29 ago. 2011

Carta abierta de Pablo Milanés a un hijo de puta

Pablo Milanés ha respondido, en una carta abierta, la malsana reseña que hizo Edmundo García sobre las recientes declaraciones del trovador cubano. “Te explicaré por qué nunca hubiera hecho una entrevista contigo: vi en ti, con mi intuición natural para esas cosas, las nueve señales del hijo de puta”, dice Milanés, refiriéndose a una definición de Camilo José Cela.
Después de proponer que su carta se publicara en el Granma, órgano oficial del Partido Comunista de Cuba, para que el que el pueblo la “lea, piense, sepa discernir por sí mismo, y de una vez, dónde está la verdad”, Pablo se adelanta a lo que pueda esperarle en La Habana a su regreso (el texto fue redactado y hecho público en Miami, hoy).
“Le digo por este medio a la intelectualidad cubana, a los artistas, a los músicos y a los altos cargos del Estado, que no me susurren más al oído: ‘estoy de acuerdo contigo pero… imagínate!’. Yo no estoy arrepentido de incinerarme sólo en mi actitud, pero es triste y vergonzoso que haya un silencio cómplice tan funesto”,  aseguró Milanés.
Días atrás, García insinuó que Joan Manuel Serrat, Joaquín Sabina, Víctor Manuel y Ana Belén se habían distanciado de la revolución cubana por la influencia que Pablo ejercía sobre ellos. También hubo una respuesta para esa conjetura de Edmundo, a quien el trovador compara con “una niña en la pubertad, asombrada y ruborizada ante su primera menstruación”.
“Esas personas que tú no has respetado, tienen talento propio, criterios propios y no se dejan influenciar por nadie, al contrario, porque son ciertamente su talento y sus principios los que han influenciado a medio mundo”, afirmó Pablo, quien casi al final de su carta reta a Edmundo a dejar Miami y regresar vivir la desoladora realidad de la isla.
“Edmundo, te invito a que cojas tus maletas y regreses a tu país y allí tengas el valor de denunciar todo lo malo que veas, porque Edmundo, te advierto, esa lucha sí es dura y no te calles como esos miles periodistas de allá [en Cuba], cómplices lamentables del silencio”, concluyó.
Cuando puse un link a la carta en Facebook, un reconocido artista plástico cubano hizo un comentario casi de inmediato: “Mucho Pablo para tan poco Edmundo...”. Es cierto, Pablo ha dado otra lección de grandeza. Sin dejar de ser el hombre noble y bueno que es, dijo lo que tenía que decir de quien se merecía hace rato que le dijeran eso.

28 ago. 2011

Con 10 años de más

Por mucho tiempo pensé que esto no ocurriría en muchos, muchísimos años. Una vez Lichi Diego me dijo que él jamás más volvería a Cuba, que él llegaría a Cuba y se iría de Cuba. Pues bien, el lunes 19 de septiembre llegaré a La Habana. Ya tengo en el bolsillo el boleto de ida y de vuelta a mi país.
El itinerario es extenso y justo. Quiero ver tanto que nada será suficiente. Hay paradas obligatorias: el Paradero de Camarones, Santa Clara, Cienfuegos, Manicaragua, El Cristo y El Vedado. Hay otras condicionadas por los amigos: Habana Vieja, Marianao, Matanzas y el Parque del Ajedrez, en Santiago de Cuba.
Es raro, pero el día en que me “habilitaron” el pasaporte, no pensé en Cuba ni en la posibilidad real del viaje. Solo me vino a la cabeza uno de los poquísimos poemas que me he aprendido en mi vida: “El pasaporte soviético”, de Vladimir Maiakovsky. “Ante algunos pasaportes,/ una sonrisita en los labios./ Ante otros,/ un desprecio único”, repetí de memoria, ingenuo, infantil.
Hoy, cuando compartí la noticia con mis amigos de Facebook, muchos me advirtieron de todo lo que se suele advertir a alguien que regresa a Cuba después de una larga ausencia. No tengo otra expectativa que no sea la de encontrar los abrazos que he dejado de dar por todo este tiempo.
Con 10 años de más, soy un Camilo Venegas muy diferente del que se fue. He cambiado tanto, que ya no me preocupa hallar nada de lo que perdí, nada que no sea esa patria intangible que constituyen los amigos, la familia y el olor de los lugares sin los cuales uno deja de ser uno.
No es tanto lo que busco. Apenas soy ciudadano del Paradero de Camarones y eso, como diría Maiakovsky, es una carga de poco peso.

