27 feb. 2014

El día en que le pedí perdón a Huber Matos

Por años traté de imaginarme su rostro, pero no aparecía en ninguna parte. Lo habían borrado de la historia nacional con meticuloso ensañamiento. Lo difuminaron, Incluso, de una de las imágenes más emblemáticas de la revolución, esa donde de él y Camilo Cienfuegos acompañan a Fidel en el lomo de un Jeep, durante la entrada victoriosa a La Habana.
A mediados de la década pasada, Huber Matos estuvo de visita en Santo Domingo y me invitaron a un encuentro con el heroico comandante. Ya era un aciano frágil, pero conservaba intactas su estatura y su fuerza. Cuando nos saludamos me dio un duro apretón. Llegué a sentirme atenazado por los huesos de sus manos.
Me costó mucho trabajo pedir la palabra, me intimidaban su mirada y el peso de la historia que llevaba sobre los hombros. “Yo solo quiero pedirle perdón, comandante”, le dije. Entonces le conté el odio que, de niño, llegué a sentir por él: “A mi generación le inculcaron que usted era un traidor a la patria y el responsable de la desaparición de Camilo”.
Él también se puso de pie y me dio un abrazo. Otra vez me sentí atenazado. “Gracias, hijo”, me dijo muy conmovido, casi al oído. Aunque no pudieron fusilarlo, acabaron asesinando su reputación, que es la manera más cobarde que ha usado Fidel Castro para anular a sus adversarios. Por eso los jóvenes de mi país saben tan poco de uno de los líderes más valientes que tuvo la revolución.
Hoy murió uno de los primeros cubanos que advirtió que aquella gesta popular acabaría convirtiéndose en una oprobiosa dictadura. El día en que la historia se pueda contar tal como fue, Huber Matos volverá a subirse en el Jeep del que nunca debieron bajarlo. Entonces, sin borrar a nadie más, deberá quedar bien claro quién traicionó a quién.

21 feb. 2014

167 kilómetros a solas con el Padre Arnáiz

(Escrito para la columna Como si fuera sábado, de la revista Estilos)

