7 feb. 2018

El acento de la neblina

Cuando llegamos a la Loma de Thoreau ya la neblina estaba en todas partes. Era muy densa, apenas podíamos ver unos metros hacia delante. El pueblo de Jarabacoa, el cañón de Manabao y el Mogote se habían borrado por completo. Nuestro único paisaje era aquel celaje húmedo que inundó la cabaña en cuanto abrimos las puertas y ventanas.
Durante el viaje, habíamos estado hablando del Cibao, ese territorio cultural que ocupa el norte de República Dominicana, desde Bonao hasta Puerto Plata y desde Samaná hasta Dajabón. En algún momento, recordé los apuntes que hizo Martí en su Diario sobre el acento de los cibaeños.
“A la moza que pasa, desgoznada la cintura, poco al seno el talle, atado en nudo flojo el pañuelo amarillo, y con la flor de Campeche al pelo negro —relata—: ‘¡Qué buena está esa pailita de freír para mis chicharrones!’”. Antes, aseguró que “la frase aquí es añeja, pintoresca, concisa, sentenciosa: y como filosofía natural”.
Según Pedro Henríquez Ureña anota en su obra El Español en Santo Domingo, la sustitución que los cibaeños hacen de las consonantes l y r por la vocal i (ej. “llovei”, “comei”, “sueido”, “poiqué”…), son formas portuguesas que tal vez se difundieron en las Antillas a través de los esclavos del siglo XVI.
Estábamos en ese punto cuando se oyó un enorme trueno. Desde la tupida masa blanca en la que se había convertido el bosque, se oyó un grito.
—¡¡¡Ei diablo!!!                           
Nunca llegamos a ver quién había hecho esa exclamación. Luego nos embargó una duda. Es probable que en la Loma de Thoreau la neblina también hable con la i.

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