27 ago. 2011

Ey, Sabina, ten cuidado con la nicotina

Cuba, esa Cuba que tantos esperamos, empieza a ser deseada por cada vez más gente. Suelo sufrir crisis de euforia y por eso ahora me contengo, pero aún así se me hace difícil administrar el entusiasmo. Hace unos días el poeta Aramís Quintero, quien vive en Chile como si fuera una isla varada en la Cordillera, me recriminó tanto optimismo. Con cariño, cuidando de las palabras como si siguiera escribiera en versos, me confesó sus pesares.
Admito que no será fácil, pero es que ya hemos llegado tan lejos con la falta de esperanza, que debe estar cerca el momento en que el péndulo regrese y nos devuelva el entusiasmo a todos. Ver a Carlos Alberto Montaner dando la cara por Pablo Milanés es, sin dudas, una buena señal. Oír a Pablo confesando que ya no es fidelista y que está dispuesto a cantarle a las Damas de Blanco, es un aviso muy alentador.
Hoy, en el periódico El Mundo, Joaquín Sabina por fin dijo lo que pensaba del tema: “Para la gente de mi edad la revolución cubana fue una luz que con el tiempo hemos visto como se iba apagando. Tengo mucho respeto para el exilio cubano. Sufrimos con sus penas y con sus problemas. Nos preocupa lo que les pasa. Y te lo digo desde el punto de vista de la esperanza de la gente, no solo desde la política”.
Pero la frase más valiente de Sabina llegó en la respuesta menos esperada. Cuando le preguntaron si había seguido el movimiento del 15-M, habló en nombre de su generación: “Estamos esperando que surja un 15-M en Cuba. Que la gente salga a la calle y diga qué es lo que no le gusta”, dijo.
Ey, Sabina, ten cuidado con la nicotina de los que se siguen fumando esos mitos. Vas a tener que enfrentarte a un vendaval parecido al que sufre Pablo en estos momentos.

26 ago. 2011

Los cojones de Pablo Milanés

Anoche, mientras atravesaba un largo túnel en compañía de Alejandro Aguilar y Marianela Boán, comenzó a oírse la voz de Pablo Milanés. Los tres hicimos silencio para escucharlo. Cuando se acabó la canción, Marianela hizo una de esas sentencias suyas que suelen acabarse en una pregunta: “Qué grande es Pablo, ¿no?”.
Edmundo García, en cambio, cree que si no hubiera sido por la revolución, Pablo Milanés no habría pasado de ser “un bolerista con una guitarra en un bar de Bayamo, o en el mejor de los casos de La Habana”. Inmundo, el “periodista independiente” arremete contra el trovador por sus recientes declaraciones, donde admite que ya no es fidelista y que le cantaría a las Damas de Blanco.
El concierto en el American Airlines Arena de Miami, ha puesto a Pablo Milanés entre dos fuegos. Ambos bandos le han caído encima al trovador, les resulta intolerable su postura, les produce pánico su actitud. Es comprensible, Pablo sigue siendo un revolucionario y no hay nada que irrite más que eso a los reaccionarios de Miami y de La Habana.
En su afán miserable, Edmundo llega más lejos aún: “Hace algún tiempo que llegué a la conclusión de que Pablo, con este tipo de opiniones, contribuyó (y no poco) a la confusión y al distanciamiento de Cuba de nombres como los de Ana Belén, Víctor Manuel, Joan Manuel Serrat, Joaquín Sabina y otros que habían estado cerca y con Cuba por décadas”.
En su simplismo, García no deja espacio para la duda y menosprecia el sentido común de esos artistas. ¿Acaso no sería el propio Gobierno cubano a punta de intolerancia, represión, encarcelaciones y fusilamientos quien provocó realmente todas las distancias? Acusar a Pablo de eso es, además de oportunista, cobarde.
Yo, que siempre admiré a Pablo Milanés por su obra y por su voz (él y Benny Moré son los dos más grandes cantantes que nacieron en Cuba en el siglo XX), ahora también lo admiro por sus cojones. Lo que está haciendo Pablo hoy, merece un aplauso tan grande como la más grande de sus canciones.