Freddy Ginebra me llamó para darme dos noticias, una buena y una mala. La buena era que el Padre Francisco José Arnáiz le había pedido ser el presentador de su libro Antes de que pierda la memoria, en Casa de Arte, Santiago. La mala, que yo también estaría en la mesa, para que hablara sobre los orígenes de aquel volumen.
Traté por todos los medios posibles de convencerlo de que mi presencia era innecesaria, pero no cedió. “Verás que será muy divertido”, me prometió. Lo cual no garantizaba nada, Freddy Ginebra encuentra divertido, apasionante y genial cada instante de su existencia, incluso algunos que para otros serían dolorosos.
Con solo decirle mi nombre, por el acento, Arnáiz intuyó de qué región de Cuba era: “Ustedes los villareños son los que más se parecen a los canarios”, me dijo y, para mi sorpresa, me dio un fuerte abrazo. Olía a tabaco y whisky, algo que se fue acentuando durante toda la velada, mientras fumaba y bebía.
Me impresionó la manera tan llana que tenía para decir las cosas más complejas. Ejercía una gran lucidez con las palabras más comunes y sencillas. Su sentido del humor era complejo y pasaba de lo agudo a lo punzante en segundos. Justo eso fue la primera cosa que admiré de él, su destreza en el uso de la ironía.
Esa noche dormimos en Santiago. Tanto Arnáiz como yo debíamos regresar a Santo Domingo a primera hora. Con esa cara de circunstancia que pone Freddy Ginebra cuando quiere pedir un favor incómodo, se me acercó. “¿Cómo te cayó el Padre?”, preguntó tanteando. “¡Muy bien! Creo que es más cubano como yo”, respondí para tranquilizarlo.
Ya relajado, me pidió que lo llevara conmigo de regreso a Santo Domingo. A Arnáiz también le gustó la idea. Por unos segundos su cara se volvió drástica: “A las cinco de la mañana lo espero aquí abajo, jovencito”, me dijo y se perdió en una nube de tabaco cibaeño torcido por una familia pinareña.
Freddy se ocupó de coordinar el desayuno. Cuando acabamos el café con leche y estuvimos listos para irnos, se acercó a Arnáiz para hacerle una aclaración impostergable. “Padre, Camilo es cubano… usted sabe”, le dijo, no sin antes ponerse otra vez su cara de circunstancia. “Sí, ya lo sé, Freddy, hablamos de Cuba toda la noche”, respondió el jesuita. “Es que es ateo —dijo rápido, con los ojos cerrados— …y quisiera que usted me lo convierta durante ese viaje”.
El Padre soltó una gran carcajada y puso su pesada mano en mi hombro. “¡Vámonos, que estoy tarde!”. El valle del Cibao, entre Santiago y La Vega tenía una neblina espesa, casi impenetrable. Y eso fue lo primero que comentamos, la descripción que hizo José Martí de ese paisaje en sus Diarios.
Pocos kilómetros después descubrimos que conocía a mi familia. Estuvo en Cienfuegos durante años y llegó a oficiar muchas misas en la iglesia del Paradero de Camarones. Recordaba hasta el nombre de mi abuelo, Aurelio, con quien habló muchas veces en el andén de la estación, mientras esperaba el tren.
“Él también era ateo”, me advirtió con sorna. Luego preguntó por varias familias de mi pueblo. “¿De qué tamaño puede ser la memoria de este hombre?”, me pregunté a mí mismo, mientras él recordaba con dolor el día en que tuvo que abandonar Cuba.
Habíamos quedado en que llamaríamos a Freddy cuando llegáramos a Santo Domingo. “¡¿Lo convertiste?!”, fue lo primero que preguntó. El Padre soltó otra de sus grandes carcajadas. “No, Freddy, a él lo convirtió su abuelo” —respondió el sacerdote.
Según Freddy, le preguntó muchas veces por mí. Acordamos incontables reencuentros, pero al final algo acababa malográndolos. Aunque he viajado muchísimo, los 167 kilómetros que estuve a solas con el Padre Arnáiz significaron una enorme distancia.
Perdóname el adjetivo, Freddy, pero gracias por esa experiencia inolvidable.

Night Train

El tren de La Habana a Cienfuegos viajaba durante la noche. Era un Budd plateado que atravesaba la llanura de Línea Sur como un cuchillo afilado. Incontables pueblos soñolientos, alumbrados por luces amarillas y parpadeantes, se veían a través de los cristales empañados.
No podría contar las veces que viajé en ese tren. Rara vez me dormí. Prefería ir atento a las paradas en las estaciones y los cruces con otros trenes. Cuando el conductor pasaba a mi lado, siguiendo el halo de luz de su linterna, me saludaba. Aquel “¿Cómo va todo, Camilito?”, me inflaba de orgullo; porque me hacia sentir parte de una secta —los ferroviarios— que solo yo no integré en mi familia materna.
Cuando por fin tuve una Walkman y seis baterías recargables, hacía el viaje oyendo música. Uno de mis cassettes preferidos contenía 120 minutos con la música de Oscar Peterson. Con la ayuda de un lápiz adelantaba la cinta hasta las inmediaciones de “Night Train”, una de las piezas que más me gustaba en aquella extensa selección.
Entonces miraba hacia los interminables cañaverales matanceros y me imaginaba estar en Georgia, Ohio, Massachusetts… en cualquiera de los paisajes de Norteamérica que atravesaban los Budd en los viejos anuncios de National Geographic que coleccionaba mi abuelo. Pero un olor, una voz o un inconfundible ruido cubano me ponía en mi sitio. 
Pronto se cumplirán 15 años de la última vez que hice ese trayecto. Ahora oigo a “Night Train” en mi iPod, en una grabación resmaterizada donde solo se escuchan el piano de Oscar Peterson, el bajo de Ray Brown y la batería de Ed Thigpen.
Siempre que eso sucede, cierro los ojos y me imagino que estoy en el Budd que atraviesa la llanura de Línea Sur como un cuchillo afilado. Daría cualquier cosa porque un olor, una voz o un inconfundible ruido cubano me pusiera de regreso en aquel sitio.

