26 jun. 2014

El tren de las 11

Esta viñeta formaba parte del libro ¿Por qué decimos adiós cuando pasan los trenes? (Capital Books, 2011). Ya no recuerdo cuál fue la razón por la que acabé excluyéndola. La recuperé hoy, cuando di con estas dos fotos. La primera,  justo en el crucero del Paradero de Camarones; la segunda, en el andén 2 de Cienfuegos Viajeros.
La imágenes son de 1998. Corrían los días finales de la 61620, cuyos restos acabaron siendo desguazados en el taller de Cienfuegos. Ninguna otra locomotora pasó tantas veces por mi infancia. Recuperar imágenes suyas, aun en su peor momento, me ha llenado de felicidad.

Por lo regular, el tren de las once solía pasar a las once.
A las 10:59 se oía el primer pitazo. Un zumbido parecido al que hacen los barcos lo estremecía todo. La locomotora era una M62. Los ferroviarios soviéticos le llamaban "Gagarin"; los cubanos, “Melón”. La forma cilíndrica de la máquina y su color carmesí, como la masa jugosa de la sandía, fue suficiente para que tuviera un sonombre menos heroico y más tropical.
Entre 1974 y 1975 arribaron 20 melones a los puertos de Cuba. La inmensa mayoría fueron construidos en Woroschilowgrad, un punto al este de Ucrania que jamás aparece en los mapas. El destino original de las máquinas era arrastrar el tren de La Habana a Santiago.
Pero las altas temperaturas del Caribe y el exceso de trabajo hicieron que dos máquinas se incendiaran a mitad de camino. Las 18 locomotoras que sobrevivieron fueron relegadas a la terminal de Cienfuegos, donde se hicieron cargo del lechero de Línea Sur y de varios viajeros de corta distancia en la región central de la Isla.
La 61620 le fue asignada al tren de las 11. Marino Vega, alias Caballo Loco, era su maquinista. La formación del melón y sus vagones tenía la longitud exacta del andén de Camarones. Cada vez que el tren se detenía, la abatida máquina arrojaba chorros de aceite requemado y un gas fuliginoso que lo empaña todo.
La parada reglamentaria era de dos minutos, pero jamás se cumplía. 120 segundos era muy poco tiempo para romper la inercia del Paradero de Camarones. Kake, el guardafrenos, el único miembro de la tripulación que ponía pies en tierra, necesitaba de al menos tres minutos.
Primero hacía la señal de aplicar los frenos. Luego ayudaba a la señora del vestido azul a bajar los cuatro escalones del estribo. La dama, con displicencia, permitía que Kake la tomara de la mano. Una vez liberado de su caballerosa responsabilidad, el guardafrenos saludaba al Jefe de Estación. 
Lo hacía dándole una palmada en el hombro. Sin que Kake lo notara, el Jefe de Estación solía mirarse de soslayo la parte de la camisa donde se había  posaba la mano seguramente sucia. Era un gesto mecánico, inevitable. En lo que eso sucedía, el conductor de expreso bajaba las latas de la película que ya estaba anunciada en el cine Justo.
—¿Cómo estará esto? —Preguntaba Chena con un gesto de repugnancia.
—Seguro que es rusa —fue la respuesta del mensajero—. Nunca logro entender las películas rusas.
Por último, Kake hacía una señal muy parecida a la de decir adiós. Marino Vega daba dos pitazos y hacía que el tren saliera a todo galope. En el trayecto hacia Hormiguero, la próxima estación, el maquinista se aseguraba de recuperar el minuto de retraso.
Por lo regular, el tren de las once solía pasar a las once. La última vez que esperaron por él, una multitud contrariada permaneció a ambos lados de la vía hasta pasadas las 4 de la tarde. En un extremo del andén, Chena se mantuvo a un lado de la carretilla donde cargaba las películas.
A lo lejos se vio venir una mancha. Poco a poco se empezó a distinguir la mujer del vestido azul. Pasó con las manos vacías, sin saludar a nadie. El Jefe de Estación se miró de soslayo la parte de la camisa donde siempre caía la mano seguramente sucia del guardafrenos.
Fue un gesto mecánico, inevitable.