24 ago. 2011

La censura no existe mi amor

En los años ochenta, cuando estudiaba artes escénicas en la escuela de Cubanacán, en La Habana, el rock argentino era una de mis más grandes inspiraciones. Los discos de Charly García, Fito Páez y Juan Carlos Baglietto me acompañaban a todas partes y, sobre todo, le cambiaban el ritmo a mi manera de ver el mundo.
Recuerdo que teníamos una profesora de teatro guiñol que nos censuraba todo lo que no fuera realista y optimista. Se había graduado en Moscú y la doctrina soviética era para ella el único modo de llevar algo a escena. Cada vez que nos rechazaba una idea surreal o vanguardista, le hacíamos un coro con una canción de Baglietto:
“La censura no existe, mi amor.
La censura no existe, mi…
La censura no existe...
La censura no...
La censura...
La...”
Hoy mi iTunes pinchó "La censura..." sin que yo se la pidiera. Dejé lo que estaba haciendo y me puse a escucharla. Muchas veces, incluso sin quererlo, nosotros también censuramos. Yo mismo, para evitar las cizañas y el mal gusto, moderé los comentarios del El Fogonero por mucho tiempo. En honor a la canción y al grupo de muchachos que la cantábamos en la Escuela de Arte de los 80, a partir de hoy dejaré de hacerlo.
Digan lo que digan. Pongan lo que pongan. Al final la gente lee, escucha, comparte y le hace caso a lo que realmente le interesa y le aporta.

El papel por debajo de la puerta

Unos de los tantos cuentos que se cuentan de Juana Bacallao (algunos son leyendas urbanas, otros verdades reinventadas), narra un supuesto encuentro entre la inclasificable artista y Celia Cruz. Supuestamente, fue al final de una presentación de la primera en Nueva York. Tocaron en su camerino y era Celia con un ramo de flores.
—¡Niña, piérdete, que aquí tú no sabes quién es quién! —dicen que respondió Juana Bacallao aterrorizada, antes de darle un tirón a la puerta.
Mientras le hacía una larga entrevista, Silvio Rodríguez me contó que Jesús Díaz estuvo tratando de verlo en uno de sus viajes a Madrid. Fue a principios de los años 90. Ambos habían mantenido una entrañable amistad mucho antes, en unos tiempos que el trovador definió como “duramente humanos”. Pero después que Jesús pidió asilo político en Berlín, se distanciaron y no volvieron a tener contacto.
—Me pasó un papel por debajo de la puerta de la habitación —me dijo Silvio. Se sentía tan incómodo contando la historia, que no quise aclarar una duda. ¿Él encontró la carta cuando regresó, o estaba dentro mientras Jesús tocaba y no se atrevió a abrirle a su viejo amigo?
Arturo Sandoval y Omara Portuondo coincidirán en un mismo espectáculo en el Hollywood Bowl, de Los Ángeles. Pero el trompetista se ha negado a compartir el escenario con la cantante. “Desde que me fui de Cuba no me presento con un artista que represente a Cuba. Estamos juntos pero no revueltos en el mismo programa”, dijo Sandoval.
Creo que Sandoval se equivoca, como se equivocaron Juana Bacallao (de ser cierta la historia) y Silvio. Si seguimos tirando puertas o dejando que el papel pase por debajo sin abrirlas, nos seguimos alejando de la Cuba que merecemos (que siempre será mejor que la que deseamos y la que pretendemos).
Un abrazo vale muchísimo más que todas las diferencias políticas que podamos tener. Al final del viaje esas cosas se verán tan diminutas, que todos tendremos que admitir cuánto tiempo perdimos.