Camilo es la imagen del pueblo... de Venezuela

Camilo Hernández es uno de los cubanos más inteligentes que he conocido. Su sentido común y su agudeza solo son derrotados por su sentido del humor, que sí es invencible. En uno de los últimos chats que tuve con Lichi Diego, el autor de Esther en alguna parte lo admitía: “Camilo es el más inteligente e ingenioso de todos nosotros”.
A principios de la década de los 90, como muchos, muchísimos jóvenes cubanos, emigró. Venezuela le abrió todas y cada una de las puertas que Cuba le había cerrado. Del otro lado del Caribe, Camilo sí pudo hacer lo que en su país no le permitieron. El nombre de su blog anticipa el final de esa historia.
La consagración de la primavera, la novela de Alejo Carpentier, cuenta la historia de una rusa que llegó a una ciudad al Oriente cubano huyendo de la Revolución de Octubre. En enero de 1959 le volvió a dar alcance otro régimen socialista. Como a Camilo le pasó lo mismo en Caracas, su blog se llama La Rusa de Baracoa.
Anoche, por primera vez en muchos años, leí algo de Camilo que no contiene ni un solo chiste. Con dramatismo, acudiendo solo a las palabras justas, describe lo que está sucediendo en Venezuela y aclara cuál es su posición. Estoy seguro de que si Lichi Diego hubiera alcanzado a leer ese post, me lo habría comentado en un chat:
—Te lo dije, compadre —sospecho que serían sus palabras—, Camilo es la imagen del pueblo… de Venezuela.

“Lo siento, amigos, pero tengo la paciencia flaquísima en estos días. Demasiada sangre, demasiados chamos asesinados por militares sádicos, demasiada vergüenza por esa izquierda puta y miserable cuyos principios alguna vez creía compartir.
Me cago en la Luz, me cago en la Paz y en las cadenas de oraciones cuando esos hijos de puta están allá afuera matando gente.
El que quiera echar chistes, ironizar sobre la masacre, se puede ir largamente a la mierda. Al que le moleste mi rabia contra unos degenerados que me han quitado dos patrias en una sola vida, puede salir por la misma puerta.
Tengo la paciencia flaca y la ira demasiado ancha.
A mi amigo Juan Marcos Blanco, amenazado de muerte por un chavista, te acompaño a donde sea para denunciarlo.
A los que se ofenden porque en Venezuela quemen banderas cubanas: aguanten porque no hicieron, no hicimos NADA porque la bandera "que no ha sido jamás mercenaria" ampare hoy a quienes siembran la desgracia por todo el continente. Si les molesto, sáquenme de sus vidas, si igual no hacen nada en la mía.
¡Viva Venezuela, cojones!”
Camilo Hernández,
Caracas, 20 de febrero de 2014

17 feb. 2014

Los 85 de Don Jorge

Hoy es el cumpleaños de Jorge Sarlabous, el padre de Diana. Nació en Santiago de Cuba en 1929. De sus 85 años, ha vivido 44 fuera de su país. Eso lo convierte en un hombre con dos mitades. Una de ellas la dedicó a trabajar sin descanso para el bienestar de su familia. La otra, a salvaguardar los recuerdos por un país del que nunca hubiera querido irse.
Todos los fines de semana comparto un trago con don Jorge. Él siempre aprovecha ese momento para reconstruir algún recuerdo de su vida en Cuba. Es así que trae hasta el presente el pretérito de Guantánamo, Alto Songo, El Cristo y Santiago de Cuba. Interminables cañaverales, el paso de los trenes de caña y el bramido de los ingenios en plena zafra se escuchan a nuestro alrededor.
A veces habla con alegría. Sobre todo cuando me describe a los antiguos campos de su provincia en plena producción. Luego, con tristeza, hace un inventario de las ruinas en que se ha convertido todo, al cabo de 55 años de dictadura, improductividad y desidia. Como es un hombre que trabajó toda su vida con números, tiene una memoria increíble para las cifras; es a través de ellas que demuestra el naufragio de Cuba.
Como miles de cubanos, fue obligado a trabajos forzados cuando decidió abandonar el país. Aunque fue reprimido y vejado incontables veces, de esos meses en un campo de concentración solo insiste en un enorme temporal. “Todo quedó bajo agua y nos abandonaron allí para que nos ahogáramos—relata siempre de la misma manera—. Logramos llegar hasta la línea del tren y cruzamos el puente sobre el río Tana antes de que la crecida lo cubriera. Gracias a eso estoy vivo”.
Hoy es el cumpleaños de Jorge Sarlabous, mi suegro, un cubano admirable y bueno que tiene dos mitades: una en la nostalgia y la otra en el exilio.

