24 ene. 2012

Vergüenza ajena

Cuando un individuo, sea quien sea, decide sostener una convicción hasta que el hambre lo mate, merece un respeto que ya el gobierno cubano no está en condiciones de ofrecer. Wilmar Villar Mendoza, como Orlando Zapata Tamayo, tenía cara de humilde, de proletario, de héroe socialista. Tanto ha envejecido la revolución, que ahora esos son sus enemigos.
Hombres como ellos, motivaron algunas de las mejores canciones de Silvio Rodríguez en los años sesenta. Lástima que ahora el trovador, viejo y poco inspirado, se haga el de la vista gorda (o el loco) para enfocarse en apenas cuatro presos (hay un quinto que ya disfruta de libertad condicional).
Ninguno de los cinco espías del régimen cubano ni siquiera ha insinuado que hará una huelga de hambre (para eso sí hacen falta un par de cojones). Cada vez se les ve más rosaditos. Disfrutan de un libre acceso a internet, publican todo lo que se les ocurre, se reúnen a menudo con sus familiares y hasta llegaron a compartir con una compañía de vejigos que actúan.
Los presos comunes en Cuba (Silvio lo sabe bien, pudo entrar a sus celdas) están mal alimentados y no tienen el más mínimo contacto con el exterior. En el caso de los prisioneros de conciencia todo es mucho más paupérrimo aún. Una vez que se cae ahí, el hambre es el único medio de expresión con el que se cuenta.
Wilmar Villar Mendoza era uno de esos hombres con los que José Martí (quien sí fue poeta hasta el último día) quiso su suerte echar. Que alguien tenga que morir de inanición para poder decir lo que piensa, lo explica todo. Que eso ya no movilice a cantores, poetas o intelectuales que se autodefinen como revolucionarios, avergüenza.

23 ene. 2012

Patos de la Florida

El significado de las cosas
se modifica con las geografías.
Allá adentro, en las escuelas,
los cañaverales
y los parques de provincia,
los patos de la Florida
eran los muchachos débiles
y vestiditos de limpio.

Aquellos que no corrían el riesgo
de deslizarse en home
ni siquiera cuando la victoria
se decidía con sus piernas.
Los que no se atrevían
a lanzarse de cabeza
en la ciénaga de un verano.
Los que no tenían valor
para escupir una oreja
o tumbar una paja
en el hombro del abusador.

Allá los patos de la Florida
andaban almidonados
y con camisas de guinga,
sombríos
y silenciosos.
Todo lo contrario
de estas aves bulliciosas
que, aquí afuera,
pasan como proyectiles
a ras del canal,
cortando en dos las señales
de la calle Alhambra
y haciéndose cargo de los ruidos
que tendrá el domingo.

Eso fue lo que vimos
por la pequeña ventana del baño,
cuando buscabas en el espejo
la cicatriz que la lucidez
te ha dejado en el cuello.
Recuerda que me pediste
que enumerara las escuelas,
los cañaverales
y los parques de provincia
de aquel lugar donde
ni siquiera las especies comunes
son capaces de ser lo que su nombre indica.

21 ene. 2012

La cocina de Aramís

En la cocina de mis tíos Aramís y Miriam, cerca de Coral Gables, encontré la mayoría de los olores que tenía la cocina de mi abuela Atlántida, en la estación de ferrocarril del Paradero de Camarones. En verdad son demasiados, desde el cilantro de las sopas hasta la vainilla negra de los flanes.
Pero hay uno que predomina por encima de todos, que flota en el aire como una nube espesa. A las once de la mañana, sin importar la época del año ni el arribo de la más feroz tormenta, el aire de mi pueblo olía a comino. Ese mismo olor invade la casa de Aramís y Miriam a la misma hora.
El café con leche y el pan con mantequilla del desayuno, los frijoles negros y la cherna asada del almuerzo, la sopa de sustancia o el cocido de la comida. Cada sabor, por breve que sea, me sienta de nuevo en la mesa que había en el pasillo, entre la ventana del andén de Cumanayagua y la escalera del patio.
Ayer por la tarde, lloroso por los efectos de la nostalgia y el Jack Daniels, Aramís me contó sus últimos meses en Cuba. Aunque era un perseguido que cumplía tres años de trabajo forzado en el campo, sentía una seguridad indescriptible cada vez que regresaba a su casa y se sentaba junto a su padre frente a un plato de comida.
Entonces entendí lo que me estaba pasando a mí mismo. Más allá de todas las lejanías y pérdidas, la cocina de Aramís me había devuelto aquella seguridad indescriptible que yo sentía, cada vez que volvía y me sentaba a la mesa con Aurelio y Atlántida.