22 ago. 2011

Las últimas horas de un tirano

En su último mensaje, llamó al pueblo de Trípoli a tomar las armas y salir a las calles a defender su dictadura. Han pasado ya casi doce horas de esas palabras y el coronel Muamar Gadafi sigue sin aparecer. No tuvo el valor de cumplir él mismo el sacrificio que le pedía a sus ciudadanos.
No hay nada más cobarde que un tirano a punto de caer. Anécdotas sobran. Algunos han llegado a pedir clemencia de rodillas, enternecidos en llanto. Otros se han cagado en los pantalones, literalmente. Gadafi, consciente de que no hay lugar en el mundo donde se pueda esconder, ha optado por esfumarse en su propia madriguera.
En la Cuba de mi infancia, las historias de Gadafi se contaban como los cuentos de Las mil y una noche. El líder beduino era una de las figuras que más encanto le daba al movimiento revolucionario internacional. Pero un día la leyenda comenzó a transmutarse y el legendario héroe se convirtió en un impresentable extravagante. Poco a poco nos fuimos enterando de los horrores y las payasadas, de la pudrición y el terror.
Gadafi sigue sin aparecer. Los rebeldes libios están tomando a Trípoli casa por casa, ya han llegado hasta la Plaza Verde sin encontrar rastro alguno del coronel. Una vez más somos testigos en tiempo real de las últimas horas de un tirano. Estoy a punto de ver caer a otro de los mitos que me contaron cuando yo creía en mitos.

20 ago. 2011

Tolerancia, tolerancia, palabrita en el mantel

El post “Donde quiera que haya un cubano, Pablo Milanés merece cantar”, publicado ayer en El Fogonero, ha generado muchas reacciones por muchas vías diferentes. Afortunadamente, la mayoría coincide en el derecho que tienen todos los artistas de expresarse con libertad en cualquier espacio, sin fronteras ni límites ideológicos de ningún tipo.
Sin embargo, no faltaron los que hicieron sentir su intransigencia y su odio. Uno, incluso, llegó a acusarme de “chivato y agente de Castro” y a amenazarme con una golpiza. Qué pena que el horror de los actos de repudio esté tan arraigado en nosotros, que a la menos discrepancia estemos dispuestos a lanzar un huevo, dar una galleta o asestar un machetazo.
Lo que he escrito en El Fogonero desde el primer día hasta hoy, es lo que he pensado en ese espacio de tiempo. El hecho de que diga y me contradiga, de que acierte o me equivoque, de que piense algo un día y todo lo contrario un tiempo después, prueba que soy un ser humano que trata de ser lo más honesto posible, sobre todo consigo mismo.
Ahora, eso sí, nadie va a lograr que me trague nada. Ni los de un bando ni los del otro me taparán la boca. Los guajiros de mi pueblo suelen reunirse alrededor del bar Arelita a decir lo que piensan entre rones y moscas. Este blog es mi manera de permanecer dentro de esa tradición, aunque ellos no me oigan y yo siga lejos del Paradero de Camarones.
Insisto, Pablo Milanés tiene el mismo derecho de cantarle a su público en Miami,  que Willy Chirino de regresar a Consolación del Sur y compartir con su gente. Como yo sueño con el día en que Andy García toque los timbales en la Plaza de la Revolución, defiendo el derecho de los que quisieron aplaudir a Silvio Rodríguez en un escenario de la Florida.   
La tolerancia, como diría el trovador, no puede ser una palabrita en el mantel, sino una convicción, algo que nos haga a ser mejores cubanos a todos.