13 feb. 2014

Mi "irrefrenable tendencia al ventajismo social"*

El régimen de los hermanos Fidel y Raúl Castro, después de medio siglo, ha convertido a Cuba en una de las naciones más pobres de América Latina. Pablo, un personaje de Memorias del subdesarrollo (1967), la célebre película de Tomás Gutiérrez Alea, describe con precisión lo que acabaría sucediendo.
“Esta gente dice que están haciendo la primera revolución socialista de América. ¿Y qué? Van a regresar a la barbarie… Van a pasar un hambre… Como los haitianos, derrotaron a Napoleón, ¿y qué? Tuvieron la primera industria azucarera del mundo antes de la revolución y míralos ahora, descalzos y convertidos en zombis”, dice con insolencia el pequeño burgués interpretado por Omar Valdés.
Pero hay una forma aún más penosa de la pobreza en Cuba: la miseria intelectual. Durante mis 14 años de exilio he podido vivir al margen de ese tipo de indigencia. Un email de la poeta dominicana Chiqui Vicioso, me llevó de regreso a esa realidad de la que tanto rehúyo.
“A ti te reconocí talento para la escritura, aunque opacado por una tendencia irrefrenable al ventajismo social, algo que afirman tus colegas en Cuba, comenzando por los que niegan que siquiera conocieras a [Raúl] Rivero, Marilyn [Bobes], entre ellos”, dice Chiqui.
Nunca he hablado con nadie de Marilyn Bobes ni de Chiqui Vicioso. Ni ellas ni sus obras me resultan mínimamente interesantes. Me desconcierta, eso sí, que desperdicien su tiempo en calificarme y en buscarle una explicación a mi postura frente a la falta de libertades en Cuba.
No voy a caer en su chiquito y vicioso juego de maledicencias. Lo único que sí quisiera dejarle muy claro a ambas es que no hace falta conocer a un poeta preso para defenderlo. Cuando alguien va a la cárcel por escribir lo que piensa, se convierte en un amigo íntimo de todo los hombres libres.
No sé si Raúl quisiera aclararles si nos conocemos o no. A mí me da pereza, más pereza aún que los pocos versos que leí de estas damas.

*La poeta dominicana Chiqui Vicioso me acaba de escribir un email donde se queja de mi "irrefrenable tendencia al ventajismo social". Ella y, según ella, la poeta cubana Marilyn Bobes, creen que mis denuncias sobre la falta de libertades en Cuba se reducen a un tipo de oportunismo. No puedo decir que esta es mi respuesta, es solo un post que comenta el suceso.

El asteroide Santiago

No recuerdo otro hecho que uniera a tantos cubanos en las redes sociales. Ayer no importó nada más que el dolor por la caída, de una punzada en el pecho, de Santiago Feliú (1962-2014). Eso me hizo recordar una de sus últimas canciones, “Planeta Cuba”, donde el trovador hace una conciliadora convocatoria:
“Prisioneros de la libertad,/ pobres, sanos, cultos y valientes,/ consumidos por la austeridad,/ medio siglo siendo diferentes./ Amados, obstinados y sonrientes,/ llenos de música, ron y fe/ y una espera… dividida mal.// Evasivos de la realidad,/ emigrantes y anti-imperialistas,/ militantes de la dignidad,/ solidarios y anti-comunistas”, grita en a ritmo de son y con voz de rock and roll.
Hoy en la mañana, recorriendo los muros de Facebook, encontré muchísimas frases como estas:

“Santiaguito, confío, creo, tengo que creer, que allá en el Reino de los Cantores, donde has amanecido, incrédulo todavía, seguirás siendo el joven desesperadamente libre, apasionadamente hereje, invencible príncipe y mendigo, herido de Patria, cantor estremecido”.
José María Vitier
La Habana

“El gran éxodo de los noventa dinamitó a la Generación de los Ochenta cubana y la desperdigó por todo el mundo; creo que la muerte de Santiago Feliú ha aglutinado todo el dolor de esa generación proscrita y ha vuelto a unirnos hoy, aunque sea por unas horas”.
Odette Alonso
México D.F.