25 jun. 2014

Yo también fui Giuseppe Tornatore

Llamémosle Anónimo de las 12:57. Como no tuvo el valor de firmar con su nombre, no hay otra manera de referirse a él. En Cuba nadie tiene libre acceso a Internet, nadie que no forme parte del aparato represivo que se dedica, con tenacidad y escarnio, al asesinato de la reputación de todo cubano que se oponga de una manera pública a la dictadura.
Si se revisan las publicaciones sobre asuntos cubanos que se mantienen activas en la web, ahí se les encontrará con la misma profusión de las moscas. Jamás ponen su verdadero nombre. Los que tienen una pizca de imaginación se inventa un seudónimo; el resto, se parapeta cobardemente en el anonimato.
Anónimo de las 12:57 ha puesto (al menos hasta el momento en que redacto este post) dos comentarios en “A nadie le pedirán disculpas”, un texto aparecido originalmente en El Fogonero y que Diario de Cuba (probablemente el medio más completo sobre mi país) reprodujo en su muro.
Anónimo de las 12:57 se mofa de mi relato sobre Chena, el dueño del Cine del Paradero de Camarones, sugiriendo que me robé lo que cuento de Cinema Paradiso. Aprovecho su cizaña para volver a contar la historia del hombre que atravesaba mi pueblo todas las mañanas con una carretilla llena de latas.
He contado esto muchas veces, la primera vez fue en una edición de El Caimán Barbudo (calculo que de 1990 ó 1991) cuyo facsímil reproduzco aquí. El Cine de Chena en verdad se llamaba Justo, pero los interventores del gobierno revolucionario decidieron ponerle Jobusí (nunca supimos por qué). Justo de eso trataba mi reportaje en el Caimán
En “A nadie le pedirán disculpas” yo decía que Chena me había regalado una caja con muchas de las fotografías de la cartelera. Ese obsequio es insignificante con el que él le hizo a la gente de mi pueblo: por décadas se sentó en la última butaca a leer y comentar las películas. Su arte, créanme, era tan sofisticado como el de Armando Calderón.
A raíz de la publicación de mi reportaje, la Dirección de Cultura de Cienfuegos decidió restituirle el nombre de Justo al Cine de Chena. Cuando volvimos a vernos me abrazó lloroso, como si acabara de ver una de las tantas muertes de Erroll Flint. Poco después me hizo otro regalo: decenas de fotos antiguas del pueblo, en una de ellas, el Paradero de Camarones inauguraba su Cine. Corría el 23 de febrero de 1953.
La inmensa mayoría de los cubanos atesoramos nuestro propio Cinema Paradiso. La Habana, en 1959, tenía más cines que Roma y que ¡Nueva York! En ese entonces en mi pueblo no había más de 900 habitantes y podían darse el lujo de ir todas las noches al cine.
Ahora, con 2.000 inquilinos (hemos crecido tan poco porque la mayoría de los jóvenes se marcharon a Islas Canarias, lugar de origen de sus antepasados), el Paradero de Camarones no tiene cine, porque está en ruinas, como la estación, como el bar, como la barbería... y como Cuba entera.
Nada, Anónimo de las 12:57, gracias a ti volví a recordar a Chena. Aquel hombre de película que atravesaba el Paradero de Camarones con una carretilla llena de rollos. “¡No dejes de ir esta noche! —le decía a todos los que encontraba a su paso— ¡Está bárbara!”. Entonces ya era el portero, pero su corazón se mantenía adueñado del Cine Justo.