19 ago. 2011

Donde quiera que haya un cubano, Pablo Milanés merece cantar

Los cubanos nacimos en una isla y la inmensa mayoría de nosotros fuimos criados en ella. Esa insularidad suele marcarnos para siempre, incluso en los continentes más abarrotados. Nos comportamos como islas, nos aíslan y nos aislamos. Las reacciones que ha provocado el concierto de Pablo Milanés en Miami, responden, en gran medida, a ese fundamentalismo insular.
No se puede hablar de la música cubana sin mencionar a Pablo Milanés. Sus canciones, como las de Sindo Garay, Manuel Corona, Miguel Matamoros o Silvio Rodríguez, son uno de los más valiosos patrimonios de Cuba. Por eso, donde quiera que haya un cubano, Pablo Milanés merece cantar.
Es una vergüenza que Celia Cruz se muriera sin poder regresar a Cuba. Aunque eso ya no tiene remedio, nada puede impedir que su legado se comparta y se difunda de generación en generación, como una de las esencias de todas las cosas que somos, que son muchas y muy diversas.
Sería una vergüenza que Pablo Milanés no pueda cantar en la segunda ciudad donde más cubanos hay en el mundo. La mayoría de los que pueblan el Miami actual, crecieron escuchando a Pablo y coreando con él cosas que ya son parte de su identidad, que no se pueden borrar de nuestro subconsciente colectivo.
Hay que defender el derecho de los artistas cubanos de expresarse con libertad en todas partes. La respuesta a un aislamiento nunca puede ser otra isla. Como alguna vez lo pidió Pablo en una de sus canciones más hermosas, tenemos que amarnos como somos, tocarnos sin temor y sin perder la calma.

18 ago. 2011

Debo

Con este post quiero dejar constancia de dos deudas que no olvido. Hace ya algún tiempo le prometí a dos queridos amigos, Luis Alberto García y Alex Fleites, que les haría llegar toda la música de Andrés Calamaro y Jorge Drexler. Por muchísimas razones que no vienen a cuento (algunas de ellas absurdas), el envío nunca ha llegado a sus destinatarios.
Hoy, cuando me desperté, la lucecita roja del BlackBerry parpadeaba. Era Luisito, pidiéndome que corroborara una noticia que le habían dado Bladimir Zamora y Sigfredo Ariel. De paso, me recordaba la deuda. A mí me sucede lo mismo cuando espero por un disco. Admito que jamás un libro ha provocado en mí ese tipo de ansiedad.
Me compré mi primer disco muchos años antes de tener dónde poder oírlo. Luego, fui exageradamente celoso con mi colección de CDs hasta que la perdí íntegra, de un golpe. Afortunadamente, Steve Jobs ya nos había regalado el iTunes y desde entonces es eso lo que más me importa de mi disco duro.
Meticulosamente clasificada, con todos sus créditos y cubiertas, atesoro la música que puedo oír por el resto de mi vida. Por supuesto que seguiré añadiendo cosas, pero me bastaría con lo que ya está ahí. A esos sonidos mi identidad le debe más que a ningún escritor o pensador.
Justo por eso quiero saldar mi deuda con Luisito y Alex, porque sé lo que se siente cuando no se alcanza una música que hace falta. Si para cumplir con ellos tengo que ir a La Habana, voy.

17 ago. 2011

A la sombra de esos laureles

La novia de Mano es cienfueguera, pero vive con él en España. Hace unos meses, él cruzó el Atlántico y viajó hasta la Perla del Sur. Ella, además de todos los encargos para su familia, le encomendó que fuera al Paradero de Camarones y le hiciera una foto a la estación.
Esa bicicleta que está ahí es la de Mano. En ella recorrió los 24 kilómetros que hay entre Cienfuegos y el Paradero de Camarones. Está recostada a la señal que alerta a los maquinistas del paso a nivel. Dos pitazos largos y dos cortos, eso quieren decir las cuatro rayas que están debajo de la cruz.
Mano hizo muchas fotos más. También conversó con Persi (el hijo de Felo López) y Lola, su mujer. Ellos me mandaron a decir que ya tienen una nieta y cosas del pueblo (que solo los que somos del pueblo podríamos entender). Nada parece haber cambiado, nada que no sean ellos mismos.
Esos árboles que se ven alrededor del andén fueron plantados hace once años. Los sembré junto a unos jóvenes cooperantes españoles que he perdido de vista, pero que recuerdo con mucho cariño. Mi ilusión era ver crecer sus sombras, pero me conformo con tocarlos a través del ojo de Mano.
Nunca podré agradecerles lo suficiente estas fotos a este amigo español y a su novia cienfueguera. Quedamos en unas cervezas. No sabemos cuándo, pero más temprano que tarde tendremos que bebérnoslas. Preferiblemente ahí, a la sombra de esos laureles.