“Tómese nota, oigan, de la unanimidad en el ditirámbico recuerdo de Santiago Feliú que hemos visto hoy aquí. Es más notable porque se trata de lágrimas vertidas sobre la obra y la memoria de alguien que jamás he visto reproducido ni mencionado en estos canales ya no tan nuevos, ni en la prensa digital cubana o pericubana. (…) Y cuando se nos va un trozo, como se nos fue anoche, la vertemos aquí porque ya solo permanecemos juntos y en manada en estos avatares digitales. ¡En paz descanses, poeta, mientras te recordamos estas sombras que somos!”
Jorge Ferrer
Barcelona

En “Planeta Cuba”, Santiago exige derribar “los bloqueos de la mente” y advierte que ya no hay tiempo, que como pueblo merecemos algo más que aguantar y soñar. Él hubiera disfrutado mucho todo lo que provocó ayer. 
En verdad fue como uno de sus conciertos. El hecho de que la guitarra, la armónica y él mismo no llegaran nunca, era totalmente probable en esos casos. Perdimos a un trovador, pero descubrimos un asteroide. Y fue su fuerza de gravedad lo que ayer nos convocó a todos.

12 feb. 2014

El Sol al final de una calle

Cuando vuelvo a casa, en las tardes,
me encuentro con el Sol al final de una calle.
No importa la hora en que regrese,
él siempre me espera
sobre el filo del horizonte,
como si fuera la rodadera de Atlántida,
a punto de marcar
un surco definitivo en los contornos
de la silueta de mi madre.

Cuando vuelvo a casa, en las tardes,
el Sol se asegura de decirme
cuan insignificante soy.
Mientras espero por la luz verde
en las sucesivas intersecciones,
él empieza
a quitarle claridad a las cosas.
Alguna de mis canciones preferidas
me acompaña mientras desciendo.
Al final de la pendiente
ya es de noche.
La oscuridad, incomprensible,
es incapaz de tener
el más mínimo significado.
Esa es la razón
por la que me canso tanto
en ese pequeño viaje
de quince o veinte minutos.

Cuando vuelvo a casa, en las tarde,
me encuentro con el Sol
para que me explique,
durante el poco tiempo que dura su luz,
lo efímero que es todo
aquí abajo, encima de este viaje de regreso.

Para Santiago

A mediados de la década del 80 del siglo pasado, muchos de nosotros queríamos tener la inspiración, la melena y las mujeres de Santiago Feliú. Por demasiadas razones aquel joven trovador, gago y zurdo, era objeto de nuestra envidia.
Cuando se paraba en la Escalinata de la Universidad de La Habana, a cantar a dúo con Silvio, nuestra generación se hacía la idea de que tenía voz y voto. Cuando volvía de Buenos Aires y mencionaba apellidos tan extraños como Spinetta o Baglietto, le creíamos un extraterrestre.
Luego compartía los discos de un tal Charly García o las canciones de un flaquito, jovencísimo y enloquecido, que se llamaba Fito Páez. Además de sus canciones (que he oído y aún oigo hasta la saciedad), a Santiago le debemos eso: que nos abriera las puertas del rock argentino.
Al principio no entendía los tweet, luego crucé los dedos para que fuera una bola, una de las tantas bromas de mal gusto que se juegan en las redes sociales. Pero entré a Segunda Cita y ya Silvio lo había confirmado en un post urgente, adolorido.
Con Santiago el espíritu de mi generación pierde a un apóstol. Cualquier resumen de la Cuba que vivimos estaría incompleto sin sus canciones. Aunque su música nunca dejará de acompañarnos, el vacío que empieza a partir de hoy es insalvable.
A lo mejor anoche se le ocurrió una canción y, por vagancia, la dejó “para mañana”. El único consuelo para ese gran desasosiego lo escribió él mismo: “La vida es suficiente,/ si entonces no se acaba/ cuando se halló el final/ donde se encuentra el pasado con la nada.