20 ene. 2012

Tela metálica

Siempre me ha gustado mirar por las ventanas con tela metálica. Ese filtro tejido que media entre el interior y el exterior, hace que la luz se comporte de una manera diferente en ambos lados. Los colores y las dimensiones de los fondos también se trastocan.
La tela metálica de las ventanas de la estación de Camarones lograban extraños efectos. Como mi abuela Atlántida les había puesto varios parches (estaban tostadas por el sol y se rompían con facilidad), la gente parecía acercarse cuando en verdad se alejaba y viceversa.
Si salía un sol fuerte después de un largo aguacero, se convertían en unas lupas insoportables. No había manera de mirar a través de ellas hasta que el agua se escurría del todo. Mientras eso sucedía, las moscas que se acercaban parecían tan grandes como las que salen en las malas películas de ciencia ficción.
Hace una semana que miro, cada vez que tengo tiempo, a través de esta ventana. Desde ella se alcanzan a ver un pequeño jardín, la confluencia de dos calles, un puente y un canal. Hay un momento, justo al amanecer y cuando comienza la noche, en que las distancias se truecan.
Los patos que nadan a lo lejos, en el canal, dan la impresión de hacerlo ahí mismo, por el aire. En cambio, los vecinos que pasan trotando por la calle se alejan tanto que parecen hacerlo sobre el agua cenagosa. Si se quita la tela metálica, Coral Gables vuelve a la normalidad. Pero, al menos desde aquí, lo prefiero con ese filtro tejido que media entre el interior y el exterior.

19 ene. 2012

El cementerio marino

En un punto de la costa de Miami, frente a la bahía de Biscayne, está la Ermita de la Caridad. El pequeño santuario es visitado a diario por cientos de exiliados cubanos. A cualquier hora se puede oír allí ese tajante acento que llevan consigo los nacidos en Alto Songo, Camagüey, Jatibonico, Manicaragua o Isabel Rubio.
Cubanos de cualquier parte son convocados por una mujer vestida de amarillo a la que llaman de muchas maneras. Unos le dicen Caridad, otros Cachita y no pocos Ochún. La mayoría se aproxima a ella a través de oraciones. Pero algunos prefieren un diálogo más directo. Estos últimos la tratan de tú y llegan a ponerle condiciones a cada una de sus súplicas.
Al fondo de la Ermita hay un muro, está después de un césped y aislados cocoteros. Justo allí hay un extenso cartel. Le explica a los visitantes las reglas a seguir con relación al mar. Advierte que está prohibido bañarse, pescar o lanzar cenizas humanas.
Pero la advertencia no ha sido suficiente. Muchos seres queridos se han vertido allí con la esperanza de que alcancen la Corriente del Golfo. Hasta 1959 el más grande cementerio cubano estaba en La Habana. Ahora queda en el Estrecho de la Florida.
En ese cementerio marino yacen los que nunca llegaron y muchos de los que no pudieron volver. Desde su Ermita, la Virgen que llegó a principios de 1961 parece despedirlos. A ella no le importan los lugares de procedencia. Da lo mismo que sean de Alto Songo, Camagüey, Jatibonico, Manicaragua o Isabel Rubio.

18 ene. 2012

Los mudos de la pared transparente

Hay una escena de Memorias del subdesarrollo donde los que se van de Cuba no se oyen. Todo lo que dicen resulta inaudible del otro lado de la pecera del aeropuerto. Por más que se esmeran en hacerse entender, solo consiguen que sus interlocutores se encojan de hombros.
En el restaurante Versailles, uno de los íconos del exilio cubano en Miami, se pueden reencontrar muchos de aquellos personajes. Algunos, incluso, conservan intactos los trajes, el maquillaje y los peinados. Es como si el avión los hubiera dejado allí 50 años después.
El único cambio notable es que esta vez se está del mismo lado de las voces. Las conversaciones se escuchan claramente. Incluso los que están en las mesas más alejadas se dejan oír. Los mudos de la pared transparente allí tienen sonido y se ven en colores.
Esos rostros atemporales bastan para responder algunas de las interrogantes que se hizo, en 1967, el protagonista de la película. Es tanta la vigencia de la obra de Tomás Gutiérrez Alea, que muchos de sus personajes no cesan de interpretar el papel que les asignó su circunstancia.
Aun en contra de su voluntad, permanecen dentro del filme, como si estuvieran esperando a que Sergio los mire por el telescopio.