10 ago. 2011

Puchi, en alguna parte

Esta mañana me levanté chateando con el gordo Amado del Pino. Cada vez que irrumpe en una ventana de Facebook, me hace soltar una carcajada con apenas escribir cuatro o cinco palabras. Hablamos de su Tamarindo y de mi Paradero de Camarones, celebramos esa nueva cercanía que propician las redes sociales.
Pero con la misma velocidad que llegan los abrazos y la complicidad, arriban las malas noticias. A Odette Alonso, uno de los seres que más me alegra la ciberexistencia, le ha tocado darme dos noticias muy tristes en apenas unos días. En Boca Chica, en un almuerzo de trabajo, me llegó la alerta de que Odette me había etiquetado en una foto.
Cuando vi la imagen, sospeché que algo malo había ocurrido otra vez. Lichi Diego tomaba de la mano a Puchi Fajardo para que también mirara a la cámara. Entre los dos, un ron añejo servía de testigo. “Puchi Fajardo (Manzanillo, 1958- La Habana, 2011)…”, acotaba Odette, como si no quisiera ofrecer ningún otro detalle.
En muchos otros post he contado todo lo que significó Puchi para mí. Fue una gran amiga, una maestra, un ser entrañable hasta el delirio, solidaria hasta lo absurdo. Su apartamento de 28 y 23, en El Vedado, era uno de mis refugios preferidos en aquella Habana que sigo creyendo que vivo, que no logro sacar de mi cabeza.
Si algo quisiera hoy, es darle un beso a su hermana Deborah (hace unos días me envió un mensaje donde me decía que Puchi estaba malita, pero no calculé bien la gravedad de sus palabras). Me gustaría reencontrarme con Bladimir Zamora, Kiki Álvarez, Polito Ibañez, Ormar Mederos, Carlos Varela y todos los que confluíamos en aquel diminuto espacio donde la esperanza era siempre la última en marcharse.
En mi viaje de regreso a La Habana, suceda cuando suceda, tendré que buscarlos. Quisiera volver a vivir con ellos una de aquellas tardes, aunque Puchi esté en alguna parte y tengamos que contentarnos con recordarla mucho, muchísimo, todo lo que se pueda mientras el ron dure.

7 ago. 2011

Mirando a Cuba desde el cielo

A mediados de la década del 70 del siglo pasado se editó el último Atlas de Cuba que circuló de manera masiva en el país. Es un libraco rectangular cuya geografía hoy resulta equivocada, pero todavía ayuda a entender el tránsito del pasado y el presente en la isla.
Por años una de mis obsesiones más puntuales era recorrer sus páginas. Casi siempre seguía las líneas de ferrocarril, provincia por provincia, pueblo por pueblo. Cuando apareció Google Earth, cambié la cartografía por la visión satelital. Desde entonces paso horas mirando a Cuba desde el cielo.
Como antes, llego a los pueblos a través del trazado de los ferrocarriles. En los casos donde las líneas fueron arrancadas, sigo el surco que dejaron en el paisaje, a través de ellas circulo por un país que hace diez años no toco. Ayer, por ejemplo, hice el trayecto de Santiago de Cuba a Santa Clara.
Salí de la estación, en el mismo borde de la bahía, y me detuve en El Cristo y en San Luis para entender el nuevo trazado de las vías que se hizo allí. Luego seguí por toda la Línea Central hasta llegar a Placetas. Siempre disfruto encontrar la estación abandonada de Cumbre entre la maleza.
Hay otras maneras de ir a Cuba, pero esa es la más exacta que conozco. Para entrar en mi país apenas necesito dar un doble clic. A partir de ese momento la Isla entera se abre delante de mis ojos para que yo la sobrevuele. Siempre acabo en el Paradero de Camarones. Una vez que repaso cada uno de sus rincones, cierro por fin la pantalla.
Irse de Cuba siempre entraña alguna tristeza, aun cuando sea en Google Earth.