23 jun. 2014

El día en que la Casa Vega se convirtió en la Unidad 0215

© Iván Cañas (1968)

El régimen de Cuba ha decidido privatizar los establecimientos de servicios gastronómicos, personales y técnicos de la Isla. Ha pasado ya medio siglo del año en que, por iniciativa del argentino Ernesto Guevara, los pequeños empresarios cubanos fueron expropiados.
De una manera empírica, radical e inapelable, los eufóricos barbudos desarticularon en cuestión de días una compleja y eficiente red de servicios que cubría las necesidades de la Isla de extremo a extremo. A partir de ese momento, el Estado se hizo responsable de tareas tan embarazosas para él como freír una croqueta, colar un café o remendar un zapato.
Bodegas, barberías, restaurantes, zapaterías y cafeterías sufrieron una larga y extenuante metamorfosis. El resentimiento y la incapacidad fueron desfigurando el esplendor de la República con saña, hasta convertirlo todo en una humillante ruina.
Mi abuela Atlántida solía resumirlo en una frase: “cuando se acabó el tiempo de antes y empezó la miseria”. Entonces, en lugar de comida, enseres y ropa, las vidrieras empezaron a exhibir banderitas de papel, plantones de caña, implementos agrícolas, fotos de mártires y consignas.
La mayoría de los fotógrafos cubanos de esa época estaban demasiado concentrados en los lugares más comunes de la gesta. Iván Cañas, en cambio, con un ojo neorrealista y ya desencantado, supo mirar para otra parte y revelarnos los sitios que los flashes de la historia no tocaban.
Gracias una vez más a la generosidad del maestro Iván Cañas y de su esposa Alba Borrego (vigía incansable de su archivo), publicamos en El Fogonero 18 fotos inéditas sobre el momento en que se produjeron las intervenciones. Este invaluable documento gráfico nos permite volver al punto exacto donde el incapaz régimen nos lleva de regreso.
Pronto estaremos de vuelta en el día en que la Casa Vega, de Santa Clara, se convirtió en la Unidad 0215.












© Iván Cañas (1968 y 1969).

A nadie le pedirán disculpas

"Siempre en Combate", reza un cartel en las ruinas del Cine de Chena. 
Medio siglo después, el Paradero de Camarones no ha olvidado los nombres originales de las cosas; por eso mencionan a sus antiguos dueños cuando las señalan: el Bar de Roberto, la Barbería de Felipe Marín, el Garaje de Luzbel Cabrera, la Carnicería de Rao, la Tienda de Luis Bada, el Cine de Chena…
Tengo recuerdos muy nítidos de aquellos emprendedores frente a las ruinas de sus sueños. Una vez, en el bar de mi tío Roberto Yero, había una larga cola para comprar guarapo. Ya él se había tomado los dos rones de “por las tardes” y reaccionó molesto cuando me vio al final de la larga fila.
—¿Cómo tu vas a hacer cola en algo que era de nosotros, Camilito? —me dijo mientras me tiraba del brazo—. ¿Tú estás loco, chico? Ve a la casa y dile a Helemenia [su esposa] que te haga una limonada.
Mi tío Rao Yero nunca dejó de cortar filetes, alfileres, palomillas, hígados y ternillas en el aire. Sus brazos se agitaban como dos cuchillos, mientras él manoteaba sus recuerdos, frustraciones y rabias. “Antes hasta el más pobre comía carne por las tardes —repetía una y otra vez—. Ahora todos estamos comiendo mierda a partes iguales”.
Pero quizás el caso más triste fue el de Chena, quien aceptó la humillación de convertirse en el portero de su propio cine por tal de seguir abriéndolo todas las noches. Un tarde me llevó una enorme caja de regalo: Eran las fotos de la cartelera, una estremecedora colección de los rostros que habían hecho reír y llorar a mi pueblo por décadas.
La idea de intervenir todos los negocios, abolir a los pequeños empresarios y hacer que el Estado se encargara hasta de remendar zapatos, fue del argentino Ernesto Guevara (quien también tiene el tristísimo "mérito" de ser el extranjero que más cubanos ha fusilado).
55 años después, con una Cuba arruinada y una cultura empresarial destruida, el régimen anuncia que todos los servicios volverán a ser privados. A nadie le pedirán disculpas. A ninguna de las miles de familias arruinadas se les devolverá nada, ni siquiera el cascarón vacío donde estuvo su negocio.
Nadie asumirá la responsabilidad por algo que obligó a los cubanos a pasar innumerables y absurdas carencias por más de medio siglo. Ya sabemos que el bienestar de los cubanos es lo que menos le importa a la anciana dictadura, tan concentrada como está en sobrevivir a su propia muerte.
Mientras tanto, en el Paradero de Camarones se seguirá llamando a las cosas por su nombre: el Bar de Roberto, la Barbería de Felipe Marín, el Garaje de Luzbel Cabrera, la Carnicería de Rao, la Tienda de Luis Vada, el Cine de Chena…