14 ene. 2012

Perla Negra

Fue mi embarcación durante casi un lustro. Con ella hice travesías tan memorables como las de Jacques Cousteau. Aunque nuestros mares fueron siempre las rutas dominicanas, logramos rebasar muchos límites. Como aquella tarde en que subimos, junto a mi hija Ana Rosario, hasta las pirámides que coronan uno de los extremos de la Cordillera.
—¿Y cómo eso llegó hasta aquí? —preguntó alguien con desconcierto.
En su tablero conserva una cicatriz, se la dejaron los vidrios rotos de un sábado en la noche. La alfombra del lado del chofer tiene los hoyos de tacones lejanos. En sus bocinas las canciones de Andrés Calamaro se oyen de manera voluntaria, sin que nadie haga nada para que suenen.
En una de las escenas más inolvidables de Piratas del Caribe, Jack Sparrow mira al horizonte con nostalgia filibustera. “Es la segunda vez que veo a ese hombre partir con mi barco”, dice compungido. Ya no sé cuántas veces he visto a Alejandro Aguilar alejándose al timón de Perla Negra.
A diferencia de Jack, que siempre pierde su nave a manos enemigas, yo puedo respirar con alivio. El nuevo dueño de mi antigua embarcación, además de ser mi hermano, ha prometido cuidarla con el mismo celo que yo lo hacía. Es lo mejor  que nos puede pasar a todos. A mí, a él y a los recuerdos que dejé encerrados allá adentro.
Solo le pedí que no baje nunca los vidrios. No quiero que se salga ese perfume que aún no sé cómo se llama, pero que no olvidaré nunca.

13 ene. 2012

Cuba se empezó a quedar allá abajo

Cuando el avión de Copa tomó altura sobre Rancho Boyeros, Cuba se empezó a quedar allá abajo. Aún sin abandonar la periferia habanera, ya era visible la costa de Batabanó. Rincón, Bejucal y San Antonio de los Baños se acercaron tanto que se podían tocar con la punta de un mismo dedo.
Los círculos inútiles de las máquinas de regadío le aportaban una extraña geometría a los campos abandonados. Las escuelas en ruinas se veían como fantasmas en un escenario que ya no les corresponde, que comienza a rechazar su permanencia.
El piloto nos puso al tanto de la altitud, del tiempo de vuelo hasta Ciudad de Panamá y de la temperatura que encontraríamos al llegar. Como teníamos tiempo suficiente, comenzamos a pasar las fotos y los videos que nos llevábamos en la memoria de la cámara.
Compartiendo los mismos audífonos, volvimos a oír casi todas las canciones que Carlos, Polito y Kelvis habían cantado la noche anterior. Eso acabó creando un reflejo incondicionado. Cada vez que volvemos sobre las imágenes, les ponemos la banda sonora que tuvieron en la realidad.
Llegamos a Santo Domingo dos horas después de haber aterrizado en el territorio dominicano. Una caravana de un candidato a las elecciones presidenciales, había convertido a la avenida Las Américas en un caos indomesticable. Nadie avanzaba en ninguna dirección.
En verdad era exasperante. Pero estar de regreso en un lugar donde algo así es posible, nos alivió a todos. Al día siguiente, cuando comencé a escuchar los sonidos de Piantini al amanecer, sentí que estaba de regreso a casa. No se lo dije a nadie, pero ese hecho me devolvió una paz que ya empezaba a extrañar.

Las habaneras que no se sientan en los baños públicos

La primera vez que supe de Cuty fue en La Gaceta de Cuba. Cuando llegó la hora de elegir las ilustraciones para un dossier, Norberto Codina propuso un folder lleno de impúdicas habaneras. El tiempo en ellas podía transcurrir, pero el espacio era invariable, ninguna se atrevía a salir del baño.
Aunque sabíamos que aquellos dibujos iban a provocar, tanto a moralistas como a talibanes, el voto del equipo fue unánime y salieron publicados en el próximo número. Poco después, conocí a Cuty en persona, durante una turbulenta exposición suya en casa del actor Vladimir Cruz.
Ese día apenas cruzamos palabras. Recuerdo que también celebrábamos el primer regreso de Puchy Fajardo a La Habana (al final acabé acompañando a su hermana Deborah por las escaleras en tinieblas del López Serrano) y las canciones que Polito Ibañez incluiría en su próximo disco.
Mi próximo encuentro con Cuty fue una tensa discusión virtual. Cubanos al fin, acabamos mandándonos fuertes abrazos después de no pocos insultos. En septiembre pasado, durante mi última noche en La Habana, volvía a dar con Cuty. Con toda naturalidad, seguimos el hilo de algunas conversaciones que ya habíamos cruzado.
Antes de despedirnos, fue al librero de Odette Pantoja, sacó un catálogo suyo y, encima de la dedicatoria que le había escrito a Odette, rayó una nueva para mí. Guardo ese valioso ejemplar como un testigo de excepción de cómo la amistad puede ser sucesiva y yuxtapuesta.
Para ser consecuente con el espíritu de Cuty, guardo ese libro encima de mi inodoro. A veces, cuando estoy allí, paso mis dedos por encima de sus inolvidables habaneras, esas que son capaces de casi todo, menos de sentarse en un baño público.