1 ago. 2011

Eliseo Alberto: “Yo sin Cuba me muero”

La última vez que Lichi Diego y yo nos vimos en persona, yo le hice una entrevista para El Caribe, el periódico dominicano donde laboraba en aquel entonces (principios de la década pasada). Fui junto a Mabel Caballero, una española que trató de enseñarme, sin éxito,  la enorme diferencia que hay entre periodismo y literatura. Junto a Mabel hice una serie de entrevistas que aún me gusta mucho (ella se ponía tensa porque yo disfrutaba tanto de la conversación, que se me olvidaba que estábamos "trabajando". Recuerdo que delante de Antonio Skármeta me cayó a patadas por debajo de la mesa). Esta conversación con Lichi, como muchísimos otros textos, lo redactamos a cuatro manos. Ahora, mientras chateaba con ella, me recordó una frase. Mabel le preguntó por qué en Cuba había tantos escritores y Eliseo Alberto hundió sus dedos en un cubalibre para responderle: "Porque a pesar del calor infernal ,no despegamos el culo del asiento". 
Eliseo Alberto no puede ocultar su enorme parecido con Eliseo Diego, su padre y uno de los mejores poetas latinoamericanos del siglo pasado. Su lenta y pesada voz, su mirada a media asta (en la mitad exacta entre la ironía y la melancolía) o su manía incurable de entrecruzar los dedos antes de empezar cualquier conversación. Esa debe ser la razón por la que ya en sus libros ha desaparecido el apellido, aunque no la constante cita que precede a cada una de sus capitulares y que, en el lugar de la firma, se limita a una palabra estricta y candorosa: “Papá”. A pesar de que hace más de diez años que reside en el Desierto de los Leones, en México D.F., no ha perdido su acento de habanero recalcitrante. Aún omite todas las letras que los cubanos han suprimido del abecedario castellano y aún habla de El Vedado y de Arroyo Naranjo como si acabara de verlos.
¿Por qué decidiste a hacer una nueva edición de La eternidad por fin comienza un lunes?
En honor a la verdad no lo decidí yo, me lo pidió la editorial. Aunque yo siempre me había quedado con una duda. El primer editor de La eternidad... fue un muchacho muy joven que yo quería mucho y que un mal día lo lanzaron a las líneas del metro de México aún no se sabe por qué. José Manuel siempre me dijo que a la novela le sobraban treinta páginas y cuando me pidieron hacer la segunda edición, pensé en él y en su anhelo.
No le agregué ni una palabra más, lo único que hice fue quitar las páginas que José Manuel me pidió que suprimiera. Por eso es que digo que es una edición corregida y disminuida. Pero sólo eliminé puras palabras, no se perdieron ni episodios, ni personajes.
¿Cómo el autor de La fogata roja y de combativos poemas de la Cuba de los 70 se ve en la necesidad de escribir Informe contra mí mismo?
El que escribió La fogata roja también soy yo, pero a otro nivel de ilusión. Ese es uno de los grandes misterios que a mí me ha cautivado siempre. Hace unos días estaba viendo una foto de mi hija María José cuando tenía 4 años y me pregunté ¿dónde está esta niña? No está muerta, pero no está en ninguna parte. Existe otra María José que tiene 18 y no se parece en nada a la de 4, que es la que yo quiero ver. Lo mismo me pasa con aquel Eliseo Alberto y este.
En el fondo uno no es más que aquella muñeca rusa donde siempre hay una dentro del otra. Uno de esos Eliseos, que debió estar en la mitad más o menos, escribió aquellos libros que recuerdo con mucho cariño. Otro, menos soñador y menos buena gente, es el que escribe los de ahora.
