TRENES

GUANTÁNAMO-CAIMANERA
(El tren de la felicidad)

El Ferrocarril de Guantánamo siempre me trae recuerdos de infancia, de historias de los mambises en la “Guerra del 95”, cuando muchos de ellos maniobraron en los montes de Guantánamo, usando el puerto de Caimanera y el ferrocarril Guantánamo-Caimanera.También recuerdo los recorridos a los centrales en busca de comida por la larga crisis que marchó desde los años 60 hasta nuestros días; de los “Planes de la Escuela al Campo” y luego de mis viajes de estudiante universitaria en La Habana. 
Pero los de niña eran días penosos aunque en realidad para mí, fue siempre una fiesta montarme en “El lechero” con mi madre a zancajear los alimentos. Podíamos entonces ir a Caimanera con facilidad a casa de unos parientes, de allá siempre traíamos pescados y sal ––a  veces los pescados ya estaban salados––.
Recuerdo que el tren pasaba por un cementerio y mi madre me dijo un día “detrás de ese cementerio está la base” y me contó que desde todos los lugares de la Isla venían familiares a enterrar a sus muertos y nunca volvían a sus casas, porque caminito de montaña arriba encontraban la libertad. También el tren pasaba al lado de una larga alambrada llena de sal y de guardias.
Un día hubo mucha algarabía en el pueblo, el tren de la felicidad Guantánamo-Caimanera había sido clausurado para el uso del pueblo en general, porque dicho transporte paró su recorrido en la alambrada, y más de 500 personas habían cruzado al otro lado. Todo el mundo estaba feliz por “El Golpe”, que yo no entendí muy bien debido a mi edad, pero luego comprendí que fue la primera gran escapada hacia la emancipación después de enero del 59.
Casi nadie en el país se enteró del suceso, los periódicos estaban silenciados. Después de aquello, no se pudo entrar más a Caimanera sin salvoconducto, el pueblecito pesquero con casas sostenidas por troncos de madera incrustados en el mar, se convirtió en zona vedada y obligada a trasladar su cementerio.
El Tramo Guantánamo-Caimanera es de 20 kilómetros y fue construido en 1855 por un artífice del ferrocarril cubano, el francés Julio Sagebién. Hoy es considerado una obra de arte, ya que es uno de los dos únicos tramos hechos por él que aún se conservan intactos.
ENA LAPITU COLUMBIÉ (Guantánamo 1957)


HABANA-MATANZAS 
(El tren de Hershey)