8 feb. 2014

La soledad de la colonia Condesa

El último recital de poemas que compartieron José Emilio Pacheco y Juan Gelman.
(Escrito para la columna Como si fuera sábado, de la revista Estilos)

José Emilio Pacheco y Juan Gelman eran vecinos. Es una gran coincidencia que dos de los más grandes poetas del idioma español residieran a tan poca distancia en una de las ciudades más grandes del mundo. Uno era mexicano y el otro argentino, pero la colonia Condesa, en México D.F., fue la última geografía de ambos.
Cuando José Emilio ganó el Premio Cervantes en 2010, alguien recordó que estábamos ante uno de los mejores poetas latinoamericanos. “Pero si ni siquiera soy uno de los mejores de mi barrio. ¿No ven que soy vecino de Juan Gelman?”, respondió Pacheco, con una mezcla perfecta de humildad e ironía.
Empecé a escribir poemas para tener algo que regalarle a mis primeras novias. En la Cuba de entonces escaseaba todo, hasta las flores. Tampoco sabía bailar —ni música cubana ni disco, que era el ritmo que enloquecía a las jovencitas de aquella época—. Los versos eran mi única escapatoria.
Pero todo lo que escribía me parecía tan horroroso, que acabé cometiendo un terrible fraude: regalaba poemas de José Emilio Pacheco y Juan Gelman diciendo que eran míos. Recuerdo que una de aquellas muchachas, la rubia más rubia que tuvo jamás el Paradero de Camarones, me hizo una pregunta desconcertante: “Ven acá, chico, ¿y por qué tú dices ‘vos’?”
Me avergoncé tanto, que decidí regalarle un poema totalmente mío, que no contuviera ni siquiera una alusión a la poética de Pacheco o Gelman. Lo leyó rapidísimo y lo puso a un lado, apenada: “Este es mucho más normal, pero no me gusta tanto como los otros”. A finales de la década del 90, José Emilio Pacheco estuvo por última vez en Cuba y quise contarle esa historia.
Mi amigo Ángel Santiesteban me llevó a conocerlo. El poeta estaba a punto de comenzar una conferencia sobre no recuerdo qué. Era la Feria Internacional del Libro de La Habana. En momentos como ese, mi condición de guajiro siempre acaba jugándome una mala pasada. Me avergüenzo tanto frente a la gente que admiro de verdad, que suelo decirles unas estupideces inconcebibles.
Ángel me llevó a empujones y, cuando por fin logró que estuviéramos frente a frente, nos presentó. “¡Qué frío hace!, ¿verdad?”, dije con una torpeza inmejorable. “Hum… Vengo del D.F., allá sí hay mucho frío ahorita”, respondió el autor de “Los elementos de la noche”. A través de sus libros he sostenido infinidad de diálogos con él; pero en la vida real, eso fue todo lo que hablamos.
Alguien llamó su atención para presentarle a otro admirador. El recién llegado sí fue elocuente y logró sostener una breve conversación. Me quedé mirando sus gestos por un rato. No podía escuchar lo que decía, pero sí aprecié cómo era la gestualidad de uno de los poetas que más había leído en mi vida.
Con Juan Gelman tuve una relación mucho más cercana, tanto, que ni siquiera necesité conocerlo. Asistí a varios recitales y conferencias que le organizaron en Casa de las Américas, lo vi caminar por el Malecón de La Habana y beber del pico de una botella de ron (algo que solo hacen los hombres más felices o lo más tristes, frente a gente que quieren mucho). Esa cercanía me bastó, además de sus versos, que sigo releyendo a menudo.
Ahora sí puedo asegurar que mi adolescencia está del todo muerta, porque dos de su más grandes inspiradores se han marchado de este mundo. Quiso el azar que vivieran en el mismo barrio: la colonia Condesa, en México D.F.
Ahora mismo, en ese lugar, la soledad se debe ver a simple vista. Fulgurante, inexplicable, como se veía la poesía en cada una de las palabras que les robé a José Emilio Pacheco y Juan Gelman.