En Informe contra mí mismo, reconoces que Varadero no es la mejor playa del mundo, ni los helados Coppelia los más deliciosos del globo terráqueo. ¿Sigues pregonando esa cura de humildad para los cubanos?
Sí, pero es como arar en el mar. Esa prepotencia insular que padecemos los cubanos es irremediable, nunca se hallará el remedio para curarla.
¿Cómo fuiste recibido en Cuba después de esa “bomba”? ¿Qué te pareció La Habana después de tantos años sin verla?
Cuando llegué a La Habana volví a escribir poesía. Hacía 30 años que no escribía, desde que una muchacha de la que yo estaba enamorado me dejó de querer. Porque uno sólo escribe poesía cuando está enamorado. Una vez Borges dijo: “ni mi ciudad ni yo somos los mismos”. La Habana y yo hemos cambiado demasiado, pero si escribí los sonetos es porque hay un extraño amor entre nosotros.
A los quince días de escribir Informe contra mí mismo, me comunicaron en la Embajada de Cuba en México que yo no podía volver a mi país. Yo me limité a manifestarles que yo sin Cuba me muero. Mi viaje a Cuba fue un viaje triste, pero estoy dispuesto a repetirlo. En esos viajes hay palabras que han perdido significado y otros que lo han recobrado. Yo no voy a mi patria, yo voy a mi isla. Yo no voy a mi país, voy a la casa de mi mamá. La patria para mí es un plato de comida, por eso yo digo que me como a Cuba todos los días. En una novela yo dije una frase que parece muy ingeniosa, pero que la pudo decir Cantinflas: “Nadie regresa, uno siempre se va”. Yo nunca regresaré a Cuba, yo siempre iré a Cuba y me iré de Cuba.
La Feria del Libro dominicana le va a dedicar la edición del próximo año a tu país, al igual que hará la más importante del continente, Guadalajara, ¿cree que se podrá dar allí y acá el esperado encuentro, hasta ahora imposible, entre las dos Cuba?
Por supuesto que no. Ya el director de la Feria del Libro de Guadalajara declaró que Cuba no quiere la participación de ningún escritor que viva fuera de la isla. Es lamentable, es absurdo, pero no tiene solución, no la tendrá nunca.
Es indudable que la literatura cubana, la buena y la mala, está de moda. ¿No crees que ese “boom” puede acabar convirtiéndose en un boomerang?
Sí, seguramente. Un ejemplo de eso es Europa Oriental. Durante los años del socialismo había allí una fuerte literatura disidente. Todo el mundo esperaba que con la caída del Muro de Berlín aquellos escritores iban a encontrar la celebridad que hasta ese momento se les había negado. Pero resultó que no, que nadie quería volver a oír aquellas historias y esa literatura quedó sepultada. Sólo quedaron los libros cuyo valor literario sobrepasaba la mera denuncia, el testimonio y la urgencia. Todo lo demás fue condenado al fuego del más absoluto olvido.
¿A qué se debe ese tremendo auge de la novela en Cuba?
Ni yo me lo explico, porque los escritores cubanos hemos sido siempre de todo menos novelistas. En Cuba, como aquí, hay demasiado calor pare escribir novelas. Los grandes novelistas cubanos siempre han escrito desde el invierno: Alejo Carpentier, Guillermo Cabrera Infante, Severo Sarduy y Reinaldo Arenas. Lo demás son grandes novelas escritas por poetas, no por novelistas.
El trópico no es aconsejable para el duro ejercicio de escribir cientos de páginas, este es un clima de sonetos y cuento breves.
Perteneces a una familia de intelectuales con una gran tradición de cubanidad. ¿Cómo se puede sostener esa herencia tan lejos de la isla?
De la misma manera que la mantuvo mi padre dentro de Cuba, a través de las palabras. Mi país es la literatura, en ella está todo lo que yo espero de una nación.