12 ene. 2012

Las últimas canciones en La Habana

En la recepción del hotel nos dejaron una extraña nota con una dirección en Nuevo Vedado. Debíamos llegar en 20 minutos. Resultó ser la casa de Odette Pantoja. Allí nos esperaban, además de la anfitriona, Carlos Varela, Polito Ibañez, Kelvis Ochoa, David Torrens, Bladimir Zamora, Cuty, Deborah Fajardo y Omar Mederos.
Aunque se trataba de una fiesta, las últimas canciones en La Habana nos hicieron llorar más de una vez. Hubo un momento en que traté de comportarme y contener las lágrimas. Pero al ver que Luis, Susana y Diana también estaban enternecidos, perdí el pudor.
La noche empezó con una mandolina casi inaudible, pero fue subiendo de volumen y de intensidad en la medida en que Polito sacaba instrumentos y bocinas de viejos huacales. Ya casi al final, el maestro Frank Fernández los acompañó en varios temas.
La Habana, aun en el silencio más estricto, es una ciudad que te enardece y conmueve. Si se le suma la música más entrañable, puede avasallarte. Eso fue lo que me sucedió aquella noche. Cuando Carlos Varela se arrimó al micrófono y dijo “bienvenido a tu patria, Camilo Venegas”, me pareció que hablaba de otro.
Por un momento perdí la noción del tiempo y el espacio. Lo último que recuerdo es a un Polito fuera de foco, dándome un fuerte abrazo y advirtiéndome que a él la tristeza lo pone denso. “¿Te acuerdas de allá?”, me decía, mientras señalaba en dirección a nuestras infancias y a las cosas que compartimos en los ochenta por los campos de Yaguaramas.
Parecía que acabábamos de llegar, pero en verdad nos despedíamos. Camino del hotel, ya casi al amanecer, Luis Concepción apuró el último trago de Ron Brugal para hablar en nombre de los cuatro.
—¡Coño, qué trabajo cuesta irse de La Habana!

11 ene. 2012

La quintica de Mario Crespo

La primera vez que supe de Mario Crespo fue en la pantalla del cine de mi pueblo. Si mal no recuerdo, era 1987. Su nombre apareció en un recuadro blanco, como director de un documental que provocó un escalofrío en el vientre de muchas. El corto trataba sobre embarazos y abortos en las adolescentes.
Cuando la canción de Carlos Varela comenzó a retumbar contra las paredes del Cine Justo, la sala se alumbró y descubrimos que había varias muchachas llorando. En aquel entonces yo colaboraba con la página cultural del periódico 5 de Septiembre y escribí una breve reseña sobre aquel suceso.
A pesar de que en La Habana teníamos varios amigos en común (el propio Carlos Varela, Puchy Fajardo y Kiki Álvarez, entre otros), nunca a nadie se le ocurrió presentarnos. Hace ya un tiempo por fin nos hicimos amigos. Como él está en Caracas y yo en Santo Domingo, todos los abrazos han tenido que ser a través de Facebook.
Un buen día, Mario me dijo que acababa de leerse mi cuento Irlanda está después del puente y que quería que esa fuera su próxima película. Aún hoy, cuando ya hemos comenzado a trabajar en el guión, no me lo creo. Si pudiera, me saltaría todos los procesos por venir y me sentara de una vez en el cine Justo, a ver qué pasa después que su nombre aparezca en un recuadro en blanco y se alumbre la sala.
Mientras tanto, tengo el alivio de que Mario se ha ido a vivir a una quintica virtual, donde promete escribir de cine y de las cosas que extravió a orillas del Ariguanabo. Hoy, al pasar por allí, descubrí que había conseguido una foto de Vicente Revuelta interpretando a Galileo. Me la robé para El Fogonero.
Como sé que ustedes también querrán llevarse algo, los convido a darse una vuelta por allí. Ya yo estoy de regreso a Irlanda… No quieran imaginarse lo que es Mario en el rol de mayoral.