7 feb. 2014

La muñeca de Diana

La revolución ha sido especialmente cruel con los cubanos que eligieron no ser parte de ella. Fidel Castro, que desde el primer día polarizó y dividió a la sociedad y la familia en dos bandos irreconciliables, les llamó “gusanos”.
A Diana se la llevaron de Cuba en 1970. Había nacido en 1965. Era, pues, una pequeña gusanita de 5 años. Y como tal la trataron. Cuando sus padres le dijeron que iba a dar un largo viaje, quiso llevarse con ella a varios de sus juguetes.
En el aeropuerto, con cara de desprecio, un oficial de aduanas le dijo a la niña que solo podía abandonar a la patria con un juguete. Jorgito, su hermano de 10 años, eligió un camión. Hoy, mientras almorzábamos, don Jorge y doña Elia le contaron a su hija cómo ella se abrazó a su muñeca.
No estamos hablando de la nacionalización de una multinacional norteamericana, ni de una reforma agraria para eliminar los latifundios, ni siquiera de la intervención de una tienda, un bar o una gasolinera. Se trata de despojar a un niño, de la manera más ruin posible, de su mundo interior.
Por más que Diana busca en su memoria, no encuentra el más mínimo indicio de aquella muñeca. El dolor que yace en su subconsciente la fue difuminando hasta hacerla desaparecer del todo. Ocurrió en 1970, no olviden el año.
No era una niña abrazada a una muñeca. Era una pequeña gusanita de 5 años, sujetando en sus brazos el único recuerdo que le dejaron de su infancia.

3 feb. 2014

En tres y dos

El sábado 1 de febrero de 2014 es una fecha histórica, marcó el regreso de Cuba a la Serie del Caribe. En ese escenario, que abandonó en 1960, los antiguos equipos de béisbol de la isla (Almendares, Marianao, Habana y Cienfuegos) se convirtieron en íconos de una cultura que, medio siglo después, mantiene viva su influencia en la región.
El último campeón de Cuba en la Serie del Caribe fue Cienfuegos; el equipo que mereció representarla en el regreso, Villa Clara. Quiso el azar que las dos novenas pertenecieran a la antigua geografía de Las Villas. Como soy villareño de la gorra a los spikes, quise celebrar eso y armé un guateque en El Bohío.
A veces, cuando organizamos encuentros en casa, solemos ponernos de acuerdo por emails donde hacemos farsas y parodias. En el último, además de los detalles puntuales de la comida y la bebida, exigimos que todos los invitados trajeran alguna prenda anaranjada. Un cartel de “¡Villa Clara campeón!” les dio la bienvenida.
El cineasta cubano Rolando Díaz (director de la película En tres y dos) llegó puntual, con su infaltable six pack de cervezas sin alcohol, un sombrero naranja y, curiosamente, una chaqueta abrochada hasta el cuello. Justo antes de que hiciéramos el primer brindis, el Rolo se puso de pie y de un solo gesto se abrió la chaqueta. Dentro, traía la insignia de los Industriales.
Su genial broma debía ser el comienzo de una noche inolvidable, pero en verdad fue su final. Desde el mismo primer inning, el equipo de Cuba lució desconcertado, errático, muy superado por un juego que ha evolucionado demasiado durante su medio siglo de ausencia.
Anoche, antes del segundo juego, Rolando me llamó. Hablamos muchísimo de los detalles del partido anterior y los posibles cambios que se podrían hacer en la alineación. Ni él ni yo albergábamos la más mínima esperanza. A nosotros, como a Cuba, lo único que nos resta es abrirnos la chaqueta y sacar de adentro el orgullo por el pasado.
La pelota cubana, como la nación a la que pertenece, está en tres y dos. Si el próximo lanzamiento es bola, podría ir caminando hasta 1960. Si es strike…