Yo hacía mis dos últimos años de bachillerato en “la beca” de Tarará, en la costa norte de La Habana, y a veces, los viernes, cuando salía de pase, me internaba por una carreterita que me llevaba al paradero de Tarará, a unos dos kilómetros de la costa. Allí tomaba el tren de Hershey, que había salido minutos antes de Casablanca, rumbo a mi patria chica, Matanzas.
Eran dos coches rojos, de principios de siglo, conectados a un tendido eléctrico. Alguna que otra vez, años más tarde, los vi tirados por una locomotora de carbón, con su humo y silbato correspondientes, y a cada momento uno esperaba que en medio del paisaje rural aparecieran los indios persiguiendo al “caballo de hierro”.
En mis años de Tarará, todavía el trencito se podía tomar medio vacío, y un empleado vendía en él tabletas de turrón de maní. (El dueño original habría vendido chocolate). Pero turrón aparte, era una delicia contemplar esos campos y los numerosos paraderos, a través de las amplias ventanas del tren, bajo el rítmico canto de su rodaje.
Y una mayor delicia cuando iba llegando a Matanzas y pasaba frente a la Cueva del Indio y las aguas del río Yumurí, llenas de reflejos, aminorando ya su marcha para entrar a la estación final de Versalles. Caía la tarde, hora muy buena para esas poesías, y yo esperaba llegar a tiempo para escuchar “La hora del crepúsculo”, el programa con Los cinco latinos, de la emisora provincial.
Ya en la Universidad, tomaba la lanchita de Casablanca y cruzaba la bahía hacia la estación del tren de Hershey. Al principio de mi carrera, la explanada frente a la estación estaba repleta de timbiriches, a punto de volar con cualquier viento aciclonado, donde uno se comía una papa rellena y se tomaba un  jugo o un batido de frutas para sobrellevar las dos horas y media, o tres, de viaje. (No recuerdo ya, para ese entonces, turrón de maní en el tren).
Poco después, un viento aciclonado se llevó, en efecto, todos los timbiriches de la explanada. Y al impacto de ese vacío se sumó la congestión creciente del tren. A veces eran tres coches, y no alcanzaban para todo el mundo. Ya se viajaba incluso de pie, si había suerte.
Cuando el tren llegaba a la estación de Hershey —justo a la mitad del recorrido—, donde por lo común había que esperar por el cruce del tren que venía atrasado de Matanzas, a veces se escuchaba un alarido espantoso: “¡¡¡Cambio de treeen!!!”, al cual seguía una estampida, por puertas y ventanas, para agarrar asiento en el otro tren. No hubiera sido mayor, ni más histérica, al grito de ¡fuego! o ¡bomba! Los que no habían logrado asiento en Casablanca podían capturarlo ahora, y los que habían llegado tempranísimo para alcanzar asiento, podían perderlo. La ley del más rápido.
Los campos y paraderos del recorrido seguían siendo los mismos, pero por alguna razón se disfrutaban menos. Con frecuencia, debido a problemas eléctricos o de otro tipo, el tren se quedaba detenido por horas en medio de la nada. La duración del viaje llegó a ser del todo imprevisible. De vez en cuando un cable culebreaba en el aire echando chispas y un empleado gritaba: “¡No se tiren, no se tiren!”. Si alguien se tiraba sin soltarse a tiempo, podía “hacer tierra” y quedarse en tierra para siempre.
En los años 90, por un tiempo, los primorosos coches del tren fueron sustituidos por vagones de carga adaptados, con duros asientos de plástico, a los que abrieron unas exiguas y escasas ventanitas. De noche, a la luz de un único bombillo, eran más sórdidos. Y no tenían amortiguadores, de modo que aquel balanceo de cuna de los antiguos coches pasó a ser un batuqueo de concretera. Recuerdo a una parejita que se pasó todo el viaje una noche tratando de besarse.
Luego, por suerte, llegaron los coches catalanes. Lindos. Con asientos de respaldo bajo (no daban para toda la espalda), en riguroso  ángulo recto, y tapizados con una especie de terciopelo. Para climas frescos, no muchos pasajeros y viajes de veinte minutos, eran muy buenos.
De todos modos, se le siguió llamando “el tren de Hershey”. Los nombres, que viven en el viento, resisten más que la realidad física. Yo le perdí la pista después. Para mí sigue siendo aquél de los coches rojos, con sus asientos de respaldo adaptable a la dirección del viaje, y con un fuerte olor a hierro y a campo.
ARAMÍS QUINTERO (Matanzas, 1948)


EL TREN QUE PASABA POR AGUAS CLARAS

Por el costado de la casa de mi abuela Iluminada Engracia Romero Hernández “Chicha” y mi abuelo Ladislao Pérez Góngora “Lao” pasaba un tren. Era como un tren fantasma, pues casi nunca lo veíamos. O un día dejó de pasar y no nos avisaron, de modo que el terraplén se fue llenando de una hierba verdísima y los rieles se hundieron lentamente. En realidad no sé si alguna vez lo vi pasar o si sólo lo inventé… Eso que cuento sucedía en Aguas Claras, a la que también algunos llamaban Jesús María y otros Cerro Verde. Tres nombres para un solo sitio allá en San Isidoro de Holguín, en la maltrecha Isla de Cuba. El mismo sitio que describe Reynaldo Arenas en algunas de sus alucinaciones de infancia: mayales, portillos, guareao, judíos, guásimas, garzas blancas, guayabales, horcones, mangales, bohíos, platanales, copetúas, romerillo, tamales, casabe, aguardiente, taburetes, tabaco, pimpinillo… Me gustaba ir con mi hermano Leoneris a buscar clavos de línea enterrados entre las piedras blancas, terrones con que hacían la tierra para cernir los pisos de las casas. Mis tres tías: Noemí, Marta y Sara, no nos dejaban acercarnos a las vías del tren cañero. Y contaban una anécdota de un guajiro que amarró su vaca a un vagón y la locomotora arrastró a la res que mugía como cristiana. Ese tren ya no atravesó más el paraíso de mis abuelos hasta el paradero de Jesús María, pero sigue transcurriendo en mi memoria de niño viejo… arrastrando todo el dolor de lo perdido, que muge y muge sin remedio hacia no se sabe dónde ni hasta cuándo.
SALVADOR LEMIS (Holguín, 1962)