21 jun. 2014

La historia de Montecristi merece empezar de nuevo

(Escrito para la columna Como si fuera sábado de la revista Estilos)

El Listín Diario del 28 de mayo de 1900 publicó una de las más hermosas crónicas de Máximo Gómez: “La vuelta a mi tierra”. El breve texto, reúne la experiencia dominicana del anciano guerrero, “después de largos años de ausencia de la Patria amada”.
Hay pasajes que parecen sacados de una película, como ese donde, luego de que su caballo abrevara en “las aguas del caudaloso Nizao”, entra en Baní y reconoce que su pueblo está casi convertido en una ciudad: “El templo de madera que dejé es hoy de piedra”, dice admirado.
Después del reencuentro con el lugar donde transcurrió su infancia, emprendió un viaje por mar hacia Montecristi. Sus rápidas descripciones de Samaná y Puerto Plata también parecen proyectarse sobre una pantalla, con el sepia irreductible de una identidad que se fue conformando durante 56 años de soledad.
Cuando zarparon de la Novia del Atlántico, “abrumado con el peso de la deuda de tantos cariños y consideraciones” de los puertoplateños, Gómez se fue a su camarote. Lo despertó la luz de Montecristi. “De aquí partimos seis y solo han podido volver dos”, escribió como si todavía tuviera la responsabilidad de redactar partes del guerra.
Al entrar por la puerta de su casa, sintió “flotar el espíritu de Martí bravo y sapiente, de Borrero, Guerra y César arrojados, y solo se siente vivo a Marcos del Rosario, el dominicano bravo, de pierna rota de un balazo, en Coliseo célebre”. En el fondo, el viento agitaba las ramas de los árboles del patio.
Volvimos a la Casa Museo de Máximo Gómez tratando de revivir esa experiencia, siguiendo el hilo de sus propias palabras. Pero nos fue imposible. Justo frente a la casa museo hay un colmado con dos inmensos juegos de bocinas enfilados hacia la calle. Apenas eran la 9 de la mañana y ya los decibles de la música resultaban intolerables.
Unos turistas españoles, que también se habían interesado por el antiguo caserón donde se firmó el hermoso “Manifiesto” (tan creativo como el de Tzara, tan revolucionario como el de Duchamp), se quejaron por señas.
Luego, señalando el rostro de un candidato con el que habían empapelado toda la ciudad, nos preguntaron por  qué el Ministerio de Turismo no impedía la propaganda política en una ciudad con tanto valor patrimonial.
—Justo ese candidato es el Ministro de Turismo —le respondí con los hombros encogidos.
Fundada por Nicolás de Ovando en 1506, fue despoblada por las devastaciones de Osorio justo en el año de su centenario. Antes y después de eso, la mala suerte y la indiferencia han acompañado a Montecristi con el mismo ímpetu que la perseverancia de sus habitantes.
Así ha llegado hasta hoy una de las ciudades más hermosas del Caribe, quizás la que con más obstinación encara a los Vientos Alisios. La prueba de ello es el erosionado rostro del Morro, esa montaña mágica que se levanta como un faro entre la enorme llanura y el mar.
Los montecristeños construyeron acueductos y ferrocarriles, llegaron incluso a desviar el curso de los ríos, pero el país parece empecinarse en darles la espalda a una ciudad que pudiera ser uno de sus más auténticos atractivos. Ella solo necesita que la vean, que la tomen en cuenta, que regresen, que piensen en su futuro a largo plazo y no en las circunstancias de una campaña.
La historia de Montecristi merece empezar de nuevo, de una vez y por todas.