10 ene. 2012

Vicente y Galileo

La Escuela Nacional de Arte de Cubanacán, en La Habana, fue construida dentro de un campo de golf y un bosque. Eso explica los largos senderos que hay que recorrer para llegar a cualquiera de sus espacios. En los años 80 del siglo pasado, allí uno podía encontrarse con las figuras más emblemáticas de la cultura cubana.
Confieso que entonces (yo era un guajirito de 15 años) solía impresionarme con facilidad. Pero nunca nada me sobrecogía tanto como dar con Vicente Revuelta en uno de aquellos senderos. Siempre andaba solo y cabizbajo. Su vestuario también era invariable: jeans deshechos y chancletas polacas.
Nunca me vio. Tampoco escuchó jamás mi “hola, maestro”. Su nivel de abstracción (y distracción) era tal, que tropezaba cada seis o siete pasos. Nada hacía variar en un ápice su conducta hacia el entorno: Avanzaba, tropezaba, maldecía, avanzaba, tropezaba, maldecía…
Por esa misma época, Vicente puso en escena una relectura suya de Galileo Galilei, la obra de Bertolt Brecht. Los actores eran sus propios estudiantes. El proceso creativo llegó a ser tan amplio, que muchos tuvimos la oportunidad de participar en los ensayos. Aunque todo estaba demasiado claro en su cabeza, no dejó de escuchar con atención hasta el más osado disparate.
Fui a casi todas las funciones. Solía repetir en voz muy baja muchos de los diálogos de Galileo con su discípulo Andrea. Sobre todo aquel donde el astrónomo parecía referirse de una manera directa a la realidad que vivíamos: “¡Pobre del país que necesite héroes!”.
Hoy, martes 10 de enero de 2012, Vicente Revuelta se fue de este mundo. Ahora orbita junto a Galileo en la galaxia de la posteridad. Allá, como aquí, debe andar solo y cabizbajo, sin variar en un ápice su conducta hacia el entorno: Avanzar, tropezar, maldecir, avanzar, tropezar, maldecir…

9 ene. 2012

Nostalgia básica

El pasado 6 de enero, Juan Carlos Roque me invitó a participar en el programa El baúl de los juguetes, de Radio Nederland. Allá, en los estudios de Hilversum, había otra invitada. Gabby Prats es una niña cubana de 10 años que vive en Barcelona. Durante 30 minutos, Gabby y yo contamos nuestras respectivas vivencias en el Día de Reyes.
Yo supe de que ese día existía por una “extraña” canción de Pablo Milanés. Gabby, en cambio, lo recuerda desde que tiene uso de razón. Los nombres de Gaspar, Melchor y Baltasar me los aprendí cuando descubrí una caja escondida debajo del andén. Estaba llena de bolas de cristal, animales de corral y unos barbudos que montaban a camello. Para Gabby son viejos conocidos.
Nunca busqué juguetes debajo de la cama o en el arbolito de Navidad (algo que descubrí en México en 1996), para mí esa fiesta ocurría en julio y después de un bombo donde se sorteaba la suerte de todos los niños de mi pueblo. Mientras Gabby hacía un inventario de todo lo que le trajeron los Reyes, yo trataba de recordar aquella nostalgia básica, no básica y dirigida, que siempre ocurría una vez al año.
Este año Gabby le pidió a los Reyes un ordenador con internet, para poder navegar por los juegos que mejor juega y que más le gustan. A mí nunca se me ocurrió nada más allá de un tren que diera vueltas en círculos, sin querer llegar a ninguna parte. Gracias a Juan Carlos Roque recordé mi ambulancia de la Segunda Guerra Mundial y un camión de volteo que cargaba rocas enormes.
Todo ocurría en la primera semana de julio. Mi abuela Atlántida se ponía sus zapatos ortopédicos (para poder soportar un día entero de pie). Yo, me contentaba con pegar la nariz a la única vidriera. Era demasiado feliz. Durante los próximos 365 días tendría tres juguetes hechos en Taiwan (por esas fechas Fidel se había peleado con Mao) para que el Paradero de Camarones no pareciera tan aburrido y silencioso en los intervalos en que no estaban pasando los trenes.