capaz de algo semejante.
Cuando leí su nombre en el Twitter de Penúltimos Días, entré de una vez a Cubadebate para ver su foto. Lo hice con la esperanza de que fuera otro tipo con su mismo nombre, aunque lo de “escritor y profesor de Historia” eran pruebas casi concluyentes. Estuve un buen rato mirando las imágenes, sin leer nada.
¿Y tú qué haces ahí, Raúl? Todos ese “arsenal” que tenías en tu poder es mucho menos de lo que suele tener un profesor de Historia en cualquier país de Latinoamérica. Una laptop, un escáner y un módem no son armas, son instrumentos de trabajo que en el mundo real se usan con absoluta libertad.
Ojalá que cuando nos demos el próximo abrazo, compay, Cuba sea el país que siempre quisimos tener. Ese que ahora nos estás negando: a mí, a ti, a tus hijos, a tus alumnos y a todos los seres que viven privados de sus derechos más elementales a tu alrededor.

El flautista de Cienfuegos

La última vez que lo vi fue en el restaurant del hotel Pasacaballos. Debió ser a mediados de los años noventa. Efraín Loyola se sentó en el centro del inmenso espacio y desenfundó su flauta. De un escupitajo puso el instrumento a tono. Dos piezas después, varios músicos de la Orquesta Revé (que tocaban en los carnavales de no sé dónde y estaban hospedados allí) dejaron de comer y se sumaron a la descarga.
Fue fundador de la Orquesta Aragón y, durante casi un siglo, el flautista predilecto de los bailadores cienfuegueros. Su presencia era tan indispensable como los leones del Prado, los gorriones del parque Martí o los alcatraces del muelle Real. Fuera de la Perla del Sur no era tan conocido, pero dentro de la ciudad era un icono que se saludaba con esa gentil irreverencia que tiene el día a día municipal.
—¿Qué dice el Loyo?
—¡Aquí, soplando!
No podría decir cuántas veces vi esa escena en el boulevard de San Fernando. Siempre que el viejo pasaba con su panchanguita (la corona que solían llevar los reyes del son), había un cienfueguero dispuesto a hacerle la misma pregunta. Como él también respondía de idéntica manera, el tiempo en la ciudad no parecía pasar nunca.
La noticia de su entierro no es suficiente. Es muy difícil aceptar la idea de que algo que forma parte esencial del paisaje de una ciudad desaparezca de la noche a la mañana. Por eso los cienfuegueros tendrán que aprender a lidiar con el fantasma del viejo Loyola. Pasarán muchos años antes de que el eco de su flauta se apague. Mientras tanto, la gente lo seguirá saludando al pasar.
—¿Qué dice el Loyo?
—¡Aquí, soplando!

1 abr. 2011

Tantos años después, Cienfuegos vuelve a estar entre los grandes

Anoche vi uno de los mejores juegos de béisbol de mi vida. Por la diferencia de hora y las 14 entradas que duró el encuentro, me acosté pasadas las dos de la mañana. Jugaban Cienfuegos contra el Habana. Fue un duelo de lanzadores de principio a fin. Un verdadero lujo en la pelota cubana actual.
Otra agradable sorpresa fueron las estrategias de Iday Abreu, el manager cienfueguero. Aunque juega en un campeonato donde es normal que los bateadores sobrepasen los 400 de average, él insiste en las tácticas de la Liga Nacional. Ordena el toque y el robo de bases, fabrica jugadas y produce carreras como un ajedrecista, al mejor etilo de Bobby Cox.
Con orgullo, oí los lugares de nacimiento de los peloteros: Palmira, Cruces, Mal Tiempo, Lajas, Cumanayagua, Aguada, Rodas… Cuando Osvaldo Arias conectó el enorme jonrón para empatar el juego, a más de mil kilómetros de distancia, me sumé a la inmensa algarabía que con toda seguridad recorrió al Paradero de Camarones de un extremo a otro.
Tantos años después, Cienfuegos vuelve a estar entre los grandes de la pelota cubana. Aún no tienen la silueta del elefante cosida en la manga, pero ya recuperaron la estirpe de los paquidermos. Ahora tenemos que esperar por los otros tres equipos. Ya viene llegando, dice una canción que los cubanos aprendimos a tararear en silencio. Ya entiendo por qué fui tan feliz anoche.