19 jun. 2014

La voz del guerrero

(Publicado originalmente en Diario de Cuba)

Bajo el cielo viscoso de Montecristi,
dentro de una mañana opaca
que se tendía en dirección
al océano,
cargamos las piedras
que podremos en la nueva casa.
El mar, a lo lejos,
parecía el fondo de una batalla,
los restos de algún pasaje
que la historia dejó al descuido.

Luego llegó la noche, estricta
como un manifiesto,
y leímos a Máximo a la intemperie.
La vuelta a su tierra
del guerrero
se oyó en voz alta
sobre la sal dormida
y el silencio
conforme de la montaña.

Bajo el cielo viscoso de Montecristi
te volviste para hacer una última foto.
Antes de que la noche
nos diera otra vez alcance,
empacamos
y salimos de regreso a Santo Domingo.
La lluvia del Cibao
borró las huellas de la huida.
Recuerdo que apagaste la música
para que se oyera el agua sobre el vidrio.
Ninguno de los dos lo admitiría,
pero justo en ese momento
se oyó otra vez la voz del guerrero.
Parecía exhausto,
vencido;
rogaba por Montecristi, al abandonarlo.

18 jun. 2014

A Diana, en su cumpleaños

 
El día que sus ojos azules me encandilaron, me puse tan torpe que en vez de preguntarle su nombre le dije que me quería casar con ella. Minutos despues, cuando nos íbamos a despedir, le fui a dar la mano y, nervioso, acabé dándole un beso (demasiado largo, tratandose del primero). A todo dijo que sí, a nada dijo que no. Hoy, en su cumpleaños, sigo celebrando la suerte de haberla hallado. Estoy convencido de que si nuestro encuentro hubiera ocurrido en otro año, época o estado, el resultado habría sido exactamente el mismo. 
Esta foto es del día en que le regalé la bahía de Cienfuegos y el cielo de mi provincia. Todavía todo eso, conmigo incluído, sigue siendo de ella. Feliz cumpleaños, mi amor. 

16 jun. 2014

Un día de Iván Cañas en la filmación de la “pelea…”

















Fotos: Iván Cañas (1971)
Apenas unos minutos después de publicar el post de “La pelea cubana de Titón”, recibí un misterioso email de Alba Borrego: “Entre nos... pídele a Iván las fotos de la filmación. Él las tiene [¡¿qué él no tiene?!]* y son totalmente inéditas”.
Por más rápido que traté de actuar, ella lo hizo todo antes de que me pusiera en contacto con el maestro. El propio Iván lo advierte cada vez que puede: nadie conoce su archivo como su esposa. Justo iba a darle send al email, cuando entró el de Alba con las ¡20 fotografías! que se incluyen en este post.
Se trata, sin duda, de un testimonio gráfico único. A simple vista parecen un grupo de jóvenes jugando a hacer cine. Pero en realidad se trata del rodaje de una de las más importantes película cubanas, la cual contó con la participación de figuras que ahora son claves en nuestra cultura: Tomás Gutiérrez Alea (Titón), Vicente Revuelta, Mario García Joya, Raúl Martínez, Reinaldo Miravalles, Raúl Pomares…
Le pedí a Iván que me contara en un párrafo cómo acabó enrolándose en esa filmación. Esta fue su respuesta:

Caro Fogónico... Este raro testimonio gráfico es de los días en que coincidí en Trinidad con afectos muy cercanos como son, o fueron, Raúl Martínez, Mario García Joya (Mayito), Vicente Revuelta y el Niño Conte (aunque no sé por qué no aparece ahí, estuvo a mi lado como casi siempre durante su estancia en la revista Cuba).
Viaje a Trinidad con Conte, durante la ocupación inmisericorde de la querida revista Cuba, en el 71. Íbamos a hacer un reportaje sobre esa muy especial ciudad, que aún conservaba, a pesar de los avatares que conocemos, gran parte de su esplendor colonial. Sabía yo que íbamos a coincidir con el staff del ICAIC, y así fue.
El día que los visité, Titón me pidió que figurara como extra en alguna toma, como podrás comprobar en las fotos número 2, 3 y 9. Raúl [Martínez] aparece en la 15, agachado. Atrás está [Reinaldo] Miravalles.
Aquí también aparecen mucha gente del ICAIC, que podría identificar preguntándole a mis amigos el Flaco Luis García, así como a Roberto Bravo. Solo déjame saber, compadre. Abrazotes, Iván.

1971 fue uno de los años más duros del llamado Quinquenio Gris, ese negro lustro donde el régimen de Fidel Castro persiguió, condenó y censuró a muchos de los más importantes creadores cubanos. 43 años después, Una pelea cubana contra los demonios parece una metáfora de lo vivido en aquel momento.
A nombre de todos los que pasan por El Fogonero, le doy las gracias a Iván y Alba por su enorme generosidad. Gracias a eso podemos disfrutar hoy de este tesoro único. Por esta vez, la pelea se le ha ganado al olvido.

*Los signos de interrogación son de Alba. Los de admiración, míos.

La pelea cubana de Titón

Filmación de Una pelea cubana contra los demonios (1971). De izquierda a derecha:
Raúl Pomares, Tomás Gutiérrez Alea, Mario García Joya y Vicente Revuelta.
(Foto publicada por cortesía de Iván Cañas)
Hace mucho que andaba buscando Una pelea cubana contra los demonios (1971). Anoche me llamó Juan Carlos Popa para decirme que por fin la había encontrado en YouTube. Nos dejamos con la palabra en la boca. Él, allá en Punta Cana, y yo, aquí en Santo Domingo, nos fuimos detrás del link que conducía a la película.
Ahora está mejor que la última vez que la vi. Eso siempre me sucede con el cine de Tomás Gutiérrez Alea, va mejorando en la medida en que pasan los años. Por eso, cada vez que termino de ver una obra suya, me produce el mismo desasosiego. Pienso en los proyectos que no realizó, en las ideas que le frustraron y en los filmes que le mutilaron.
Recientemente, la revista mexicana Letras Libres publicó una entrevista a un desfachatado Alfredo Guevara. Con una total falta de pudor (que uno al final acaba agradeciendo), el célebre censor cubano confiesa algunas de las atrocidades cometidas, por él y por otros líderes, durante el proceso que fue convirtiendo a la revolución cubana en una dictadura.
Hay historias que Guevara escenifica, como la expropiación de la televisora de Gaspar Pumarejo. “Fui acompañado de unos cuantos salvajes con mandarrias”, confesó el anciano. ¿Qué habrán pensando de él los artistas que le vieron llegar, con dos pistolas al cinto y un saco por encima de los hombros, como si fueran las alas de Maléfica?
Ya sin las pistolas, pero aún con el saco, Alfredo Guevara se encargó de decidir cuáles películas se hacían en Cuba y cuáles no. Esa caprichosa política en manos de alguien tan caprichoso acabó teniendo unas consecuencias terribles en la obra de Titón, quien en la década del 80, en su momento de mayor madurez, solo pudo hacer dos películas.
Tratando de justificar las impúdicas confidencias de Guevara (las cuales fueron desnudadas con lucidez por Haroldo Dilla), Julio César Guanche recordó que gracias al burócrata se produjeron “expresiones fundamentales de la cultura cubana y latinoamericana contemporáneas”.
Lástima que esa vocación de hada madrina del funcionario no alcanzara para salvaguardar la obra de Tomás Guiérrez Alea, el único genio del cine cubano, a quien el Guevara censor le paralizó, frustró o rechazó varios proyectos. Justo a Titón, quien supo traducir a una pantalla, como nadie, las claves de lo cubano.
Quizás la frase más insultante de Alfredo Guevara es esa donde asegura que el pueblo de Cuba no vale la pena. “¿Tú crees que con esos culos y con esas licras alguien puede entender Ludwig Feuerbach y el fin de la filosofía clásica alemana?”, le preguntó a su entrevistador. La conversación ocurrió en La Habana, en 2013, poco antes de su muerte.
En 1971, en una escena ambientada en el Remedios del siglo XVII, Titón hace que José Antonio Rodríguez, desde la piel de un inquisidor, se queje de lo mismo que Alfredo Guevara:
—Mira este pueblo, Evaristo —dice el sacerdote—:  Ladrones, miserables, anormales, enfermos, resentidos, incapaces, negros, viciosos, brujos, mujeres libres, aventureros, criminales… Qué gente supersticiosa y malvada, qué vida suelta y ancha. ¡En España muchos hubieran acabado en la hoguera, pero aquí andan haciendo de las suyas. ¡Qué pueblo este!”
Tanto Una pelea cubana contra los demonios, como la entrevista, están basadas en hechos reales.  En la distancia, filme y cuestionario acaban abordando la misma Cuba, esa donde la chispa que prende la hoguera depende de las ambiciones y la vanidad de un solo individuo. A veces lleva sotana, a veces un uniforme verde olivo y a veces un saco por encima de los hombros.

12 jun. 2014

Las ruinas de Arango*


Esta es la estación de Arango pocos días después de su desplome. En los itinerarios de los Ferrocarriles de Cuba aparecía como Cienfuegos Carga. En ella trabajaron siete de los Yero: mi abuelo, mi madre, mi tía Cary, mi tío Rafelito y mis primos Alejandro, Lazarita y Alahím.
De niño, solía pasarme buena parte de las vacaciones jugando en el andén o mirando, a través de la ventana de la oficina de mi madre, los movimientos de la locomotora de patio. Alahím, que era mucho menos obediente que yo, un día no le hizo caso a la advertencia de no bajar nunca del andén.
Fue una tarde poco después de un aguacero. Iba pasando, muy despacio, un tren de combustibles. Mi primo trató de subirse a la escalerilla de uno de los tanques, resbaló y cayó justo debajo del vagón. Es, hasta hoy, mi mayor acto de valentía. Aunque apenas tenía 9 años, reuní las fuerzas suficientes para sacarlo antes de que llegaran las ruedas.
El Curro, un guardafrenos que vio la escena, luego le confesó a mi madre que cerró lo ojos y dio la espalda. “Yo los vi picoteados”, dijo todavía tembloroso. Aunque le salvé la vida a mi primo y me gané el respeto de todos los ferroviarios que estaban presentes, nada me libró del castigo: “¡Por dejar que Alahím hiciera la payasada!”.
Eran unas pocas líneas, un taller de vagones, un muelle para descargar casillas y dos largos apartaderos donde se armaban los trenes. Sin embargo todo me parecía inmenso, inabarcable. El día que supe que la estación se había derrumbado, se cayó también algo dentro de mí.
Todavía recuerdo los nombres de aquella gente, los sonidos de aquellas locomotoras, el ruido de aquellos vagones, las voces de aquel andén, el olor perenne del mar, que permanecía agazapado, del otro lado del último chucho.
Cuando volví, hace 3 años, hasta el olor se había esfumado. Tengo el temor de que estas cosas se me olviden y entonces desaparezcan para siempre.

*Según un breve reportaje de Perlavisión, en el momento de su derrumbe, la estación de Arango era la más antigua que se conservaba en Cuba.